Archivo de Marzo de 2009

San Caralampio

Lunes, 30 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

EN Marín (Pontevedra) se festeja a San Caralampio (10 de febrero) –patrón de los chiquiteros-. No tengo estudiada su hagiografía, pero no piensa uno que esta santo varón se diese al tintorro, salvo, en sus comidas, que el vino ya se sabe: limpia el diente, aclara el ojo y suelta el vientre. Alguien oiría lo del río Chiquito en México, o lo de santo chiquito y la excusa valdría. De todas formas, no desmerecen quienes toman chiquitas, que también son hijos de Dios. Y ya puestos, a lo largo de la piel de toro, se encuentra uno chiquiteros en todas partes. Váyase uno al casco viejo de Bilbao, de San Sebastián, de Coruña, de Vigo, de Sevilla, de Linares, de Madrid, de Cuenca, de todos los lugares, donde a la chiquita se le acompaña con un buen pincho. Unos con chacolí, otros con ribero, otros con rioja, otros con manzanilla, otros con vinos manchegos o madrileños; quien no con sidrina. Ya se sabe la generalización: En el Norte se guisa, en el Centro se asa y en el Sur se fríe. Y todo ello con la bendición de San Caralampio, para que nadie haga mal vino, que es importante en estas ocasiones. Mi informador es buen papador y mejor catador. También se sabe sus santuarios. O bien se lo dicen o los descubre cuando se patea la península. Los que tienen solera no se los dice más que a los amigos, porque sino, se llena de personal y pierde el encanto. Esas cosas no se deben de divulgar más que a los entendidos. Porque le ponen a uno unas buenas migas manchegas y le pide al ventero una Coca Cola en lugar de una buena jarra de tinto del país. Y llegado el caso, igual el hombre se enoja. Porque hay bebidas para las hamburguesas y para las judías con oreja. La siesta, el botijo y la cabra para tirarla por campanario no han de faltar (¡Ojo, a un servidor esto le parece una bestialidad!); pero lo demanda el personal. Que luego a la pobre de la cabra no se la tira, mejor; pues se la ordeña, que la leche astringe y da buen queso, ya puestos. Porque son cosas de aquí de toda la vida. En Miraflores de la Sierra el presupuesto no da para los toros. Se hace referéndum para que los vecinos opinen. Pues como a pesar de la votación, nadie estará de acuerdo. Pues lo mejor será bajar el presupuesto. Que no son toros, serán vaquillas. Porque, a la postre, los del sí y los del no, querrán bajarse al coso a que les dé la vaquilla un empujón para demostrar pericia y valor ante los suyos. Que la crisis, ahoga pues se apreta uno el cinturón. Pero si dejan al pueblo sin encierros y toros, se juegan las elecciones próximas. Habíamos dejado a San Caralampio de chiquitas por los rincones patrios. La verdad, es que es una costumbre saludable, siempre que se haga con tasa, claro, como todo en la vida. Porque alrededor de un vino hay una buena charla. Ya se sabe dónde se arregla el país. Lo malo, es que aunque haya buenas propuestas, el alcohol a la postre no es buen consejero. Y en esto, que los políticos están a ver que oyen. Pues, van y se lo sueltan a los del banco contrario. Oiga, esas cosas son de chiquitear, y no para traerlas aquí. El ponente, que debiera de conocer al santo, habría de responder. Pues tenga usted en cuenta que están bendecidos por Él. Que digamos que es como si lo avalase alguien con reputación y prestigio reconocido. Y quién mejor que la santidad, que de todo entiende, todo le incumbe y a todos atiende.

Mentir

Sábado, 28 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

MENTIR es un ejercicio de inteligencia que no está al alcance de todos; una forma de defensa; una ofensa y hasta un ataque llegado el caso. Mentir para defenderse no deja de ser un caso honesto. Esta misma mañana leía un reportaje de un hombre al que iban a fusilar por sus ideas y en una nota –la última- les contaba a sus hijos que se encontraba en un castillo de princesas. Hay que tener temple para esto. La mentira conlleva una dosis alta de inteligencia. Ha de armarse de tal forma, que no se resquebraje por sitio alguno ni haga aguas. Porque el problema, al tener patas tan cortas, desde cualquier punto de vista que se le mire, ha de resistir y, sobre todo, pasado el tiempo. Porque el mentido, estará ojo avizor por si salta la liebre. Otras mentiras son una ofensa para la persona, usadas con el fin de calumniar, ofender, denigrar y maltratar. Hay quien se piensa que su uso continuo justifica sus actuaciones, cuando no su autoridad. Son esas mentiras zahirientes, que no se sostienen; pero que se sueltan en momentos y en lugares concretos, sobre todo cuando se trata de reprimendas. Son propias de personas mediocres, sin personalidad alguna, que se creen más capaces, más respetables con estas puyas que sueltan aquí, allá o acullá, y al primero o al último que se encuentran. Sin embargo, no se paran a pensar en las consecuencias (toda acción tiene una reacción). Esta actitud les hace más débiles ante los subordinados y ante los superiores. Porque quien no es capaz de imponer su autoridad con la fuerza de su ejemplo, o de su conducta; mal lo va a hacer con las malas mañas, sus miedos, sus debilidades o sus complejos. Son conductas que se perciben a simple vista. Mentir para defenderse puede tener varias opciones. El ejemplo más sangrante y reciente lo están protagonizando esos canallas que han asesinado a la niña de Sevilla. Van a mentir hasta que no les quede más argumentos. Mientras marean la perdiz, están ganando tiempo. Otra cosa es quien ha de defenderse contra mentiras a su persona, conducta u honorabilidad. Aquí no cabe más que la verdad y las precisiones. Y aún así no serán suficientes. Porque quien urde una mentira para dañar a alguien, procura atar bien todos los cabos. Sin embargo, siempre hay algo que se descuida por insignificante que parezca; pero que a la postre viene a dar al traste con todo, por fortuna para quien no tiene nada que temer. Y esas cosas se notan. Luego están esas mentiras piadosas, sin maldad, que se emplean para salir de un apuro, de situaciones absurdas, pesadas o empalagosas. Cuando alguien miente, es preciso mantener el tipo. No obstante, cuando se mete uno en estos andurriales convendría recodar aquello de: Quien se ande los caminos, que se tenga sus cuidados.

Antoliano

Jueves, 26 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

HABLANDO el otro día de mi barrio, me vino a contar mi informador una anécdota de un muchacho –Antoliano- que ha sido un personaje irrepetible. Vivía junto a la casa de mis padres. Ya debe de ser mayor. Antoliano estaba en todas partes. Hacía recados al de la farmacia, al del banco, al frutero, al panadero, al notario. Cada vez que venía el Rey a celebrar los factos de la Hermandad de San Hermenegildo, Antoliano le saluda, sin problema alguno. Su pasión era dirigir el tráfico. Hubiera sido el mejor agente que hubiera existido. Tanto la Policía de Tráfico como la Municipal le conocían y le dejaban que hurgara –sobre todo en la sirena- en los coches. Si hacía falta, el se ponía a dirigir el tráfico con una autoridad y un desparpajo que pasmaba. Como estaba en todos los sitios, en cierta ocasión lo hacía en el Hospital San Carlos (quién no se acuerda de Juan, el cirujano y forense; de don José, el traumatólogo, don Ricardo, que también fue alcalde, o el propio don Salvador o tantos otros). No había mucho que hacer y alguien le dejó una bata de médico. En ese momento llegó una ambulancia con una persona que había tenido un accidente de moto. Antoliano, ni corto ni perezoso, se fue el primero a abrir la ambulancia, sin que ninguno de los sanitarios pudiera impedirlo. Cuando abrió la puerta de la ambulancia y vio a aquella persona maltrecha, le preguntó: “Que-te-ha–pa-sao”. El accidentado, que además de muerto de miedo vendría hecho unos zorros, con alucinaciones, al ver a aquel médico, con aquellas cejas, puso el grito en el cielo. “¡Aquí no me dejéis, por favor!”. Porque Antoliano era una persona útil, afable y entrañable. Todo el mundo le quería y le protegía, que era lo más importante. Pero no con paternalismo, sino por lo que era y suponía: ser uno más en un pueblo. Echa uno en falta al tonto del pueblo. Parece como si hubieran desaparecido. Como si estorbara, molestara o incomodara. Cuando ha sido uno más con sus diferencias y sus peculiaridades. Claro que esa institución social, como otras pertenecen a una época, en la que la convivencia era otra. Hoy cualquiera de estas criaturas sería tratado con desprecio, con burla, cuando no, dañinamente. No lo sé. Lo cierto, es que han desaparecido del escenario. Ya no están, como todos aquellos de cada lugar a su libre albedrío viviendo, divirtiéndose, echando una mano. Y no eran seres débiles o problemáticos, sino todo lo contrario: útiles y con su personalidad. Que de Antoliano no se reía nadie cada vez que se le encontraba uno desfilando o saludando al uso militar. A lo sumo se le preguntaba a dónde iba o qué iba a hacer. Él tenía su ruta preparada. Sabía dónde iba a estar y para qué. Yo creo que no había ni un lugar en donde no estuviera. Hasta en los entierros, delante del coche fúnebre parando a los coches para que respetaran el paso del cortejo. Y la gente lo hacía. Había quien podía gastarle hasta alguna broma. Pero él, con rictus serio, acompañado de un gesto firme, reprimía a cualquiera. Ha sido un personaje inolvidable, una criatura tierna y cariñosa y una imagen de una época. Un abrazo, Antoliano.

Ya puestos

Miércoles, 25 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

ME dice mi informador que no le doy tregua. Cuando vuelve de sus viajes le tengo tajo.Se siente. Es lo que tiene el escribir. No se trata ya de ser prolífico o no. Sino de ser consecuente. Las cosas se hacen o no. En el momento que lo deja uno para mañana, cuando se ha dado cuenta ha pasado una semana y se le ha perdido el ritmo, el pulso vital. Y luego da pereza retomarlo. Por tanto, lo más aconsejable es estar todos los días al pie del cañón, si se quiere conseguir algo serio. Otra cosa, es que se consiga o no. Ahí ya interviene quien abre la página o no. Pero si la abre, que tenga recado nuestro. Lo he dicho ya alguna que otra vez. Cuando el jodido –con perdón- papel, pantalla o lo que sea se muestra bronco, cuesto lo suyo meterle mano. Aunque al final, es como el jamón que se comienza a pelar. Una vez que se le mete bien el cuchillo, aparece la veta. Luego, cuando se pruebe se verá si está salado o de chuparse los dedos. Teniendo en cuenta que en este caso, se va a quedar uno a dos velas. Porque la letra no alimenta como el cerdo; a lo sumo distrae, explica o aclara. Se me ha venido a la memoria –no sé por qué- alguna de las escenas de “Lazarillo”, en la que pasaban más hambre, pese a las apariencias, que un maestro de escuela en sus tiempo de pasarlo. Qué cierto es, aunque suene a tópico; pero cuando el hambre muerde, cómo se abre el intelecto para ponerle alguna solución urgente. Siendo chavales, algún día de los que hacíamos novillos, nos íbamos a cazar algún conejo con la perra. Las primeras veces pagábamos la novatada. El guardia de la finca o la Guardia Civil, nos sorprendía con la pieza. Pero a fuerza de ir sin la pieza a casa aprendía uno la lección. Se la escondía dentro del pantalón, bien estirada y atada con una cuerda al cinto que no se viera y ya no había pieza alguna. El problema se da cuando no hay nada que llevarse a la boca, por mucha imaginación, pericia e ingenio que se aplique al asunto. Aquí es donde duele. Porque esto no debería faltar a nadie. Aquí tampoco sirve la sentencia paulina -quien no trabaje, no coma-. Cuántos quisieran comer y trabajar. Y cuántos podrían hacerlo y prefieren ser hidalgos de los del Lazarillo, en el que aquello era indigno. Nadie se extrañe que los primeros prefieran morir en el mar, encima de cuatro tablas, que hacerlo comiendo polvo- esto es literal- y agua infecta todos los días. Ya ven. Sin quererlo, con el pretexto del dolor y de las carencias de estas pobres criaturas, hemos sacado adelante este trabajo de hoy. Que ya puestos, pues lo aprovechamos en nuestro beneficio. Puede parecer indigno, ¿verdad? Pero así es. Todo sirve, todo nos sirve, hasta las desgracias o las miserias ajenas. Aquí nada se desperdicia. Ahí están todos esos contenedores llenos de productos caducados, que resuelven la comida de los que no tienen casi de nada.

Haz mal y no miras a cuál

Martes, 24 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

LEÍA el otro día lo del homenaje-exposición que se le está tributando en Madrid a Miguel de Molina. Pero lo que me llamó la atención fue la declaración: “ Se me apaleó por marica y por rojo”. Estas cosas, para quienes no lo hemos vivido, no deja de sonarnos a rancio, a trasnochado, aunque sea tan actual. Cuando no es por esto, es por: Azul, por verde, por amarillo, por feo, por alto, por bajo, por bigotudo, por bizco, por cojo, por listo, por tonto o porque me da la gana. Pudiera parecer una broma, una anécdota pasada, pero no lo es, porque esta situación se está dando a diario, en todas partes. Por qué. En el pueblo donde vivo, cada vecino corta un día su calle, porque le traen leña, hace una obra o porque se aparca en la calle del bar a tomar unas copas. Y no pasa nada. Pero si uno de fuera lo hace –como puedo ser un servidor- se le recrimina, abiertamente o a la espalda. En el mundo laboral, siempre hay alguien que su misión, además del cargo impuesto o puesto, es la de hacer la puñeta a quien sea. Según se venga esa mañana. La suerte le puede tocar a cualquiera, exceptuando claro a los que sean de su condición. A estos, nunca de frente y en público; siempre por detrás a alguien que sabe se lo dirá. Ataques mordaces, indecentes, falsos, dañinos y gratuitos. Que se negarán llegado el caso. En las familias, entre padres, hijos y hermanos. Siempre hay un listo, que se quiere aprovechar de la situación. Y en lo que concierne a dinero, propiedades, harán todo cuanto esté en sus manos para quedarse con ello. Ya sea contra los padres, como contra los propios hermanos Y como también hay afinidades, ya se encargará de mentir, enredar o desprestigiar al que sea. Pero el problema de todo esto, es que por lo general o nadie se enfrenta a ellos, o acaban convenciendo a los demás. Aunque la razón suele ser siempre el miedo, el no querer problemas. Porque estos individuos, son muy hábiles para unirse y convencer a quien tiene el poder o el dinero. Con tretas, sobornos, implicaciones o chantajes que ya se habrán encargado de urdir de tal manera, que les sea imposible negarse o reconocer lo evidente. Esto esa así de triste, de desesperanzador. Porque, se quiera o no, es lo que vivimos día a día. Las ilusiones, las frustraciones, las esperanzas, los trabajos, los amores se dan en el círculo que nos ata ocho, diez horas, una jornada, una vida. Y de ahí no podemos escapar. Tenemos que convivir con él de por vida. Quizá sea –amén de otras desgracias- una de nuestras rémoras. A ciencia cierta no sabe cuál es la causa por la que el ser humano así se conduce. Porque en la teoría hay cientos de estudios que explican estos comportamientos desordenados, enfermizos y patológicos. Pero en la práctica, la realidad es otra.Y así día tras día, aguantando la misma cabronada, la misma mentira, las mismas malas tripas. A veces consigue uno liberarse. Sin embargo, es consciente de estas limitaciones canijas, caponas de sus semejantes. Porque la tragedia, es que ni puede vivir con otros, ni sin ellos; no hay más. Por tanto: “Haz mal y no mires a cuál”.

Vamos a ver

Lunes, 23 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

ESTA expresión se ha puesto ahora en boca de todos. Unos la usan apoyándose del dedo índice para amedrentar, violentar o embroncar. Acompañado siempre de un tonillo despectivo, cuando no altivo o petulante. Otros, lo usan para defenderse de los anteriores. Estos no lo acompañan del dedo, sino de las oportunas razones que han de esgrimir en su defensa. Y, ya los últimos, por no alargar la lista, lo hacen para dar alguna explicación calmada, explícita o académica. Hemos simplificado en este trío; pero podríamos haber seguido. Mejor que cada uno se construya las suyas, con las premisas aquí citadas. La siguiente en uso es la :”Venga, hasta luego”. Que quiere decir algo así como: Ya está. Nos vemos o adiós. O, también, encantado, adiós. Y ya puestos: Vale, chaval, un placer. Algo más cursi, es la de “Divina de la muerte”. Pero como es usada por la famosería, pues ya no hay que aclarar, porque el personal sabe que la cosa va de estar de buena presencia. El asunto se complica cuando alguien se pone machito, dice lo que se le antoja y, cuando ha soltado por esa boca, resulta que no era precisamente lo que quería decir, sino todo lo contrario. O mejor, dicho, lo que ahora rectifica un segundo, cuando no un tercero, que, lo se intentaba decir era la idea de un cuarto pero que no lo dijo, porque no lo tenía que decir él. Entonces, mi informador, por ejemplo, que anda el hombre a lo suyo y le teníamos un poco olvidado, no es nada raro que pregunte: Qué ha dicho. Decir no ha dicho nada, porque nadie ha hablado. Me había parecido. Eso de lo de a lo dicho, pecho, se ha sustituido por : Donde digo, diego Diego, que es más rentable, menos comprometido y más socorrido, porque siempre saca de un apuro en el momento más inesperado. Otra muy de todos los días, de andar por casa, es el de “Hasta luego”, cuando no se va a encontrar a esa persona, sino que se está despidiendo de ella. Claro, que ya está uno tan acostumbrado que se da por hecho. Sí que nos alegra que se vaya a retirar del uso la palabra “gallego”, entendida como “tonto” y “tartamudo”. Lo que se va a mantener va a ser lo de “presunto”. Que está bien que se sea esa cualidad para que no haya mal entendidos. Tiene uno la impresión de encontrarse ante un momento en el que se teme a las palabras. Porque se adornan, se disfrazan, se edulcoran, según y cómo convenga. Así, cuando se habla de cohecho, o de prevaricación, o de homicidio, o de desviación, cuando no de malversación, quien no está al cabo de la calle, aquello debe de sonarle bien. Hasta el punto que pueda decirse para sí: “Qué buena persona debe de ser de la que hablan”. Pero “vamos a ver” –ésta es la cuarta acepción para estos casos, que viene acompañada de cabreo adjunto-, que estamos hablando de chorizos. A este paso, se nos olvidan las tacos y convertimos esto mundo en laig, descafeinado, suave y manso. Que no estaría mal. Pero que ya han inventado la cerveza sin alcohol.

Cuento del escribidor

Sábado, 21 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

HE llegado a ese convencimiento, aunque no sepa cómo. Tampoco me lo voy a preguntar. Simplemente creo que he nacido para eso, o al menos, a mí me lo parece. De qué voy a escribir, tampoco lo sé. Aunque me imagino que eso será cuestión de ponerse a ello. Con una noche nace un día y nadie se pregunta, quién se puso manos a la masa. Una vez que todo se inicia, hay una fuerza invisible que lo continúa por su propio peso. Ya sé que, o me lo supongo, escribir no es lo mismo que hacer pan o moldear arcilla. Lo primero porque es una acción que se produce con el fin social de alimentarse. Pero el panadero que se pone a altas horas de la noche a hacerlo no se plantea ese tema. A lo sumo, su preocupación porque la masa le suba bien o se cueza en su justa medida. En cuanto al segundo, otro tanto: que se fragüe bien la arcilla. Lo mío no sé bien cómo se va a desarrollar. Porque al no ser algo preconcebido. Aquí dependerá de muchos factores. Aunque un escritor avezado y veterano y talentoso me dijo que lo más importante era que las musas le sorprendieran a uno trabajando. Lo demás ya será asunto de mi negociado. Ahora que lo pienso en frío, no va a ser sencillo. Una vez que me siente a la mesa sobre el papel y coja la pluma, qué digo. Este buen amigo también me aconsejó que hiciera algo de gimnasia intelectual preparativa. O sea, que leyese algo antes de comenzar. Si fuera posible, algún fragmento del Código Penal, con el fin de economizar lenguaje. A ver cómo si digiere a las seis de la mañana atiborrarse de leyes. No sé. Esta recomendación me parece cuando menos peregrina. Pero si lo dice él, llevará razón. Además de todo esto, ha insistido en que el escritor se gana o se pierde por los ojos. O sea, que he de leer las lecturas obligatorias que me ha recomendado. Meterse con los clásicos es un palo. Claro que si él propone, no será en vano. También ha insistido en que medite y espere. A mi edad la impaciencia no es una virtud, precisamente. En cuanto a meditar. No sé si mi corta experiencia me va a dar para ello. Ya veremos. Otra cuestión es la soledad y el desdén. A un servidor le gusta rodearse de sus amigos, salir por ahí, divertirse. No me voy a convertir en un ermitaño. Podré estar solo, pero de vez en cuando, ¿no? Que me van a despreciar. Se referirá a que los primeros escritos por falta de experiencia, de estilo o incluso de calidad, serán rechazados. En esto será como en todo. Una vez que uno adquiere experiencia, se irá dando todo mejor. Pues como en todos los oficios. A medida que me vaya soltando. Sin embargo, si algo se pone cuesta arriba, es lo de la remuneración. A lo sumo, puedes conseguir fama, prestigio; pero dinero, poco. Si decidiere formar una familia. Porque la paciencia, la soledad, el desdén, la espera, las lecturas, la meditación, todo eso, pase; pero no poder dar de comer a los míos con el producto de mi trabajo: en esto no comulgo. A la postre, estoy pensando si va a ser una buena idea o no, lo de convertirme en escritor. Decía el maestro que despuntaba maneras y se me veía afición. Pero me da a mí que esta profesión me va reportar más necesidades que otra cosa, por mucha fama que llegare a alcanzar. Que con el prestigio ni con la guapura se come. He de meditarlo, no vaya a ser que yerre. Y por otra parte y bien pensado. ¿Tendré talento y actitudes para ejercer el oficio como es debido? Porque si después de corrido el riesgo, pasado el tiempo y perdida otra oportunidad en otros menesteres, no valgo para ello, qué hago. La teoría ya me la han explicado. ¿Y la práctica? Puede que el fondo no esté llamado para las Bellas Artes. También creo una cosa a pies juntillas: No desmerece un buen agricultor como lo fue mi padre. Cada cual a lo suyo. Este oficio tiene también de creativo lo propio. Primero se siembra después se espera a que dé sus frutos. Y en lugar de escribir sobre el papel, se hace sobre los surcos de la tierra, con otra pluma diferente.

Gardenias

Jueves, 19 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

DESPUÉS de tantos años aún soy capaz de recordar y reconocer aquel olor, que si tuviera que definirlo, diría que fue blanco por el color de las flores. Son esas cosas que, sin saber por qué se graban. Como podía haber sucedido con cualquiera otra: el vestido, la luz clara del día, el beso tibio de consentimiento. Pero lo fue la fragancia de unas flores que llevaba en el pelo y en el ramo. Era un día, mejor dicho, una tarde clara, primaveral pese a ser verano. El cielo era azul, un azul intenso y el aire traía recado del Atlántico. A pesar de haber preparado un vehículo, adornado para la ocasión, preferí ir en mi propio coche. Que no era otro que el legendario 2CV. A la madrina no le gustó, porque no le pareció correcto que tuviera ella que esperarme a mí en la iglesia. Pero como quien se casaba era un servidor ,y, como aquel coche me había acompañado y me había llevado a todas partes, además de conservar en él todos nuestros secretos; no dudé que sería la mejor compañía para un momento, el momento más especial que había vivido hasta entonces. La novia también se extrañó y se rió al verlo allí. Recuerdo pocas cosas, pocos detalles, pese a ser muy fisonomista; excepto la novia, con aquel vestido ibicenco, porque renunció a un traje clásico. Tenía la mirada limpia, clara y luminosa. Y sobre el pelo, las gardenias, que derramaban su olor como lo hace un perfume. Fui capaz de aislarme de todos y cuantos nos acompañaban. Me encontraba ausente, pero no por estar distraído, sino por el arrullo de aquella mujer que todo lo envolvía. No sé quién me felicitó, ni con quién baile, ni las cosas que dije. Lo que recuerdo con precisión es a ella. Sonreía como si saliese el sol. Su voz, más que dulce sonaba grata, porque tampoco era capaz de escuchar lo que me decía. La miraba y la miraba y cada vez me parecía más hermosa, más casta y más sencilla. Cuando me entregó el anillo tomó mis manos entre las suyas, eran tibias, agradables y sus dedos largos. Y siempre, siempre las gardenias se derramaban por todo, como el agua que se escapa del cuenco de las manos al beberla. La sonrisa amplia ,la mirada dulce y el semblante amable. Y ella allí, enfrente. Una mujer resuelta en felicidad, a la que se podría querer más allá del tiempo y del amor; diciéndome sí a una vida. Bendita la hora, el día, el mes y el año. Creo que hay cosas que uno se lleva consigo u olvida para siempre. Algún día habré de tomar la nave que nunca ha de tornar. Y a aquella orilla donde habré de quedarme me llevaré, entre otras cosas, estos recuerdos gratos, amables e inmarcesibles (como si se pudiera llevar algo más que un sudario a ese viaje). Claro, como en este caso viaja el alma, estos buenos sentimientos son los que solamente se podrán llevar uno consigo. A mí me parece que el amor, lo que uno ha hecho bien en este tránsito, es lo único que trasciende y no se olvida. Hoy –San José- recordaba aquel día de mi boda. Y lo estaba haciendo por el olor, el color y la alegría de unas gardenias que la novia llevaba en el pelo. Podrá uno cerrar los ojos un día y volverá a verlas y con ellas la tez irrepetible, de quien las llevaba. Es posible que este recuerdo mínimo sea más intenso que todas las olas de todos los mares juntos golpeando la playa. No lo sé. Lo que sí sé, es que fue un día que vale por todos los días de una vida. Y, además, que como consecuencia de ese día el apellido que heredé continuará por ahí rodando y quién sabe en qué dará. Quiénes lo llevarán. Pero al margen de esto, si tuviera que crear un cuento mágico, posiblemente, cada vez que tuviera este pensamiento se sembraría una estrella en el cielo o crecería una gardenia dulce y amable para que algún día, alguien de los que nos continuara volviera a colocársela en el pelo como ella. Quién sabe. Esto es un pensamiento noble que uno tiene derecho a tener, aunque pudiera ser una ensoñación. Uno también es un romántico.

Mi Barrio

Miércoles, 18 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

TENGO un amigo –Chema-, que junto con su hermano están editando una revista (“El eco de la sierra”), un trabajo digno de alabar. El muchacho –porque es más joven que yo- es de mi Barrio. Y cada vez que escribo algo relacionado con Él, se entusiasma. Lo vive a flor de piel. Hoy voy a escribir algo sobre mi Barrio. Le llaman del Rosario y también del Matadero, por el que allí hubo ubicado, hoy reconvertido en Biblioteca Pública y Conservatorio de Música. Es un barrio limpio, que ya no tiene animales como antaño, ni apenas espacio para jugar los más pequeños, porque todo se ha llenado de casas y casas. Había, hay tres grupos de viviendas (nos vamos a centrar en las que nos ocupan, porque ya hay publicado una crónica, de un servidor, editada por el Área de Cultura del Ayuntamiento de San Lorenzo). La nuestra se centraba en la calle de Miralmonte, Travesía del Matadero y La casa de Abajo o del Terraplén. En la esquina, junto a una pequeña tienda donde aún se podía encontrar chocolates de Matías López, vivía la Pola (en los pueblos, en los barrios, los motes eran más conocidos que los nombres), la abuela de Chema, con su madre y su tío. El dueño de la tienda tocaba para las fiestas el acordeón con mucha afición y soltura. Entre las dos viviendas, en un trozo minúsculo jugábamos al fútbol. Cuando ya se trataba de un partido de entidad lo hacíamos en el Campo de las Acacias –equipo del Barrio-, delante de la plaza de toros o en el prado. Juegos que ya han desaparecido se alargaban hasta la noche en esa calle: El bote volero, La toña, El hinca, El rescatado… Chicos y chicas jugando a lo mismo, donde se sucederían los roces, los encuentros, las primeras miradas, correspondidas en juegos bailables -“Al jardín de la alegría quiere mi madres que vaya…”- Que después surgiría o no el primer amor de la pubertad. Una vez que se rebasaba esa edad inocente, se bajaba uno al puente que cruzaba la carretera de Guadarrama, donde se darían los primeros besos temblorosos y furtivos. Mientras la algarabía pueril tronaba en la calle con alegre trino, en el primer piso las muchachas cosían y pintaban las petacas, que luego vendería el petaquero. Aparecía la carreta de bueyes transportando piedras hasta la vaquería de Mayoral y había que interrumpir el juego para dejar paso a los animales cansinos. Al almacén de patatas llegaban los sacos que dejaban su olor en la calle. Una vez cerrado, se convirtió en un Club, que tuvo los días contados. Se le cayó al pajero el camión de la paja por el terraplén. Aquello fue uno de los acontecimientos más sonados por toda la parafernalia que se organizó. A Carlos, un muchacho tan travieso como ágil, le atropelló un coche al cruzar la carretera. Sólo se le veían los ojos en el hospital de tanto vendaje que le pusieron. Allí acudió Antoliano a dirigir al tráfico, un muchacho, que hubiera sido el mejor municipal del pueblo, de no haber tenido aquel retraso con el que nació. A la travesía del Matadero llegaban las reses en camiones, a la víspera de la matanza. Durante toda la noche mugían lastimosamente barruntando lo que les esperaba al amanecer. Hubo un herrero que afilaba a golpe de martillo y de fuego los punteros con los que pulirían la piedra los canteros. Y una carpintería, en la que Jesús, el carpintero daba forma a la madera. Y tuvimos una perra –La Chula- a la que se llevaron porque agredió a unos muchachos, que luego fueron buenas piezas. El día de San Lorenzo la calle se llenaba de coches y los bares de gente que iban a los toros. Los muchachos, esperábamos a las mulillas para ver cómo arrastraban a los toros hasta el matadero. Allí hicimos nuestra vida. Aquí se ha contado a vuela pluma. Volveremos a ello. Recordaremos a todos: A Mauricio, que curaba las verrugas, a Rafael, el sastre; a Sole, a Antonio, al Pajero; a mis padres; a mis tíos; a Félix, el Sordo, que tuvo su esposa mellizas, a Mariano, que trabajaba en el pinar y traía al aroma de las jaras cuando volvía; a Ana y Víctor; a Zacarías, que se le quemó un día la abacería sin que su pudiera hacer nada; a Mari y Enrique; a Carmen y a Jesús y a la otra Carmen, que tenía una pescadería arriba de la Cuesta del Hielo; a Escoli, que llegó más tarde; a la Raimunda, que se quedó viuda tan joven, a la Sixta, a la Sinda; a Justo, que fue padre de once hijos; a Pepita; a Antonio, el Taxista, que se quedó cojo en un accidente conduciendo. Y a todos los que se me van a olvidar; pero que prometo recodar en otras entregas. Todos ellos protagonistas de unas vidas anónimas o no, vividas en unas épocas difíciles, donde tuvieron el coraje de sobrevivir, que no fue poco. Algo de esto ha sido mi Barrio , o a mí me lo parecía.

Dime de lo que presumes…

Martes, 17 de Marzo de 2009

José Ruiz Guirado

LA otra tarde oí, por casualidad, una conversación por teléfono. No es que uno sea un cotilla, simplemente que pasaba por allí. Y quien hablaba, presumía de forma petulante, a quien escuchaba al otro lado. “Usted no sabe la preparación que tengo”. Claro, la otra persona contestaría, algo así como: “Pues no tengo el gusto de saberlo, ni falta que me hace.” Cuando estas cosas se dicen de esa forma y con tanta arrogancia, hay algo que no es creíble. Que sí, que igual es una persona preparadísima, nadie lo pone en duda. Pero por la misma razón puede uno pensar que se está tirando un farol. También es cierto, que por el tonillo denotaba un rasgo de superioridad. Nos explicamos. Quien estaba hablando lo hacía con alguien que pudiera ser un fontanero, un electricista o simplemente un mensajero que tenía que entregarle el paquete. Y aquél se puso en sus trece y le diría, algo así como si quieres arroz, Catalina o Catalina. Pudiera también tratarse de un caso de soberbia. “Oiga que yo soy…” “Y yo, el sobrino-nieto de Felipe V”. O también, que tuviese un mal día y lo fue a pagar con el primero que se topase. Todo pudiera ser. Ya, picado por la curiosidad, -aquí ya sí que es cotilleo-, me quedé sin ser visto e ver en qué deparaba el asunto. “Oiga, que yo soy…” Ya si que no. Ni licenciada, ni doctorada, ni Bachiller, si se me apura. Nada de nada. Me hubiera gustado saber que estaba haciendo la persona que escuchaba al otro lado del teléfono. Porque por los derroteros que estaba tomando la conversación, igual se estaba haciendo las uñas o liándose un canuto. “Usted no sabe con quién está hablando.” Y el otro, con el manos libres, haciendo piruetas porque la puñetera uña se le resistía. “No tengo el gusto, pero si me lo dice salimos de dudas.” “Estás hablando –aquí ya se pasó al tuteo despectivo- con…” El otro, con la tijera apunto ya de solucionarlo. “Ahora ya sé quien es”. “Mucho lo suyo, eh.” “Y por qué Universidad dice que se doctoró. Porque un servidor está doctorado por Bebes”. “Qué Bebes”. “Un Rueda fresquito.” Ya hube de irme a lo mío, porque más que un cotillo me estaba convirtiendo en un “voyeur del oído”. No sé en qué acabaría el asunto, aunque uno se imagina que el de allá remataría lo de las uñas y el de acá, acto seguido le contaría a los cercanos , cuando no a los subordinados, la mano férrea que tuvo con el osado. “Y en qué quedó la cosa”. “A mí se me va a poner chulo un mequetrefe de tres al cuarto”. “Pero va a traer el paquete o no”. “Me lo va a entregar el propio jefe en mano”. “Pues no soy yo nadie”. Posiblemente, a la dos horas. Pregunto por… Allí es. “Muy amable. Y dígale a su empleado que es un grosero y mal educado”. “No se preocupe que se lo diré de su parte”. “Pero ponga usted énfasis”. “Lo pondré”. Está bien esto de ser autónomo, jefe y empleado a la vez. Cuando me interesa echó la pestes al empleado y cuando no, empleado al jefe. Y de paso me divierto con tanto histérico suelto, a los que sirvo para que se desahoguen. Qué pena. Ya lo dice el refrán…