José Ruiz Guirado
El más asiduo de mis lectores me lo ha dicho esta mañana. Se han cargado aquel refrán tan castizo que rezaba: Lo que han de comerse los gusanos, que lo vean los humanos. Ni los unos lo va a ver ni los otros pobres lo van a probar. Lo que no cabe duda alguna, es que no se van a comer es “todo lo que Dios le ha dado”. Decía algo compungida la madre de Octavio Vera. Su esposa en un ataque de celos ha echado mano del corta bananos y zas. Porque no crean ustedes que lo ha hecho con otra herramienta. Esto lo repite mucho mi informador: Para todas las cosas de la vida hay que ser profesional. Se lo hace con otro aparato y le deja al hombre minusválido y le crea un trauma para toda la vida. Porque la carencia también se lo va a crear, pero verse ahí una insuficiencia, debe de ser más penoso aún. Hay que andarse con mucho ojo con estas señoras campesinas, que tienen a mano cualquier apero. Que nada tiene que ver con la señora Beckham. Ha venido a Madrid a una promoción y no ha dado un beso a nadie. Traía la mujer una calentura en los labios. Y se lo pensó. A ver si me van a comparar con nadie. No si lleva toda la razón. Treinta besos, treinta contagios. Quién ha sido. La señora Beckham, que es una besucona. A mi informador le parece muy bien el detalle profiláctico. Otra señora que se pasó por Madrid, fue la de Briatore. Pero esta señora no venía con calentura alguna. Esta señora –según mi informador que asistió al desfile de lencería- las provocaba. Que nadie se lleve a engaño. Que esta señora no hacía guiño alguno a nadie. Simplemente que es una señora que se conserva bien y no está dispuesta a quedarse en su casa con los rulos y la bata puesta, oiga, que eso ya no se lleva. Lo dice ella: “Que a mi esposo y a una servidora nos gusta la ropa interior elegante”. Pues como tiene que ser. Quien se lo pueda permitir. Quien no, pues tendrá que acercarse al mercadillo a ver si encuentra dos con juntos a cinco euros, aunque sea de inferior calidad. Eso es lo que hay. Otro asunto diferente son las quejas de la señora Merkel. Nada más acabar del desfile se ha marchado mi informador a Alemania. Se conoce que el presidente francés, Nicolás Sarkozy es un hombre de sangre caliente, de temperamento, activo. Y la señora Merkel es como es; germana, tranquila. Y, claro cuando se ven y se saludan, el presidente francés se deshace en elogios. Y a ella, eso de tanto manoseo no le debe de gustar. Lo dice mi informador. No se trata desprecio, ni de rechazo, sino de temperamentos. El francés es de beso fácil, de mano suelta, de abrazo ágil. Y la señora alemana es más comedida, más tímida. A ver si me entiende, que es su carácter, su forma de ser. Que la da más corte tanta espontaneidad. Que no se trata de ser un sobón. Oiga, que los hay y compulsivos, reincidentes y por toda la cara. Además, el francés está muy bien casado. Que el hombre es así de cariñoso. Y a la señora Merkel no le gusta tanta generosidad protocolaria. Se lo ha dicho a su embajador en Paris. Dile a Nicolás que una servidora le aprecia. Pero que se corte un poco. Que no me agasaje tanto. Que me lo hago yo misma. Tampoco pretendo que se moleste. Si en el fondo es un tío salado. Pero que me pone nerviosa. Y no debe de dar la mujer pie con bola. Oiga, que los franceses son así, excesivos, coquetos ,zalameros. Si lo da el idioma: Rian de Rian. Que se enganchan las “erres” y llegan a parecer empalagosas. Como si le estuvieran requebrando a la señora, con tanta “francesidad”. Oiga, no se acerque tanto que me invade usted. Madame, ye suis. Quite de ahí hombre, no se enganche tanto. Le donne la nuit, le Signe, la cuisine… Tendrá que usted que ponerlo en cristiano. No, señor, que pierde el encanto. Pero es que me pone de los nervios. Cada cual que apechugue con lo suyo. Ce qu`il est passé, est passé. Ve usted cómo embriaga lo francés. Si eso es lo que no quiere la Merkel, que le embriague.