Igual el tiempo es la justa medida
22 de Enero de 2012José Ruiz Guirado
POR lo general, los escritores (un servidor no es más que un mero aficionado frente a tantos ilustres creadores de idioma, hacedores de palabras y uso de mejor verbo) dan pocas pistas o ninguna de su vida. Ahí tenemos, valga un botón como muestra, a don Ramón del Valle-Inclán, que usaría este apellido compuesto de su bisabuelo paterno, como rasgo de identidad literaria; le pondría el nombre Rubén Darío, en su balada laudatoria, aunque en realidad se llamaba: Ramón José Simón Valle Peña. Hace ya unos años, me publicó la Caixa de Pontevedra (siempre con el interés del desaparecido director general, Carlos Velasco Garrido), “Intrahistoria de Marín”, que venía a ser la recopilación de unas notas tomadas en el siglo XIX-XX , de un médico de la localidad, Secundino Lorenzo Touza (entre las curiosidades que en él se puede encontrar el lector, sería la aparición del que fuera a la sazón, el periodista Julio Camba, trabajando de mancebo en la Farmacia de Pedro Catalá). Este galeno, que regalaba medicamentos a quien no tenía para comprarlos, decía que la “fama era un deporte que se pagaba muy caro.” (En este momento que se vive, con tal de aparecer en la televisión, da igual que se diga que es cornudo, que se señora esposa se los pone con el vecino del primero –que siempre se cita al del quinto, como si los de los otros pisos no pudieran; salvo que a éste correspondiere-). Como en todo hay quien detecta que no lo dejen en paz. Y, quien cada vez que va a algún lugar, llamo a los de la prensa para que se enteren. Y le saquen en los papeles. A consecuencia de todo esto, aparecen los celos, los cuchillos. No hace mucho tiempo tuve que ir a un acto. Uno de los compañeros, que también se le pidió acudiera, éste vino enfundado en su actitud de escritor de empaque. Hablando con cierta empacho de un premio que se le concedió, pero que no le llegó a ganar por incumplir un punto de las bases. Un servidor se calló, porque en su humildad de escritor de andar por casa, no le iba a restar mérito a tan ilustre vate. Luego nos enteramos que era un premio de medio pelo, entre unos amigos. Cómo iba a decirle que lo mío era de más enjundia. Era mejor callar y dejarle en su creencia. Otro de los convocados lo sacó a relucir. Otro enemigo al coleto. Lo bueno de esto, es que si las personas se miden por la calidad de los enemigos, no vamos muy a la zaga. Hay quien necesita inventarse un personaje, que se gane una simpatía o una animadversión; pero que se hable de ellos, aunque sea mal. Los clichés, los estereotipos no corresponden a la realidad. Conozco a pintores excelentes, que visten de manera clásica. Otros, han de enfundarse en una bohemia que justifique su oficio: la imagen –interesada, falsa, desenfadada- creada. Lo que ya no vende son los orígenes, la procedencia, la manera de ganarse la pitanza. No se olvide las circunstancias que se dieron en épocas pasadas con la limpieza de la sangre, y las recientes con las posiciones de vencedores y perdedores. Reconocer y sentirse orgulloso de haber nacido en al ámbito de una familia humilde no es algo fácil. Ganarse la vida en oficio de pan traer, tampoco lo es. Se envolvería con la aureola truculenta de un pasado escabroso una biografía con cierta vitola de enigmática. Si no debería importar demasiado la posada; sino el camino. Mientras se esté él. ¿Cuál sería la máxima categoría a que podría llegar un hombre?, preguntaría Juan de Mairena a sus discípulos. Y algún muchacho avispado, contestaría: “ a viejo”. A hombre. Y en la nave que les ha de llevar, poco más de un sudario ha de caber. Importa el talento, el ser libre, honesto y creer en lo que uno hace. Luego ya habrá que luchar contra esas circunstancias del destino: la herencia, la casta. Lo otro, ya viene a ser asunto de nuestro negociado. Puede ser uno calavera, un bribón o una persona que vive, pasa y sueña. Y un buen día, descansa bajo la tierra. Que no hay más en este billete que se coge al nacer. La diferencia, es que unos van a pie y otros a caballo. Lo definitivo, eso no hace distingos. Y, como estaba previsto no hemos dicho ni una sola palabra del pretexto de este monólogo. Igual que somos algo de castellanos viejos. Mal asunto quien para saber haya de preguntar, cuando el tiempo la respuesta nos ha de dar.