Asofaifas, aceloras y piononos
Lunes, 28 de Septiembre de 2009José Ruiz Guirado
LO bueno de viajar es la oportunidad de conocer. Siempre lo he mantenido. Hacía algún tiempo que no cruzaba la Mancha en el otoño. Se está vendimiando y da gusto ver los tractores llenos de uva camino de la tolva. El campesino se sienta a almorzar en el descanso debajo de las parras que penden de los casillos donde guardan aperos. Deja uno la Mancha de vides, cruza Despeñaperros y tras dejar Santa Elena, los olivos dibujan el paisaje. Alguien dirá : nada nuevo. Así, tantos siglos de vino y aceitunas no trae nada mejor que decir. Sin embargo, siempre hay algo que sorprende, aunque sea centenario, añejo o rutinario. Dejamos Jaén a la derecha, cobijado bajo ciclópeos riscos y el río que da su nombre camino de Granada (cualquier granadino ya me hubiera rectificado: “Graná”. Un servidor ha de ceñirse al rigor gramatical), donde los olivos trepan hasta alturas vertiginosas. Obligada subida al Albaicín, desde donde la ciudad descubre los antiguos minaretes trastocados en templos cristianos. Los antiguos aljibes, ahora secos, o las antiguas cuevas, donde el habitante ya no es el de antaño. La Alhambra solemne, enhiesta, moruna pese a Carlos V. Y si tiene uno la suerte de coincidir con la festividad de la patrona; Nuestra Sra. de las Angustias, amén del fervor religioso que despierte, podrá llevarse uno asofaifas, aceloras y piononos (aunque estos últimos durante todo el año). En los miradores los visitantes esperan a que el sol se ponga para asombrarse con su puesta. En la ciudad se topa uno con las barbaridades arquitectónicas, donde se ha mezclado estilos, cuando no se ha tapado un puente, un edificio milenario con un bloque de cemento, que viene a agravarse con las decisiones de los políticos de turno. Yo construyo, yo derribo. En la catedral, los pobres de solemnidad a la puerta, las gitanas con el ramito de romero para abordar al turista, los puestos con recuerdos árabes. Dentro, las tumbas de mármol de Isabel y Fernando, doña Juana y don Felipe; sus coronas, sus pendones, sus espadas y sus pesados termos. La Historia de España allí remansada entre huesos y recuerdos de un tiempo pasado. En el casco viejo los bares donde la tapa acompaña a la vermú, al vino o a la cerveza. Ésta última hecha en la ciudad con agua de la sierra, que la habíamos dejado de lado. Pero allí están rozando las nubes, con sus colores grecotintas esperando las primeras nieves para cubrirse de ampo. El granadino alegre, jocoso, ocurrente. Se habla de los restos de Lorca, de los Cármenes, habitado por quien puede ,y, de la puesta en escena de la televisión local, con la retrasmisión de la procesión de la patrona. La lluvia anunciada escasa. También los hay de “malafollá”, de sombra negra, como en todas partes. Y japoneses, con máquina en ristre tomando nota fotográfica de cualquier detalle. Da gusto ver los tejados de la ciudad, los patios, las chumberas, las palmeras, los olivos desde el Albaicín, a la dudosa luz del día. Granada es una ciudad que (voy a utilizar una palabra que allí oí y vi escrita, pero no usada como despectivo, sino todo lo contrario, en el sentido de empapar, llenar, curbrir todo) “empringa”.