La propia fe
Domingo, 24 de Enero de 2010José Ruiz Guirado
UNA y otra vez. Un día tras otro se pregunta uno por qué será tan complicada la tarea de vivir. Qué hay en la condición humana que nos hace tan miserables, tan ruines, tan canallas con los que tenemos enfrente. Qué nos mueve a ello. Por otra parte vemos el ejemplo de personas que dejan su vida por otros. Somos capaces de crear obras inmarcesibles, que nos acerca más a seres superiores. Hay personas que se quieren. Los amigos, las familias, las corporaciones se defienden entre ellos ante cualquier inconveniente. El hombre por sí no es un ser terrible. Más bien es al contrario. Y sin embargo, llegado el momento, se enfrenta ante quien no le cae bien, es más inteligente, o más débil; no le baila el agua, no está de acuerdo con él. El miedo, la envidia, el temor a perder la condición que se tiene, el estatus que ha conseguido. La desconfianza, la inseguridad; el no vivir en claro. El no estar en paz con nosotros mismos, nos lleva a un comportamiento irracional. Lo que debería ser una forma sana y natural de pasar el tiempo; se convierte en una agónica existencia, experiencia. Tampoco, es que todos seamos iguales. Ni haya que dramatizar en exceso, porque la mayoría de las personas son normales, sencillas, con las aspiraciones propias de quien se plantea vivir. Es verdad que hay momentos, días, situaciones en las que las cosas se ven negras. Y al día siguiente esa negritud resulta que es gris, gris clara, incluso blanca y puede que hasta brillante. También hay quien ni se plantea asuntos como éste. Su preocupación no es otra que procurar ver el sol y quitarse cada jornada. Van a su trabajo y aceptan su rol sin cuestionarse nada más. Como lo hacen en su familia, a la que su obligación no deja de ser otro asunto más que las naturales obligaciones de un pater familias. No se fijan si en el trabajo priman a unos frente a otros, sin más causa que la testicularidad de quien lo impone a su capricho. El que se piense que hacer causa común, es informar gratuitamente de lo que piensa, dice, hace o no. Quien es capaz de mantener una mentira, un engaño. Quien lo es de ser cómplice de un linchamiento, una persecución. A cambio de qué. De nada. De sentirse seguro en un polvorín, que el día menos pensado le explota en las manos. Porque tarde o temprano, una actitud patológica choca de frente con un sistema sano. Es más sencillo cerrar los ojos o mirar para otro sitio. Llevar al final del mes el sueldo a casa, sin más preocupación, o llegar a casa harto de vino; pero sin que falte de nada en el frigorífico. Que, insisto, esto es lo horizontal, bueyes que trabajen, pero que no piensen, que se cuestionen absolutamente nada. Nacer, vivir y morir. Esta es la regla de oro de la felicidad, de la tranquilidad. Quien sufre, quien pierde, quien molesta y estorba, es quien no viene y va con el rebaño. Quien advierte que hay para todos. Que la caridad no puede suplir a la justicia. Que hay quien no tiene escrúpulos y más allá de sus narices, empiezan los otros. Personas extrañas, que se pueden dar con un canto en los dientes por su suerte. Sentirse en el sagrado derecho a perdonar la vida a quien es inferior (¿en categoría?). Porque el respeto no es una consecuncia del ejemplo digno y justo; sino del sorteo a capricho (¿a quién le toca hoy?) Igual resulta que vivir es lo más sencillo. La única regla, el único credo, los mandamientos a seguir son sencillísimos. Lo demás, pamplinas. Tampoco es que haya que pasarse la vida disintiendo, cuestionando. Y, de repente nos estábamos dando cuenta, que lo único que pretendíamos era que nos dejaran vivir en paz. Hacer las cosas lo mejor que sabemos. No se pedía más, bien poco, la verdad. Cómo va a tener un piernas, un parias, un hambreado luces. Y menos aún, su propia fe. La verdad, es que llevan razón, con lo fácil que es ver, oír y callar. Los problemas para los matemáticos.



