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	<title>Bloc de Pepe</title>
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	<description>Blog José Ruiz Guirado</description>
	<pubDate>Sat, 04 Sep 2010 22:25:44 +0000</pubDate>
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		<title>Pedro de Castro</title>
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José Ruiz Guirado
LOS  muchachos de nuestra edad, no habíamos visitado el Museo del Prado, pero conocíamos un cuadro “El entierro del Conde Orgaz”, obra del El Greco ( a quien Felipe II no quiso tener entre sus pintores), que podíamos ver en los camerinos del antiguo Cinema Lope de Vega ( Coliseo Carlos III [...]]]></description>
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José Ruiz Guirado</p>
<p>LOS  muchachos de nuestra edad, no habíamos visitado el Museo del Prado, pero conocíamos un cuadro “El entierro del Conde Orgaz”, obra del El Greco ( a quien Felipe II no quiso tener entre sus pintores), que podíamos ver en los camerinos del antiguo Cinema Lope de Vega ( Coliseo Carlos III de San Lorenzo del Escorial), al tiempo que oíamos la música del piano que del estudio del pintor Pedro de Castro salía; cuando cruzábamos  “Los Jardincillos” (Plaza de Jacinto Benavente). Su autor había nacido un doce de marzo de 1925. Setenta y seis años después moriría en San Lorenzo del Escorial, el mismo mes de marzo. Vino a ser hijo, el menor de cuatro hermanos, del jardinero José de Castro y de la ama de casa Ricarda Fernández. Asistiría a la escuela de los cinco a los ocho años, para después recorrer la sierra guadarrameña pastoreando merinos. Los pastores caminan durante toda la jornada. Están en contacto con la Naturaleza. En esta libertad, pintaba los huecos de las rocas con carbones y esculpía figuras. A los doce años asiste a la Escuela de Artes y Oficios, donde entraría en contacto con la pintura. Ocho años más tarde trabajaría en RENFE, lo que le permitiría cierta independencia y dedicarle tiempo  a la pintura. El 22 de diciembre de 1952, contraería matrimonio con Manolita García, quien sería desde entonces el pilar del pintor. A partir de aquí comenzaría a ser el pintor, que a juicio de Vázquez Díaz, “la mayor aportación pictórica desde el siglo XIII”. Vendría a ser Salvador Dalí ( en 1975 compartieron obra en el Museo de San Telmo de San Sebastián), quien la definiera como “Relieve a nivel”. El propio Picasso animaría al joven pintor a seguir con su original estilo. Apareció entonces el Pastor-Pintor. A uno le parece que este apelativo vendría a llenar las hojas de los periódicos de la época. Quien ha conocido la ingente, peculiar,  genial, irrepetible obra del pintor  Pedro de Castro cree que se trata –no por pastor; sino por genio- de una de las figuras señeras del siglo XIX, que para nuestro provecho fue escurialense de nacimiento. Exposiciones en Burgos, Bilbao, Madrid, San Sebastián. Muestras en la Galería Sayles de Montreal, o en la Galería  Sarday de New York. Su estilo pictórico dio un salto al Impresionismo, Expresionismo o Surrealismo de la época: bodegones, paisajes, temas taurinos, escenas del Quijote o improntas del entorno escurialense. Retratos analíticos mentales (realismo fantástico); retratos (el abuelo, retrato de familia, autorretratos); la impronta religiosa: “Cristo crucificado”, “El sueño de Ezequiel”, “La creación”. O la última etapa de su vida, en donde la luz y el colorido caracterizan la época de madurez, de paz del pintor. Con un estilo inimitable, único; creando el propio autor sus colores y la técnica de imprimación, tras concienzudos estudios. Hay unos cuadros, consecuencia de la Guerra Civil Española, donde se refleja el terrible drama  vivido. Fue también corresponsal de prensa. Y una persona inquieta, preocupada por su tiempo: Sopenhauer, Niectche, Freud, Kant serían sus autores preferidos; sin dejar  de lado al impar Cervantes. Se celebró un homenaje en 2004, en la que su viuda e hijos participaron, Ayuntamiento de San Lorenzo y antiguos amigos. Sin embargo,  no se la ha reconocido en lo que su obra representa. </p>
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		<title>Agosto</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Sep 2010 17:38:01 +0000</pubDate>
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José Ruiz Guirado
YA estamos aquí, nuevamente atados al duro banco ( ni atados, ni duro; porque lo que se hace –escribir- lo hacemos como antaño no pensando en el asunto material). Sabemos que todo tiene su precio, como también que la diferencia entre el mercenario y el autor, depende de asuntos dispares. El otro día [...]]]></description>
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José Ruiz Guirado</p>
<p>YA estamos aquí, nuevamente atados al duro banco ( ni atados, ni duro; porque lo que se hace –escribir- lo hacemos como antaño no pensando en el asunto material). Sabemos que todo tiene su precio, como también que la diferencia entre el mercenario y el autor, depende de asuntos dispares. El otro día oía hablar a una persona, a quien le han informado que su vida tiene los días contados. Su reacción fue contraria a lo que sería habitual: aceptar que desde el momento que nacemos empezamos a morirnos. Quizá, juzgo por mi mismo, nuestra filosofía, nuestra forma de afrontar ese paso, no deja de ser desde la perspectiva del temor. Un servidor cree a pies juntillas –no sé si se le podrá llamar fe- que ese trance no puede ser de ninguna manera doloroso o triste. El problema sea el no ver más a las personas que uno quiere; los lugares que ha visto; los momentos vividos. Cree además que, si aceptáramos esa situación de manera tan natural como cualquier situación de la vida; seríamos seres completamente libres, que no nos aferraríamos a nada. Alguien dirá cómo se ha asomado a estas páginas el escritor que nos solaza. Pues no ha habido nada negativo que haya provocado esta postura. Incluso todo lo contrario. El vivir intensamente te puede hacer reflexionar de lo importante que es aprehender esos momentos como únicos, irrepetibles. Porque la vida, además de lo fisiológico, se compone, esencialmente, de todos esos pequeños momentos vividos, que hacen. Importa vivir, ser, estar, hacer. Otra declaración que me llamó la atención, fue el que dijera que después de tantas vidas importantes que se han ido; la suya no sería más que otro grano de los millones que se han extinguido. Cómo hemos comenzado el curso: atajando desde el primer día. Estas cosas no se plantean, surgen, así como todo lo espontáneo: llueve, sopla el viento, hace sol y sale la luna. Todo ello obedece a un ritmo natural de la existencia. Diferente son nuestras apreciaciones, opiniones, sentimientos y deseos. Estas sí obedecen a un comportamiento, un deseo, incluso un fin. Agosto se ha ido, en nuestro lar con San Ramón Nonato, que es con quien se despide. Aquí, se le honra con rondones y jotas serranas, que viene a ser otra forma de fe o de agradecimiento de cuantas parturientas han salido del trance felizmente. Al día siguiente, las lluvias llegaron con todo su rigor; ya era septiembre. Claro que esta apreciación anterior no hubiera tenido nada que ver con el aniversario del accidente del avión, ni con la desaparición de la Princesa de Gales. Que fueron desgracias lamentables para todos. Lo que se decía aquí eran posturas  de sobriedad, de serenidad ante lo que ha de llegar; incluso de manera violenta. Pero esto es otro asunto, a destiempo, fatal. En el que más que morir a destiempo, se desaparezca por negligencias.<br />
Dejemos estar. Agosto fue; pero volverá otra vez a agostar.   </p>
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		<title>Carta recibida, en el día de la fecha, de doña Clara Bienvenida Sobradillo de Buenavista</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Aug 2010 16:28:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>guirado</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[José Ruiz Guirado
EL tiempo que tarda la carta en cruzar el océano, más lo que se llevó en escribirla quien la remite; es lo que hemos empleado en ponerla en conocimiento. Esta vez viene aliviada del luto. 
Mi querido señor:
Ha de disculpar la espera en contestarle. Mis nuevas ocupaciones me traen de cabeza, además del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>José Ruiz Guirado</p>
<p>EL tiempo que tarda la carta en cruzar el océano, más lo que se llevó en escribirla quien la remite; es lo que hemos empleado en ponerla en conocimiento. Esta vez viene aliviada del luto. </p>
<p>Mi querido señor:</p>
<p>Ha de disculpar la espera en contestarle. Mis nuevas ocupaciones me traen de cabeza, además del tiempo que me restan. La otra noche que fue festiva y aquí se celebra con una romería, pude disponer de mi persona y aproveché para sentarme a contestarle. Mucho le agradezco el que me dispense tantas atenciones, referentes, a lo que usted le llama “virtudes” culinarias. Me ha de explicar el refrán que omitió en su carta. Aunque, conociendo algo de los placeres, creo que tendrían relación con la lujuria tras la gula. No sería mal negocio. Pero no podrían estar juntos, alguien se lo apuntaba por ahí. Como usted califica: el yantar y el yacer por separado se han  de tener. Mis mañas para la cocina las heredé de mi abuela. Y le mentiría si le dijera que me enseñó siendo niña. Estas cosas se heredan a no, según vengan. Sí es cierto que me fijaba mientras amasaba, montaba las claras, ponía a punto el fuego;  canturreaba canciones de mi tierra: “Soy colombiano”, Pueblecito viejo”, o “El regreso”; pero no me pregunten ustedes, porque no tengo buen oído para la música –aunque esté mal el decirlo-, si se trataban de cumbias, bambucos, vallenatos  o cualquiera de nuestros ritmos. Guárdeme usted el secreto, por favor. La otra virtud, que usted así no la considera, me vino dada. Como quien nace con un lunar, una gracia  o una mancha. El asunto consiste en saber encauzarlo. Quien nace con cualquier don (música, canto, literatura) y no se procura un buen gusto, no dejará de ser vulgar, aunque conozca la técnica. Nos estamos metiendo en tierra caliente. Pero no espere que le desvele mis secretos. No me sea usted golosón. El oficio que una servidora ejerce, por antiguo, debiera de estar considerado como cualquier clásico. Sospecho que tiene usted la pregunta a punto: ¿Cómo se buscó ese buen gusto? Al lado de grandes señoras que han  convertido su labor en obra de arte social. Al punto, que decisiones transcendentes han salido entre edredones. Debería de haber algún escritor que escribiera la historia de las cortesanas del mundo. Ese ensayo le encumbraría a la fama; porque detrás de las cortinas, en las coquetas, frente a los espejos y junto a los cojines se esconden los grandes secretos que han movido la rueda del mundo. No me diga usted que me estoy yendo por los cerros de Úbeda, que se lo oí decir a un español de Castilla la Vieja. No puedo, ni debo, por dama, contarle asuntos, que ni le aprovecharían a usted, ni a mi me beneficiarían. ¿Qué hace un escritor? Leer y pensar. ¿Qué un músico? Poner el oído. ¿Qué un cantante? Cantar. No me pregunte usted. Se lo dejo para que se lo rumie. Poco más he de decirle. Si un día me cansare de este oficio, puede que le haga caso y complazca a quienes buscan el buen comer. Se me ocurrió una noche releyendo su carta, como le llamaría. Esto habría de ser, sin duda, algo apetitoso. ¿Qué la parece? “La olla de Clara”. En ese caso, quedaría usted invitado y su señora, si nos complaciera en visitarnos en nuestro lindo país.</p>
<p>Su… </p>
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		<title>¿Walt Disney o José Guirado Zamora?</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 17:47:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>guirado</dc:creator>
		
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HE oído contar esta historia, tiempo ha. No sé a ciencia cierta hasta qué punto las conclusiones y las investigaciones son exhaustivas como esclarecedoras. A estas alturas uno cree que si el personaje a tratar no fuera Walt Disney, puede que no hubiera sido más que una anécdota habitual de la sociedad  [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>José Ruiz Guirado</p>
<p>HE oído contar esta historia, tiempo ha. No sé a ciencia cierta hasta qué punto las conclusiones y las investigaciones son exhaustivas como esclarecedoras. A estas alturas uno cree que si el personaje a tratar no fuera Walt Disney, puede que no hubiera sido más que una anécdota habitual de la sociedad  del siglo XIX. Por otra parte, dada la celebridad del personaje, no se quisiera  airear asuntos relacionados con su nacimiento. Conozco la aportación del investigador y escritor Alberto Cerezuela, que a partir de su trabajo “Mi otra Escoba”, ha recreado una posible relación entre Walt Disney y Mojácar (Almería). Recojo un fragmento, en el que el investigador cree que no sólo los habitantes de Mojácar (mojaqueros) están de acuerdo con la tesis; sino también: “ prestigiosos medios como los diarios “The Guardian”, “The Sunday Thimes” o la cadena  “EDF” ya se han hecho eco de la historia con trabajos periodísticos en los que se sostiene que Walt Disney nació en este pueblo, y concretamente con el nombre de José Guirado Zamora, posiblemente fruto de una relación extramatrimonial entre un famoso médico, el doctor Ginés Carrillo, y una empleada de su la casa, Isabel Zamora”. Por qué no se llamaría entonces José Carrillo Zamora. Aquí aparece la figura de un minero, José Guirado, que le da el nombre al niño nacido fuera del matrimonio. Estas hipótesis pueden pertenecer a la leyenda, que continúa haciéndose eco de habladurías, situando a Isabel Zamora  en Estados Unidos donde emigró en busca de un hermano que ya vivía y trabajaba en Chicago. Las dificultades económicas de la joven madre, provocaron que entregara en adopción a su hijo a una familia procedente de Irlanda; el esposa carpintero de profesión y llamado Elías Disney, la esposa, de profesión maestra de escuela, llamada Flora de nombre de pila. El origen de esta rumorología, leyenda hay que buscarla recién acabada la Guerra Civil Española (1940), fecha  en la que una visita al pueblo de Mojácar (contaría entonces con una población de cuatrocientos habitantes, que aún no conocían la luz eléctrica) de tres hombres, impecablemente vestidos de traje gris y zapatos negros; investigando en los archivos municipales y de la Iglesia, por la partida de nacimiento de José Guirado Zamora. Para la realidad o la habladuría de unos, enviados por Walt Disney; para otros, por el FBI. Lo más probable, es que de una forma o de otra, tras la contienda, no quedaran archivo alguno. El motivo de traer  a colación esta historia, no es otra que la proximidad de los apellidos. Que a veces, según del asunto de que se trate, te perjudican o te ensalzan, aunque  se tenga o no relación alguna. En este caso que nos ocupa –azares del destino- mi abuelo (José Guirado) trabajó en una mina en Andalucía, a principio de siglo. Mis primos hermanos llevan los apellidos  Guirado Zamora. Ha sido un pretexto simpático para hablar del alguien que ha creado ilusión en la imaginación infantil. ¿No tiene uno, por tanto, derecho a soñar despierto? Walt Disney o José Guirado Zamora, qué más da. “Por sus obras los conoceréis. </p>
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		<title>¿Politicamente correctos?</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Aug 2010 08:39:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>guirado</dc:creator>
		
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ERIC Fromm  (Frankfurt, 1900- 1980 Muralto) postuló la tesis de caracterizar al hombre contemporáneo de pasivo y de identificarse con los valores del mercado, al transformarse él mismo como un bien de consumo, que debe de invertirse provechosamente. De lo que se deduciría que éxito o fracaso dependerá de saber invertir su [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>José Ruiz Guirado</p>
<p>ERIC Fromm  (Frankfurt, 1900- 1980 Muralto) postuló la tesis de caracterizar al hombre contemporáneo de pasivo y de identificarse con los valores del mercado, al transformarse él mismo como un bien de consumo, que debe de invertirse provechosamente. De lo que se deduciría que éxito o fracaso dependerá de saber invertir su vida. O sea, sería libre e independiente; pero dispuestos a ser mandados –autómatas- para no producir roce alguno en la máquina social. Siguiendo con el autor alemán, colocaríamos al hombre en las distintas etapas históricas, a saber: en la Edad Media, ante la falta de autoconciencia, el individuo en sí no existe. En el Renacimiento el hombre se reconoce como diferente y separado de los demás. En la Reforma  el hombre necesita aferrarse a la religión para sentirse seguro. La sociedad moderna convierte al hombre en independiente y crítico; pero le produce la sensación de aislamiento y miedo. Y ya en la sociedad contemporánea el hombre se siente aislado y solo y aparecen los mecanismos de evasión. Sin embargo, la capacidad de sentir y de escoger están condicionadas  por los hábitos que nos privan de nuestra libertad. Aparece así la presencia del otro, que nos hace sentirnos amenazados y nos obliga a la renuncia individual por la influencia social. Ya no existe discrepancia, ni por ende, soledad e impotencia. Pero no se da la soledad por no arriesgarse al rechazo, lo que se viene a traducir en ser políticamente correcto: agradar, quedar bien, ceder, asentir; pese a ser un pelele y ser excesivamente costoso el precio que ha de pagarse a ser uno mismo, a que no se viva en otra vida. Ya estamos en sociedad; pero ahora nos enfrentamos a la responsabilidad frente a la libertad: queremos vivir juntos y separados. Este asunto es apreciable en las relaciones de pareja, en los matrimonios; convirtiéndose en objetos de consumo, en los que el ego, la unión y la desunión actúan en el resultado: estabilidad para cuando se precisa, para después desecharla cuando no asumimos las responsabilidades propias, culpando a cuanto rodea de nuestras frustraciones. A lo que le suele suceder en el tiempo la tristeza, los miedos, las iras; consecuencia de asirse a una manera de vivir, que aunque pudiera, por costumbre, parecer natural; no dejan de ser alteraciones emocionales, incluso intelectuales. Volviendo al inicio de esta propuesta, si se desechase la propuesta que mantenía Fromm, y mirando hacia nuestro interior nos convirtiéramos en personas y no productos de mercado, que conviven y trabajan juntos; puede que salieran a relucir cualidades y virtudes que caracterizan al hombre. Y en lugar de asentir, asumir, se compartiera, comunicara; incluso se discerniera y lo que es más importante: se perdiera el miedo a la libertad.</p>
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		<title>Contestación, como correspondía, a doña Clara Bienvenida Sobradillo de Buenavista</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Aug 2010 07:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>guirado</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[José Ruiz Guirado
COMO no podía ser de otra manera, me vi en la obligación, por cortesía, de contestarla, a la vez que envié puntual nota al amigo Sorete. Mi esposa recelaba –imagino que como cualquiera cuando se les escribe a un cortesana-. En este caso, el océano de por medio, evita todo resquemor. Al comenzar, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>José Ruiz Guirado</p>
<p>COMO no podía ser de otra manera, me vi en la obligación, por cortesía, de contestarla, a la vez que envié puntual nota al amigo Sorete. Mi esposa recelaba –imagino que como cualquiera cuando se les escribe a un cortesana-. En este caso, el océano de por medio, evita todo resquemor. Al comenzar, se me planteó la duda del tratamiento. Cómo la llamo. Por el nombre de pila no me complico. Claro que doña Clara a secas, es un tanto frío. Tampoco puedo tratarla de muy señora mía, y menos distinguida señora. Por otra parte, si en algún momento pudiera percibir mi desdén por su oficio; no dejaría de ser una majadería por mi parte. Me voy a decidir por doña Clara, como ahora es madán.</p>
<p>“Doña Clara:</p>
<p>Recibí su atenta en la que nos pone al corriente de sus cualidades culinarias. Hubiéramos  probado sus exquisiteces, claro que en otras circunstancias menos lamentables. Asunto que desconocíamos, como también ignorábamos el fervor religioso del difunto de su esposo hacia la Virgen del Carmen. Nos preguntamos si, como sucede en la patria, bendice en Colombia los mares,  a los marineros  y a la Marina. En cuanto a su decisión de independizarse, parece acertado. El nombre del negocio también lo es. En esto de nombrar hay que hacerlo con cierto tino y gusto. Es muy importante que los nombres den una imagen real de lo nombrado. Imaginase que se hubiera llamado león a una hormiga y viceversa. O en su caso, un nombre que desdibujaría el sentido del placer de quien allí acude en busca de los servicios que ustedes ofrecen a los clientes. Estoy entrando de puntillas en este asunto, porque no pretendo parecer cursi, ni tampoco vulgar. Porque este oficio de usted se puede prestar a interpretaciones dispares, según cómo y quién lo trate. Siendo un servidor muchacho, abrieron al fondo de la calle don vivíamos un prostíbulo. Al anochecer, en un coche enorme, traía el dueño a las chicas, cuatro o cinco. La chiquillería se apostaba cerca de la puerta para verlas llegar. Ya venían vestidas con las ropas y adornos apropiados para el trabajo, lo que les confería un halo atractivo, diferente, especial. Además las plumas, las ligas, las medias, los oropeles, las pinturas, los corsés las convertían en seres especiales; se diría que divas. Aquel era un local algo cutre, que no tendrá nada que ver con la elegancia del suyo. Había una luz roja encima de la puerta y sonaba dentro una música para ser bailada cuerpo con  cuerpo. En cuanto abrían las puertas sonaban en la noche las respectivas voces de las madres de todos los asistentes al espectáculo diario para volver a casa. A ellas no les hacía gracia alguna. Los padres nos preguntaban a hurtadillas cómo eran las fulanas. Y ahí cada uno ponía de su cosecha y de su imaginación, para darnos alguna importancia y presumir del espectáculo al que podíamos asistir cada noche y ellos no. No duró tiempo. El lugar estaba mal elegido. Por lo que se trasladó a las afueras de la población. No sé por qué estoy contándole estas cosas. En algún momento se me había pasado por la cabeza, que con las manos que tiene usted para la cocina, podría compartir lupanar con  un distinguido restaurante. Oiga, que estas son apreciaciones mías, que cada cual es feliz en lo suyo. Y si me lo permite, tanto placer es el de la mesa como el de la cama. Hágase una idea si pudiera complementarse. No le voy a referir un dicho, a este respecto, que por aquí se usa; porque me va a tachar usted de impertinente.<br />
Ya envié nota, para poner al corriente, al amigo Sorete. No puede decirle que pasaría a verla; primero por la distancia; segundo, porque mi señora no estaría por la labor. Mucha suerte en su nueva andadura. Decirla que tenga mucha clientela, no sé si contravendría los principios morales. Aunque bien mirado, también ejercen ustedes una labor social.  En cuanto al trato que les dispensó a quienes pretendían ponérselos a su difunto, qué quiere usted que le diga: fueron por lana y salieron esquilados. Es lo que tiene el huerto ajeno, que gusta tanto. El problema es que tenía dueño y no les quedó más remedio que pasar por Caja, con sobre pago por estar en zona “vip”, que es como aquí se le llama a los que tienen ciertos privilegios de proximidad en los espectáculos. En cuanto a los velatorios, en nuestro país han desaparecido, salvo algunas excepciones dignas de mención. Son asépticos, fríos. Todo está en manos de las funerarias. Te cogen al muerto, te lo maquillan, te lo muestran en el ataúd, tras de unos cristales y al día siguiente te lo entregan dentro de una urna convertido en cenizas y te lo llevas a donde quieras. Incluso la última noche que aquí pasan lo hacen solos dentro del escaparate donde les colocan. Por lo que usted nos cuenta el de su difunto fue de los de antes”.</p>
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		<title>Cuento para el verano II</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Aug 2010 09:39:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>guirado</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[José Ruiz Guirado
ESTABA  un servidor plácidamente leyendo a Manuel Scorza (autor peruano que murió trágicamente en accidente de avión en Barajas), a esa hora del día que el calor remite y se está  muy agradable. Me dio mi señora una carta que había traído el cartero a la mañana. Nos sorprendió a los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>José Ruiz Guirado</p>
<p>ESTABA  un servidor plácidamente leyendo a Manuel Scorza (autor peruano que murió trágicamente en accidente de avión en Barajas), a esa hora del día que el calor remite y se está  muy agradable. Me dio mi señora una carta que había traído el cartero a la mañana. Nos sorprendió a los dos porque venía en sobre de luto, de esos que con los ribetes en negro que ya no se ven. La remitía doña Clara Bienvenida Sobradillo de Buenavista, desde Colombia. No sabía hasta que no abrí el sobre de quién se trataba. Aunque sí supimos que era viuda. La carta también era de riguroso luto y esto es lo que en ella decía:<br />
“Mi querido señor:<br />
Mucho le agradezco que haya tenido usted a bien en relatar la fidedigna muerte de mi esposo y socio, Domingo y Frías, que ocurrió, tal y como lo refería  usted,  que por boca de don Evaristo Sorete trajo a colación. Quería aclararle aspectos, respecto del velatorio, que usted obvió, teniendo en cuenta que los desconocía. Al difunto se le envolvió y enterró con el hábito y escapulario de Nuestra Señora del Carmen, de quien era ferviente devoto. En cuanto al ágape, le falto citar, comprensible por su lejanía, ajiacos, lechona, sancocho de gallina, pandebono, frijoles con chicharrón y buñuelos. Que no es por venir a presumir; pero a una servidora le salen para rechuparse los dedos, aunque le está mal el decirlo a una. Que nadie vaya a pensar que sólo es una virtuosa (de conocer el oficio y hacer gozar a los hombres, que de la otra virtud, Nuestro Señor tenga compasión con lo que me vino a dar)  en la cama; sino que en la cocina –en esto sí hace justicia-, no le voy a la zaga a la más cumplida cocinera. Aclarado esto para que usted le informe a don Evaristo Sorete, de lo que una servidora  quedará honrada; he de decirle, como bien afirma un caballero que le comenta en su Blog; efectivamente Domingo  y  yo éramos amantes, a la par que socios. Que de alguna manera, este lazo rebaja el estado de amancebamiento y le viene a dar cierto aire de legalidad, si es que a las  de nuestro oficio se les pudiera aplicar este atributo. En cuanto a los clientes obsequiosos, engañados ellos y no mi finado esposo; he de agradecerles a algunos de los que no se personaron en le velatorio su generosidad y su respeto en el trance con don Domingo. En lo de continuar con el negocio, con alguno de mis obsequiosos  clientes; pues no está una por la labor. Puesto en contacto con doña Ana María, me traspasa el negocio, pues ya  está algo mayor y cansada. Así continuaré en el oficio, ahora desde la dirección. La cuita siguiente sería la de nombrar al local, para darle un aire algo más europeo. A mi difunto le hubiera gustado alguno de los nombres que barajo. Pero me da que le son algo provincianos y le restaría glamour al negocio. Tampoco se trata de hacerle de menos a mi esposo, por lo que tras darle vueltas al asunto he dado con este que creo festivo y hace honor al antiguo oficio: “En doña Clara despierte como si fuera domingo”. Quizá algo extenso, ¿no le parece? Pero a juzgar por la Caja, efectivo. No le molesto más. Agradezco la atención que me dispensa y le rogaría encarecidamente lo comunique a don Evaristo Sorete”  Su…<br />
Continué con la lectura de “Redoble por Rancas”, mientras revoloteaba como una polilla el contenido de la carta de doña Clara: inesperada y solícita. Como si se hubiera colado por la ventana el ritmo de ultramar en forma de cuento.   </p>
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		<title>Cuento para el verano</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Aug 2010 14:34:51 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>José Ruiz Guirado</p>
<p>A  Evaristo Sorete le encargaron un cuento, porque los titulares estaban de vacaciones y había que rellenar el hueco para el semanario. Lo aceptó de grado. Sin embargo, escribió un relato, que de alguna manera se vengaría de las veces que le dieron con las puertas en las narices, cada vez que se presentaba en la redacción con uno para su publicación. “Está la tirada completa”. Esperó a entregarlo a última hora para que no hubiera posibilidad de sustituirlo o rechazarlo. No hubo, por tanto, oportunidad ni de leerlo por la premura de la edición. A la mañana siguiente, en la última página del semanario apareció el flamante artículo: “Ágape para el funeral de don Domingo y Flojas”. Comenzaba con la introducción, a modo de crónica, de la manera en la que fue a morir el ilustre convecino. Aquella noche fatídica, don Domingo, engañaba a su mujer, como tantas otras, con una pupila entrada en carnes, en el lupanar de Doña Ana María, situado a las afueras de la villa. Evaristo Sorete relataba con todo lujo de detalles cómo le vino su último momento, entregándose a la lujuria. Para evitar el mal trago a la madán del local, con que les unía antigua amistad; sacaron los amigos que le acompañaban al finado y, tras vestirle le arrojaron por un barranco, cerca del burdel; simulando una caída fortuita debido al estado de embriaguez. El juez practicó el levantamiento del cadáver. Y los empleados del establecimiento de pompas fúnebres, “La Esperanza” lo llevaron a su casa, depositándole en su cama, donde se le velaría durante la noche para enterrarle al día siguiente. La noticia corrió como la pólvora, y no tardaron en llegar a su residencia vecinos, amigos y parientes para el velatorio. Como don Domingo y Flojas pertenecía a la alta sociedad de la población, hubo de preparar todo de acuerdo a su categoría; para lo que se dispuso la sala que daba a la habitación donde reposaban los restos. Abundante café, agua a calentar. Bandejas de plata con sus correspondientes obleas blancas, repletas de canapés de atún, paté y embutido del lugar.Vino y dulces para los que se queden toda la noche y chocolate con pastas y caldo para la madrugada. Fueron llegando los compañeros de correrías y farras para consolar a la viuda; una señora joven, rolliza, de labios carnosos, curvas apetecibles y senos generosos. Se sentaron junto a ella, junto al difunto. Cada uno fue hablando de las obras y milagros del finado; de su conducta, su camaradería y –como siempre en estos casos- de lo buena persona que fue. Tras de lo cual, como si se tratase de algo acordado, fueron saliendo a probar bocado, dejando, cada vez a uno solo con la viuda. Ya en la intimidad, le fueron recordando uno a uno los regalos que le hicieron a la ahora viuda, para irse con ella a la cama y ponérselos, a su ahora difunto. Obsequios que no fueron pecata minuta, sino más bien suntuosos y valiosísimos. Así hasta que cada uno de los compañeros consoló a la viuda con su particular pésame. Cuando todos hubieron cumplido el ritual, la viuda salió a la sala donde dos doncellas de la casa servían a los asistentes. Ya era una hora, en la que sólo permanecían los familiares directos y los más íntimos. La señora de la casa pidió un momento de silencio y atención para agradecer a los allí presentes su asistencia. Tras las cumplidas palabras de agradecimiento, se dirigió en particular a los amigos del esposo. “Mucho os agradezco vuestra compañía y aliento en estos momentos tan difíciles. Me habéis recordado cada uno de los obsequios con los que pagasteis el irme con cada uno de vosotros a la cama. Imagino que vuestras esposas no lo sabrán, como sí lo sabía mi marido, que no era tal; sino mi socio en este negocio. Una servidora fue una pupila del lupanar de Doña Ana María, que decidió independizarse y montarse por su cuenta. En nombre de mi socio y en el mío propio mucho les agradezco que hayan contribuido a acrecentar nuestro capital”. Según contó Evaristo Sorete, esa misma noche de la publicación del cuento a los amigos, mientras tomaban la copa de rigor en el pub de costumbre, que uno de los pretendientes de la viuda del cuento, no era otro que  el director del semanario, del que puso un nombre falso para evitar sobresaltos. Según parece, el cuento gustó a los lectores y ya no le dieron con la puerta en las narices. Aunque uno de los amigos de Evaristo, un tanto socarrón y jocoso, creía que más que la calidad de su prosa, le abrió las puertas de las publicaciones el miedo del director a ser reconocido. </p>
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		<title>15 de agosto</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Aug 2010 16:37:19 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>José Ruiz Guirado</p>
<p>ESTÁ la tarde calurosa, muy calurosa. Parece como si el sol se hubiera instalado en la tarde para no quererse ir. Tiene uno la sensación que en estas tardes de verano, en el lugar donde moro el tiempo tuviera la capacidad de pararse. A mí no me cabe duda que en estos pueblos pequeños, donde la presencia humana va desapareciendo a medida que se envejece todo sigue igual. Como si aquí el sol tardase más en dar la vuelta. Hoy aquí apenas hay alguien. En esta tranquilidad de la tarde la imaginación me está volando hacia  lugares bien diferentes: uno en la Mancha, el otro, apenas pasado Despeñaperros, pero ya Andalucía. En el primero de ellos, Albalate de las  Nogueras, las casas con sus tejados de tejas, cal en los patios, cuevas bajo las casas, horadadas  en la arena, donde el vino hierve en las tinajas. Un río que serpentea entre las hoces, en el que antaño uno se bañaban en la poza de agua cristalina una tarde como ésta. El otro, Vilches, al lado de la Carolina, rodeado de tierras rojas adornadas de chumberas y olivos y olivos centenarios. Las casas blancas con azoteas el cielo, plantas en el interior y agua que refresca el cálido ambiente. Esta tarde, se bajará a la patrona desde el castillo donde permanece todo el año hasta la iglesia que preside la villa. Tras la siesta, mi abuela ya había regado el patio; tenía los chumbos limpios a refrescar. De las cuevas de Albalate mis tíos subirían el vino fresco. De la huerta, tomates y pepinos. Quizá alguna liebre cazada a la mañana. Esta tarde, tras la siesta habrá en casa gazpacho, También fresco de nuestra propia huerta. Y surge en el pensamiento otro recuerdo que viaja hasta Santiago, pasando por la campiña pontevedresa y sus playas atlánticas hasta dar con las solemnes piedras de Santiago, donde sin hacerlo como peregrino, habita el hijo mayor en una casa en sus rúas, donde será un universitario más este otoño. El corazón va acumulando recuerdos y los almacena a su capricho: olores, colores, paisajes, personas, palabras, paisajes que un día cualquiera como esta tarde surgen sin que nadie las llame y se esparcen. No sé bien que ha pasado esta tarde. Uno quisiera estar en todos los lugares al tiempo. Pero siempre, viviendo en San Lorenzo, mientras padres  y hermanos  viajaban, uno hacía esta travesía de estas cumbres año tras año, hasta que se hizo imposible hacerla con tal número de caminantes. Lejos de mi lugar añoraba estas piedras, este olor a piorno. Ahora estoy en ellas y la imaginación ha volado a otros lugares. Esta noche, cuando el día festivo culmine el cielo sanlorentino, junto a las muros pétreos se llenará de pólvora y de luz para despedir este día festivo. Cuánto da de sí una tarde de sol, de tiempo, de recuerdos. Hace años este lugar lo recordaba desde muy lejos. Había una plaza, con una cucaña al sol y una fiesta, en la que se trazaban jotas y rondones con la punta de las zapatillas.      </p>
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		<title>¿Un cuento de la lechera?</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Aug 2010 23:51:40 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>  HA sido una semana larga, conflictiva, tremenda, imprevisible. A veces la vida te mete en laberintos, recovecos. Las cosas llegan de sopetón y no hay otra opción que tomarlo tal y como vienen. A mi entrañable amigo Félix Bernardino se le ha llevado la Parca a su encantadora esposa Pacita. Puñetero cáncer que no respeta a nadie. Ya estamos a mitad de agosto y en toda la piel del toro se celebran fastos en loor a la Virgen de agosto. No me había asomado a esta página hacía varias jornadas, porque me tenía ocupado otros quehaceres que no pueden esperar. Tenía en mientes tratar un cuento antiguo que cambia según dónde y cuándo se refiera. En ésta había unas personas, que sin conocerse se unieron por esas circunstancias inexplicables que la vida une a los iguales en ideas, costumbres, vicios o maldades. Llegaron a un lugar donde cada cual de los que allí había cumplían con lo suyo. Diéronse cuenta que podían llenar el saco, hacer el agosto. Mas cuando comenzaron percatáronse de la actitud contraria de alguno de ellos. Qué hacer: quitárselos del medio, aduciendo cualquier pretexto canalla. Una vez eliminados, ya no habría nadie que les impidiese su propósito. Lo siguiente sería evitar a toda costa que no hubiera relación alguna de amistad entre ellos. Para lo cual habría que primar a unos, beneficiarles frente a otros. Claro que para que surgiera efecto, habría que hacerlo saber a los perjudicados para crear el clima propicio de recelo. Poco a poco se iba despejando el camino. Ya era momento de iniciar los planes. Entonces se echaron sus cuentas: un pico de aquí, otro de allá, otro de acullá. Contaron con tanto y cuanto. Y a partir de entonces sacaban y sacaban del saco sin tasa ni control, pensando que éste hueco se taparía con lo que después vendría. La codicia, la avaricia les fue cegando. Ya no había nadie en el camino que les parase. Y fueron haciendo y haciendo y haciendo. Así gastaban, gastaban, gastaban. Pensaba el autor del cuento, que cuando fueran  a vender la leche de la cántara no habría ni gota. Qué sorpresa se llevó el narrador cuando comprobó que la cántara estaba llena de agua. Pero más aún: nadie se preguntó por el cambio, por la mentira. Incluso hubo quien lleno de razón apuntó que la leche desnatada tiene muy poca grasa. Ante esta premisa ya muy poco había que alegar. Sí es cierto que habían hecho el agosto y más. Como también lo era que la cántara no se había vaciado en el camino. Había pasado la leche por un proceso, que bien mirado, había mejorado el producto. No sabe el autor de este cuento a qué atenerse. Ni es capaz de extraer moraleja alguna. Sólo confía en que el tiempo pueda explicarlo. Puede que incluso se haya equivocado de relato, de cuento. Y se trate de algo más relacionado con la ceguera. O igual había otros que sacaban del saco  aprovechando la impunidad que da la noche. No sé si a estas alturas, esto que se  está aquí intentando relatar es consecuencia de esta mala semana acaecida y todo se ha confundido por culpa de esta situación. A pesar de todo este chandrío, cree uno a pies juntillas que llegará el momento en el que las cuentas no saldrán, aunque el milagro haya convertido leche en agua. Y llegado este punto siempre habrá un culpable que haya dejado una piedra en el camino con el  ánimo de tropezarse. Ya habrá culpable a quien cargar el mochuelo. No es tan sencillo esto de la fabulación en los tiempos que nos ocupan.</p>
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