Viernes Santo
Viernes, 10 de Abril de 2009José Ruiz Guirado
QUEDA del viernes unas horas. Ha nevado como si fuera enero. El día amaneció blanco. Después llovió, salió el sol, volvió a llover y acabó el día con nieve. El tiempo ha vuelto a estropear la salida de los pasos, al igual que lo hizo en Ávila o en Segovia. Siempre fuimos cofrades de La Piedad, en el Barrio del Rosario. Salía los martes. Siendo muy chicos llevábamos una cruz de madera que nos hacía Jesús, el carpintero. Al hacernos mozos ya llevabas un farol con vela, que acaba siempre apagándose antes de subir la calle de Juan de Toledo. Después –vicisitudes de la vida- ya no volví a ser cofrade. El otro día veía en Madrid cómo se ponían de rodillas los costaleros para sacar el paso. Hacían un esfuerzo tremendo, incluso lloraban cuando lo conseguían. Pero si algo me llamó la atención fue el número de personas que asisten al paso de las cofradías en cualquier rincón de la península. Al margen de las creencias, de la fe o del credo de cada cual, la Semana Santa mueve pasiones, emociones, sentimientos. Y ya no hablamos de todas esas personas que se descalzan, arrastran cadenas, portan una cruz o se flagelan. Los propios costaleros, tras tantas horas acaban, no ya sólo exhaustos, sino con importantes heridas y lesiones. Incluso en Filipinas se les crucifica con clavos verdaderos en pies y en manos. Estas cosas nos sobrepasan. Nosotros, que estamos aquí cada noche frente al Ordenador y nos creemos que sabemos o que estamos haciendo algo necesario, te das cuenta que en el fondo estás utilizando cuanto ves, oyes, conoces para sacar a delante tu artículo. Cada cual tiene un lugar, una habilidad, una responsabilidad. Habría que procurar cada uno lo que pueda. Igual uno es algo parecido a un bufón, que entretiene a los demás. Pero aún así, alguien que pueda sacar una sonrisa a un niño, no deja de ser un acto de generosidad. Aún así, ¿es suficiente? No se trata de lamentarse cada noche al escribir algo nuevo. Sería una ingenuidad. Si alguien es capaz de hacerlo, es porque puede. Cuántas personas quisieran poder hacerlo. Igual tienen trabajo que hacer o simplemente piensan que emplear el tiempo en esto no deja de ser una tontería. Y puede que lleven razón. De cualquier forma, con lamentos, sin ellos, seguiremos en ello. Porque escribir también es una pasión, una emoción o una necesidad. Igual se le puede dar voz a quien no la tiene. Ya estamos poniéndonos paternales. Que no, hombre. No se justifique, señor escritor. Si quiere usted escribir, hágalo lo mejor que pueda, sepa o alcance. Pero no nos suelte el sermón correspondiente. Quienes se descalzan durante las horas que dura la procesión y pasan frío o caminan sobre guijarros; quienes se enganchan unas cadenas a los pies; quienes portan una pesada cruz a las espaldas; quienes se flagelan hasta herirse no se lamentan, ni se justifican al día siguiente. Lo hacen porque creen en ello y no se hacen más preguntas. Otra cosa es quien aprovecha el tirón popular de estas celebraciones y se dejan ver en balcones, debajo de los tronos o con la mantilla y la peineta. No podemos aprovechar el Viernes Santo para lucirnos. Algo de penitencia hemos de cumplir si nos apetece, si no haremos otra cosa, sin que por ello hayamos de lamentarnos. Cada cual con su credo, su fe o su incredulidad. Todos tenemos cabida. Pero no se justifique. Aquí solo se está una vez. Y ya ve usted, cada Viernes Santo hace frío.
