Archivo de Abril de 2009

Héroes

Miércoles, 29 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

NO existen los héroes al uso. Los que hay son de carne y hueso, anónimos. Que se levantan antes de que salga el sol y se acuestan después de su puesta. Y así, día a día, hasta que se hacen viejos sin haberse mirado un solo día al espejo. Sin saber cómo sacan adelante una familia. Y además de todo ello, tienen tiempo para ser felices, o incluso desgraciados, pero no lo venden en ningún sitio. Cuando llega su día, desaparecen y ni siquiera hay una de esas esquelas pomposas, en las que anuncia su marcha bajo la protección de ningún manto. Y, como tampoco hizo nada meritorio (si su vida no ha sido un esfuerzo), pues tampoco se le da por válido. En los tiempos difíciles, además de los héroes ya citados, se dan los mayores contrastes. Si hubiera que establecer una nomenclatura, lo dividiría en tres grupos: Los miedosos, los valientes y los camaleónicos (que a su vez podían dividirse en: chivatos, trepas, embusteros y falsos, entre otras variedades y lindezas). El miedo guarda la viña. Y, cuando se las ve venir, al menos hay que ser cautos, prudentes, incluso taimados, -sin la acepción de bellacos-. No todo el mundo tiene el temple o la hombría, incluso la dignidad de mantener el tipo cuando llegan mal dadas. Y aquí aparece la defensa. Que no deja de ser un acto reflejo natural. El problema surge cuando para defenderse no se hace con argumentos propios, avalándose en sus actos y en su conducta. Al producirse ese vacío se ataca, no ya al contrario, sino al compañero. Se delata, pero por lo general con argumentos que no se sostienen. Y este el pan nuestro de cada día. Alguien podrá añadir a continuación. No deja de ser normal, cuando el agua llega al cuello. También es cierto. Como lo es también que al trasladar la tragedia al otro, a su familia llegan las lágrimas y el sufrimiento. Además de todo esto, se dan otras circunstancias que tienen que ver más con las afinidades. Hay quien cae mal ,y, por bien que lo haga, mucho que esfuerce o demuestre su pericia, dará igual. Todo le sale mal. Los hay simpáticos, joviales, animosos, con ese talante que da en fiarse de ellos, porque se muestran comprensivos, cuando no defensores de las causas perdidas. Y en cuanto surge la oportunidad, le van a contar los chismes que ha oído al de arriba. A cambio, privilegios. Claro que todas esas cosas tienen un precio. Aunque eso da igual, porque todo en la vida tiene un valor y un precio. Sin embargo –al menos es el consuelo que queda-, todo lo que es patológico, antes o después (siempre tarde), choca con un sistema que se defiende por si mismo contra lo patógeno. Vamos, me está usted diciendo que, el día menos pensado se le encuentra uno en el bar y le suelta dos hostias –con perdón- bien dadas y se queda uno tan tranquilo. Bueno, era una forma menos poética de decirlo.Tampoco hay que llegar a eso. Porque le voy a decir una cosa: la mejor torta, es la que no se da. Pero por poca dignidad, pocos escrúpulos que se tengan, de alguna manera quien las hace que la tema, aunque no las pague. Las deudas, antes o después hay que cumplir con ellas, porque no prescriben. Hoy nos hemos puesto el antifaz de héroe y hemos salvado al mundo. Cervantes también quiso hacerlo y se encontró con los molinos de viento.

Mi máquina de escribir

Martes, 28 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

RECONOZCO que la informática me cuesta. Anoche estuvimos pegándonos con ella. Digo estuvimos, porque el amigo Luis Rojo, me prestó su ayuda y su conocimiento. De lo contrario hubiera sido imposible rematar lo que estaba haciendo. Parece que lo he, lo ha conseguido. Tengo guardada y bien tapada mi antigua máquina de escribir. Es de metal, dura, de color verde y pesa lo suyo. Pero durante mucho tiempo me acompañó. Fue mi cómplice de fracasos, de alegrías, de cartas dolorosas que hubimos de redactar, de más de un libro y de artículos que, a la postre vieron la luz. Con ella, hice también de amanuense durante varios años. Y viajé por la prosa y la poesía de un gran escritor. Ya lo he dicho alguna vez. La única pega que tenía, no para mí, sino para los míos, era que hacía ruido y los despertaba. Porque, eran esas horas de paz, las que utilizaba para escribir. Ya me hubiera gustado hacerlo a la luz del día. Como lo hacen quienes comienzan su jornada laboral. Pero la mía estaba en oficinas bajo la luz del fluorescente. Cada vez que he hecho un traslado la he llevado conmigo. No quería que se me rompiese o me la trataran a golpes. Recuerdo un traslado, desde Pontevedra a Madrid, al Barrio de Manoteras, donde vivimos un par de años. No me alcanzaba el dinero y contratamos una compañía de mudanza barata. Fue un desastre. Uno de los operarios se emborrachó, tuvo una riña con un compañero, a quien le clavó una navaja en la pierna. Gracias a los antiguos dueños del piso que me ayudaron. De lo contrario, no sé cómo habríamos acabado con la mudanza. En aquella casa nos pasó casi de todo. Se nos rompieron varios electrodomésticos. Había una colmena en la cámara de aire de la pared del edificio, que no sé cómo no entraron en la habitación donde dormía la más pequeña. Nos robaron el coche y, alguien al que no se merece que mencione, nos vendió uno que vino a ser de un taxista que estuvo en Francia. Gracias a que el coche se desintegró en el taller por los años que tenía y lo viejo que estaba y no en la carretera. En el balcón de esa casa, las tardes de estío, antes de salir a dar el paseo con los niños, pasaba a limpio los escritos en mi máquina de escribir. Una tarde, paseando por el Retiro se me perdió el chico. Al final lo encontró la policía y lo traía a caballo. Para él sería toda una aventura. Me ayudaron en esa época, dos amigos: Nieves y Pepe, los dos abogados. Lástima que nuestras vidas hayan seguido por caminos diferentes. Pero estoy convencido que no nos hemos olvidado de aquella época de libertad y de amistad. Algún día nos volveremos a encontrar. A la vuelta a mi casa, tras enfrentarme a todas las peripecias que se iban sucediendo, me sentaba ante mi máquina verde de escribir y le contaba cuanto me había sucedido. Es impresionante los sucesos, las vicisitudes que se dan a lo largo de una vida. Pasa de todo. Hay tiempo para casi todo. Incluso nos falta tiempo y nos sobra. Vivimos una época en la sierra madrileña y hubimos de regresar nuevamente a Pontevedra, para, pasados los años volvernos otra vez. Decía mi antiguo profesor- José Antonio Huertas- que vivía los cambios de mi vida con expectación. Era su punto de vista. Debajo de aquello se vivía la realidad de otra manera. Pero siempre tuve mi máquina verde para desahogarme. Ahora, cuando viajo, prefiero el tren, el portátil es un invento diabólico.

Demonios

Lunes, 27 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

TIENE uno la sensación de tener detrás, a veces un ángel, las más de ellas un demonio. No es que sea un demonio al uso, sino un enemigo oculto, no identificado. Porque los buenos enemigos, los que se enfrentan a uno, nos hacen más persona. Estos son personas que en una determinada época por una causa desconocida, nos guardan rencor, envidia. Y, cuando uno menos se imagina, ¡zas! El problema, es que no sabe uno quiénes son, a qué se debe su encono. Porque las causas pueden ser de las más variopintas: una novia, una deuda, un despecho, un desprecio, o simplemente un asunto baladí que quedó en entredicho en la lejana infancia. Quién sabe. Tienen claro, dónde, cuándo y cómo actuar. Son detalles que pasan desapercibidos: una rayadura en el coche, una rueda pinchada, una planta seca, una operación denegada, un trabajo inconseguido. Cuando pasa el tiempo, uno se pregunta: Qué racha de mala suerte. Hasta que te dice un buen amigo: Alguien te quiere mal. Entonces se enciende la luz. Porque voy a rectificar en una apreciación: Se sospechan quienes pueden ser. Y son sospechas fundadas. Cuando se recapacita y se hace memoria, se recuerda. Un buen amigo, me confesó una noche, con un cubata en la mano, que su vida matrimonial no había sido lo que esperaba. Había salido con una muchacha un buen tiempo. Pero por la razón que fuera, a la madre de la novia nunca le cayó bien. Mal metió a la hija hasta el punto que su relación se resquebrajó. Estaban a punto de casarse ,y, se lo pensó bien. Dejó a la muchacha, que en el fondo era lo que pretendía la madre. Sin embargo, no le gustaron las formas, porque a vistas de los demás, quien se la dejó plantada fue él. La madre le buscó marido en menos de un mes. Ambos se casaron y comenzaron una vida nueva. Pero la madre de ella se hizo íntima de la madre de la esposa del muchacho. Qué haría, qué no diría, que al cabo de los años acabaron separándose. Él no lo entendía. Hasta que esa misma noche, la esposa de uno de los mejores amigos, nos lo soltó. Chaval, no te enteras. Ha sido ella. Supera la realidad a la ficción. Detrás de él estaba su demonio particular. El ángel, que estaría más ocupado, llegó después. Y desde ahí, comenzó a explicarse algunas casualidades de su vida. Otras veces, no dejan de ser desgracias fortuitas. El asunto está cuando uno descubre al enemigo que le acecha en la sombra, y se hace la luz. Por lo general tarde. Aunque vale más tarde que nunca. Luego están esos demonios comunes para todos. No se esconden. Están a la vista. Aquí depende del día, si está nublado o ha salido el sol. Si es lunes o viernes. Y, sobre todo, si toca o no. Que toca, a joder –con perdón-. Ese día puede que el infeliz de turno inscriba su nombre en las listas del INEM , o cualquiera otra fatalidad. Lo único bueno –si se le puede llamar así- que tiene esto, es que se sabe por dónde vienen las tortas y si anda uno listo, hasta puede zafarse. Lo malo, es que estos demonios pierden el encanto mitológico, porque tienen nombres y apellidos y se les puede poner cara, porque la tienen.

Somos diferentes

Domingo, 26 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

NO ha sido tan fiero el león. Normal. Parece como si el tiempo se hubiese descubierto ahora. Si el tiempo no se estabiliza, tras el invierno, ya nadie recuerda el cuarenta de mayo. Voy a citar, por el contrario, los veranillos que se dan en la península, pero que tampoco se tienen en cuenta: Veranillo de las lilas, en abril; veranillo de las rosas, en mayo; Veranillo de San Miguel, en septiembre. Después, en octubre, hay un recrudecimiento del tiempo, al que llaman cordonazo de San Francisco, para tener el último veranillo, el de San Francisco, antes de la llegada de los primeros fríos. Bueno, pues, se tienen satélites que predicen el tiempo con intervalos de diez minutos, e , incluso así se tienen errores. Claro, están desapareciendo las profesiones que están en contacto con la Naturaleza: pastores, vaqueros. Se está abandonado el medio rural y en la ciudad, la información se ofrece por la Televisión. Allí sentados, esperamos a que llueva, nieve o sople el viento. Otro tanto sucede con otras cuestiones. Tiene uno la impresión de encontrarse ante un pensamiento único. Las cifras de los libros que se han publicado en nuestro país el año pasado son significativas. Otro asunto diferente, es que se lea. El otro día me preguntaban unas compañeras a qué se vota ahora, porque han recibido las papeletas del censo electoral. El Problema es que lo pone. No se han parado a leerlo. No digo que no se lea. Lo que digo es: Quién lee. Cuánto se lee. Muy poco. Cuando se lee, por ejemplo un periódico, lo que se está haciendo es traducir lo que allí se dice. No se trata de ser un experto en Ciencias Sociales, en Ciencias Políticas. Hay personas, que su experiencia en la vida, su sentido común, sus vivencias, o su inteligencia natural, le convierten en alguien con muchas luces, capaces de no sólo de resolver situaciones, sino de saber lo que se está cociendo. Pero no se trata de eso, consiste en no estar en el rebaño sin más. No puede ser la meta de alguien, después de trabajar dignamente, sentarse con una cerveza a ver Televisión y en ella oír lo que nos cuentan. Estamos viviendo una época de recesión, de paro, de dificultades. Pues parece que no importa, porque sale uno diciendo que lo va a solucionar; otro, que con mantener las ayudas va a servir. El resto qué opina. Habrá que tener, al menos, conciencia de lo que está pasando. Llegan unas elecciones a Europa. Y allí, en esa nueva apuesta, se va a solucionar todo. Pero nadie pone sobre la mesa las soluciones que cada cual pueda aportar. Qué está pasando. Sucede como con el tiempo, que nadie se acuerda de nada. Cuando alguien enferma, va al médico y ese especialista, con su conocimiento, pone o intenta poner solución a su problema. El mundo, el mercado, no se ha inventado ahora. Por qué no se ponen en práctica los conocimientos adquiridos en cualquiera de las facultades de Economía, de Sociología, de Historia. Y, llegado el caso, si ninguno de los agentes sociales se pone a ello, habrá de ser el propio Gobierno quien lo haga. Sin embargo, tiene uno la impresión de estar viendo un drama, que al final va a tener solución. Porque quien más, quien menos, pensará: siempre escampó. A la postre, se tiene la impresión de estar viviendo una situación que, caso de llegar a extremos, nadie va a consentir que se llegue al caos. En esto diferencia a España del resto del mundo. Baste con darse una vuelta esta semana por la Feria de Abril. Este carácter nos salva, aunque no sepamos lo que pasó hace tres semanas. Somos diferentes. No, señor, somos especialistas.

Escribir

Sábado, 25 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

ESTA noche acudo a mi cita como lo hago siempre. Sin embargo, esta noche me gustaría hacerlo como lo hace quien vive de esto. Es una ensoñación. Mejor dicho, es una realidad, porque escritor es aquel que escribe. Una cosa es que lo haga para uno solo. Pero dejémosnos de chorradas. Qué nos importa a estas alturas. Claro que todo el mundo quisiera hacer lo que le gusta ,y, sobre todo, ganarse así la pitanza. Pero así son las cosas. Cuando uno comienza a escribir, no se fija en si lo hace mal o bien. Porque lo hace mal, claro. Pero si tiene la suerte de publicarlo en algún sitio, en seguida irá a enseñárselo a todos los conocidos. Después va pasando el tiempo, hasta que llega un momento que se va uno acostumbrando a seguir como el primer día. Pasa el tiempo y viendo que pasan los premios de lado, las buenas publicaciones, lo va uno dejando para emplear el tiempo en lo que hace de continuo. Imagino que esto le pasará a la mayoría de los mortales. Con la diferencia de quien hace otras cosas, al menos, le reportará algún beneficio. Sin embargo, el escritor, pierde o gana su tiempo según se mire. Porque para la mayoría este entretenimiento no deja de ser una tontería. Es un oficio que si no se tiene otro, ayuda, familiares o dinero, atrevimiento, osadía, suerte o puede que talento, no se va a ninguna parte. Y, sin embargo, a pesar de todas esas premisas que conozco, reconozco y sufro, aquí sigo poniendo estos pensamientos que pasan por mi cabeza en voz alta. También es cierto que a veces me asalta la idea de hacer lo que hacen todos: la partida con los amigos, el partido de fútbol de los domingos, el vermú, con el oportuno comentario de salvar la patria a base de envalentonamientos. Tiene uno la impresión de sentirse raro, extraño, solitario. Aun así, no he tirado nunca la toalla. Y a estas alturas, qué más da si a uno le tilden de chalado. Hago lo que me gusta. Sólo faltaría que no pudiera hacer lo que quiero hacer. Ha de ser así. Tiene uno mismo que convencerse. Esto es lo triste. Aunque en mi caso, no es triste, sino todo lo contrario. Es un alivio, una suerte de poder diferenciarme en algo. Si todos hiciéramos lo mismo. Aquí alguien podría argüir que lo normal es hacer lo que hacen muchos, porque si todos piensan con un mismo criterio, no deben de estar muy desencaminados. Entonces lo mío es una aberración, mirado desde ese punto de vista. Ya no escribo ni por buscar el éxito, ni el reconocimiento, ni por ganar dinero (porque no me lo pagan). Revistas que no pueden pagar a escritores afamados, se surten de escritores que lo hacen bien para llenar sus páginas. Tampoco importa, porque publicar sí es una meta de quien escribe. Por eso se hace. De cualquier forma, seguiré haciéndolo. Y si algún día no se puede, pues qué se le va a hacer. Escribí cuanto puede. Sí he de decir que creo en lo que hago, me convence y me satisface. Eso importa, me importa. Por tanto, pese a descalificaciones, a desdenes a soledades aquí hay que recordar lo que le dijo su maestro cuando empezó. Si no eres capaz de soportar todo lo que acabo de explicar, déjalo. Y aunque lo soportes, si ves que te has cansado, déjalo. Vive. Dedícate a los tuyos (ya lo hago). Más. Esta noche ha sido duro. No era todo de color de rosa. Vendrán días mejores. De momento nos hemos hecho con ello. Peliagudo, arduo, bronco.

Agua y nieve

Viernes, 24 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

PARA la cabra, agua, agua, agua, hasta que el rabo se le caiga. Para la oveja, nieve, nieve, hasta que el rabo se le pele. Quiere decir que cuando llueve, la cabra se queda parada porque no se moja. No es que no se moje, es que no se cala. En cambio a la oveja, no le afecta la nieve, por la lana. Como ven ayer nos tocó tertulia, porque hacía buena noche y no hubo necesidad de poner lumbre. Nos llegó la noticia de la entrega del Cervantes a Marsé. Y las polémicas que animan el cotarro. El ex presidente dice que sabe cómo arreglar lo de la crisis, pues que le pongan de ministro de economía o de asesor para que lo arregle, que es un problema peliagudo. Qué distintas son las perspectivas. Para una persona su crisis consiste en conseguir un cubo de agua potable. Para otra, comprar el traje de rebajas. Para otra comer todos los días. Para otra, respirar aire limpio. Cómo se lleva esto a la estadística. Recuerdo en una ocasión cómo estuvieron a punto de morir un centenar de peces, porque siguieron un riachuelo que no tenía retorno. No era otro el problema, pero su instinto los había llevado a esa. No se intenta comparar aquí el paro con el instinto de los peces. Lo que se intenta decir, es que todas las cosas de dinero, tienen solución. No la tienen las de la salud. Pues habrá que ponerse manos a la masa. No es nada tan sencillo ni tan complejo, pero si hay para unas cosas, ha de haber para las esenciales, sobre todo en momentos difíciles. Luego, cuando haya que responder con el patrimonio personal, como va a suceder en Alemania, por la mala gestión, se lo pensarán. No debiera ser tan complicado vivir. Eso es uno de nuestros grandes fracasos. Somos muchos y cada uno de una madre. La convivencia no es grata. Hay una química en el ser humano que hace que no funcione. Se puede envidiar a alguien simplemente por su actitud, su forma de estar; incluso teniendo mucho menos. La avaricia, el poder, la sensualidad llevan a comportamientos irracionales. Se hace daño de forma gratuita. Se desprecia lo que no se conoce. Y esto es así. Y no tienen visos de solución. No lo sé si cuando se llega a una edad, en la que la vida se ha quedado atrás, y el futuro es dar el salto en la nave que no ha de retornar, se tendrán pensamientos nobles, de arrepentimiento. Se dará uno cuenta de todas las tonterías que se ha hecho, las que no ha hecho, las que debería haber hecho, las que debería haber perdonado, solucionado. Porque todo el mundo tiene un pasado. Todo el mundo en un momento determinado se ha comportado de una forma indigna. Es cierto que, en momentos extremos todo o casi todo vale. Ante la necesidad no hay pecado. Aun así. Habrá siempre algún perjudicado. Será uno capaz, por orgullo, por convencimientos, por religión ,o simplemente por dignidad humana, reconocer que podía haberlo hecho mejor. Igual somos unos ingenuos ,y, estamos aquí mareando la perdiz como tantas otras veces. Y pasa como con la de cabra y lo de la oveja: Agua y nieve.

El pueblo

Miércoles, 22 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

ANOCHE, ya anochecido, porque las tareas de pan traer me obligan, hube de ir a cerrar a mis gallinas, como lo hago siempre por si la zorra acude. En el pueblo ya me conocen. Me he ingeniado –al modo de los mineros- un casco con una linterna plana, de petaca. Lo que me permite ir viendo por do camino y con las manos sueltas, bien para apoyarme en un bastón o para llevar algún cubo o agua en las manos. Estaba la noche estrellada, ya ofrecen los grillos su coro. Apoyado en una pared de una casa, levantada sin cemento, con más de un siglo de antigüedad, contemplaba las escasas luces del pueblo, las que iluminan la carretera ,y, a lo lejos, el pueblo vecino. Cuántos siglos se contemplan desde esta atalaya. Cuántos seres, cuántos animales habrán pasado por esta calle llena de rocas y zarzas, en busca de la comida y del descanso. Sólo hubiera hecho falta irse atrás en el tiempo. Salía humo de las chimeneas, porque aún las noches son frías y hay que calentarse. Alguna que otra vaca maullaba en el herrén que hay detrás del gallinero. Es todo paz, quietud, calma. Qué pasará dentro de cada casa en ese instante. El Bar está abierto, porque son las únicas voces que llegan hasta aquí. Debe de haber partido de fútbol, porque se distingue cuando marcan gol o cuando lo fallan. Tiene uno la sensación de estar observando sin ser visto. Y, a la vez, como si alguien, en otro nivel, estuviera haciendo lo mismo. Las calles están vacías. Si se pone uno a escuchar, aún se percibiría el rumor de los niños jugando en la plaza de la iglesia. El campanario, con una sola campana está iluminado. Y por su altura, se distingue del resto de las casas. En la cuadra de al lado hay un perro, que se llama Niebla. Aunque me ladra, ya me conoce y sus ladridos son más de saludos. Oigo desde aquí ladrar a los míos, que me huelen. Hay noches, que paso a saludarlos, pese a haberles sacado por la tarde. Depende de las temperaturas. Al fondo, si hay luna llena, se contemplan los huertos y el agua del arroyo brilla con frío de plata. Algún que otro gato pulula en busca de pájaro o ratón, cuando no culebra que se despiste. Ya me bajo para casa entre las centenarias casas construidas de piedras, sin cemento alguno que lo soporte. Cómo se harían. Cómo levantarían los dinteles. Una de ellas tiene una curva perfecta que ha aguantado el paso de los años sin inmutarse. Es una maravilla de construcción popular. Casas sencillas, con lo elemental para la vida: Comer, dormir y calentarse. Al fondo, en el centro de la casa, almacén para la leña; arriba, granero para el pienso de los animales. Abajo, la pieza principal, dormitorios y cocina, con la lumbre baja, los ganchos para colgar la matanza y calderos para calentar al agua. Detrás hay horno y gatera para que se metan las gallinas a calentarse en las duras jornadas de invierno. El candil y la luz del sol por el día, porque la vida se hacía entorno a él. Aseos no había, porque alrededor de la casa estaban los albañales. Así era la vida. Ahora se ha ganado en comodidades, en ventajas, natural. Pero el pueblo sigue siendo el mismo, con sus paisajes, sus pedregales, sus fuentes, sus abrevaderos y sus gentes. El nieto recuerda en los gestos y en los modos al abuelo desaparecido. Ya en casa, está uno en otro siglo con la televisión encendida, excepto en casa de Emilio que no la tiene, pero se pasa el día rumiando sus pensamientos.

Mañana más

Lunes, 20 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

LLEVO unos días regresando. Cuando no es a la infancia, es a la patria chica, cuando no al corazón. No sé que estaré barruntando. Quizá sea todo más sencillo, más simple, más común. Hay momentos en la vida, o días, en los que uno tiene necesidad de estar consigo mismo. Otras veces, apetece compartir, salir, ver. Llevo una temporada enfrascado en mis escritos, pendiente de mis cosas, de las cosas de los míos. Porque lo cierto de esto que nos toca vivir, es que se pasa rápido ,y, si se puede hay que cumplir los sueños, o intentarlos. Ahora estoy, además de mis labores propias del campo, en publicaciones, en concursos, en trabajos solicitados. Y me tiene el asunto ocupado. Además hay que sacar tiempo para continuar leyendo lo no leído, que es tanto. También llega la primavera, la luz con su milagro y todas esas cosas trastornan de alguna forma. Hay noches cuando me siento a escribir y Trufi, la gata, me acompaña, uno quisiera escribir la mejor de las páginas. Pero no sé por qué, viene a ser un más. Una página anodina, sosa y sin mayor trascendencia. No todos los días está uno atemperado. Aunque esto es muy extraño, porque lo que uno piensa que es gris, resulta que para otro tiene todos los colores del arco iris. Y al revés. No se sabe cuál es la justa medida. Sobre todo si se compara con una de esas páginas de un autor que vale por todo un libro. A un servidor le ha pasado leyendo o releyendo a Juan Rulfo. He tenido una sensación de estar viendo un paisaje en sepia, sin brillo, sin luz, sin sonido, sin ruido. En todo caso, el de la presencia del viento. Y vaya usted a saber cuál era la intención del autor cuando se sentó a escribir su obra. También me impresionó Corpus Barga. Otro grato recuerdo fueron los cuentos de Aldecoa. De alguna manera me llevó a la esencia de lo nuestro. Con Manuel Andujar me adentré con su lenguaje barroco en los recovecos de La Mancha, en una época difícil, intolerante. Lo de Cortázar es un mundo aparte, al igual que sucede con Echenique, o con Nélida Piñón. “El escribidor y la Tía Julia” es una obra que en la adolescencia fascina, después también, claro. Como tantas y tantas (Miró, Unamuno, Saramago, Ortega, Azorín, Platón, Homero, Quevedo, Goytisolo, Cervantes…) Nos ha salido así. Una vez más nos dejamos llegar hasta encontrarnos en esta situación. Si fuéramos pasteleros, cirujanos o carpinteros seríamos un desastre. Porque cómo le dice usted al paciente que le ha operado el riñón en lugar de la pierna, porque la ha venido al magín las complicaciones del exceso del alcohol. O en lugar de salir por la puerta, que salgan por la ventana, que tiene más emoción y más riesgo. Y ya puestos, que le prepare el pastelero unas ensaimadas, en lugar de una tarta de cumpleaños. Tendrán ustedes que disculpar. Con eso de estar de vuelta, andamos un poco a nuestro aire. Se ve que a la gata no le ha disgustado. Y, ojo, que es una buena crítica. Que si la cosa no la convence, de allí no la saca nadie. Como si me dijera. Pero, hombre, vas a dejar eso así. A ver si puedes hacer algo. Llegarán otros días y haremos algo nuevo, o algo viejo, o no haremos nada. Volveremos o nos iremos para no volver jamás. Pero eso lo dejaremos para lo último. Mejor.

Las cosquillas de marzo

Domingo, 19 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

NOS hemos estado preguntando por qué está haciendo tan mal tiempo a mediados de abril. Y se nos había olvidado que no habíamos tenido las cosquillas de marzo. Que tienen mala baba. Graniza, sale el sol, llueve, se nubla, nieva, hace viento y cae cellisca. Y así durante todo el día. Cuando uno se piensa que se va a librar porque hace sol, le cae el chaparrón. Y vuelta a empezar. Ya dicen quienes tienen su vida vinculada a la Naturaleza: Lo que ha de hacer no se queda en la atmósfera, antes o después cae. Y así es, aunque nos pese. Marzo siempre fue un mes reviricho. Un servidor que siempre ha padecido de los ojos, en este mes se me han llenado de arena, por el puñetero viento. Madre siempre me metía un botón de nácar en los ojos y me los limpiaba. No había mejor colirio. Hoy me vuelvo a los lejísimos años de mi infancia. Días despreocupados, bajo la seguridad de unos padres protectores. Donde se iba uno a la cama cansado del juego. Días atrás hablaba de mi barrio. Hoy vuelvo a él con añoranza. Unas de las diversiones más atractivas (no dejaba de ser un temeridad) consistía en bajarnos al Zaburdón –el basurero municipal- y allí, con toda la clase de cachivaches que rodasen o se desplazasen, armar un vehículo, en el que nos tirábamos cuesta abajo, cerca de la casa de Garcés (una vaquería) hasta estrellar nuestros huesos contra los zarzales, antesala de la calle Miralmonte, cuando no, contra el puente o contra la vaquería de Mayoral. Tras un golpe impresionante, si no desarmaba el artilugio en medio de la pendiente, salía uno ileso. A lo sumo una rozadura, una cortadura de nada o los pinchos del zarzal incrustados en el cuerpo. Ahora que uno lo piensa fríamente. Una de dos: o éramos de goma o un ángel nos custodiaba. Si no era imposible que no acabásemos con un hueso roto, cuando no la cabeza. Otra ocurrencia, entre otras disparatadas, consistía en subir la pendiente de la calle Juan de Toledo, camino del colegio, enganchados a la parte de atrás de un camión, el del Salao, hasta que ya tomaba velocidad cerca del Colegio de las Concepcionistas. Una fila de chavales agarrados de la mano haciendo una cadena de irresponsabilidad. Alguno de los últimos acabaría en la cuneta, sin daño alguno ante las risas cómplices del resto. Y el ángel, detrás, el último de la cadena, procurando que nadie sufriera daño alguno. Y así, barrabasadas que pondrían los pelos de punta a cualquiera. En el colegio (algún día hablaremos de él), quienes estábamos ya en la quinta clase –la de don Félix, el director- cumplíamos el último ciclo. De ahí los más aplicados se colocarían en bancos, notarías, oficinas, registros… Había un muchacho, que había tenido una parálisis que le impedía tener la agilidad de ardilla del resto de los niños. Además, sin ser tartamudo, no tenía facilidad para hablar bien. Entre unos cuantos, aprovechando el descuido del profesor para preparar la clase, le echaban por la ventana al patio de recreo. Había de volver el hombre a llamar a la puerta. El director, que no había pasado lista, pensaba que llegaba tarde. Y no se libraba de su temida férula. Un día se pudo vengar de todos. ¡Pobrecillo! Qué crueles somos a una edad y qué inconscientes. Eran las cosquillas de marzo.

Sutilezas

Sábado, 18 de Abril de 2009

José Ruiz Guirado

ME la ha jugado el cabrito. Quiero decir que me despisté y en lugar de dar a guardar, di a borrar ,y, artículo casi acabado se me fue al garete. Ya me pasó otra vez este verano. Qué le vamos a hacer. Son las cosas del directo. Si es que a un servidor siempre le ha gustado la máquina de escribir. Que queda siempre ahí. Entiendo, que pese a mis gustos arcaicos, esto es mejor. Porque, salvo lapsus como éste, puede uno volver, corregir. Y después, el milagro de pulsar el botón de Intro y ya está en el mundo. Estábamos hablando de “La Tribu”. Concretamente, lo sutil del señor Sardá. Oiga, que se puede ser un profesional sagaz, atrevido, pero no soez. Una cosa es Cela o Umbral, que les avala El Cervantes, y es como si tuvieran bula. Además llegado el caso te puede soltar, con toda la razón: Oiga, que tiene uno escrito diccionario del tema y lo uso porque me da la gana. Si le espeta a la ex ministra: “No me sale de la polla”, igual con su gracejo le manda a freír espárragos sin inmutarse. Porque se la ve curtida en muchas batallas. Que lo cortés no quita lo valiente. Hay cosas de tabernas. Allí aunque se suelte, no dejarán de ser taberniles. Pero vaya usted a saber, si todo esto forma parte del espectáculo, que será lo más probable, y estamos aquí nosotros enmendado la plana a nadie. Que nos da igual. Nadie vaya a pensarse que nos estamos escandalizando a estas alturas. Si suele ser la norma. El taco o el insulto empleado a tiempo, la da agilidad a la conversación, incluso categoría, porque si no pudiera convertirse en cursi. Cuando se me ha borrado lo escrito, no vayan a creer ustedes que me he mordido la lengua. Le he dicho al ordenador de todo. Claro, que él habrá pensado –porque los ordenadores piensan-, este tío es gilipollas –con perdón-, ha sido él quien lo ha borrado y me echa a mí la culpa. Lleva razón. Aquí el único que ha estado tontunas ha sido un servidor. Y no habrá dos sin tres. Se emociona uno, se mete en el meollo y cuando se quiere dar cuenta, se le ha ido el santo al cielo –en este caso la pinza-. Es lo que tiene cuando uno le coge el tranganillo a la cosa. Que hay días que va todo cuesta a bajo y todos los santos ayudan. Pero el día que son todos cuestarrones, ni con santos ni sin ellos. Y aún así nos metemos en estos berenjenales. Que uno decide liarse la manta a la cabeza. A nosotros ni nos va ni nos viene. Quien quiera montar un circo, pues que lo monte. Otros montan corrales, guerras, apariciones, broncas, verbenas, tinglados o mismamente esperpentos y todos tienen cabida. Esto lo que tiene esta época: La tolerancia. Mañana más.