Alguna nota pictórica en Los Escoriales
Domingo, 29 de Noviembre de 2009José Ruiz Guirado
PARECE que la cosa pinta bien. Llegaron lluvias y nieves de la mano. No se va a quedar San Andrés sin mojarse los pies. Hechas estas salvedades oportunas, vayamos a lo nuestro. Que tampoco sabemos bien qué es, pero mientras avanzamos, escribiendo líneas, no vamos mal. Ayer nos quedamos en Los Escoriales, dándonos un paseo por la creación literaria. Poco, muy poco se puede hacer en cuarenta líneas. Atrás quedaron Manuel Fernández y González, Soledad Téllez, Felipe Mathé, Víctor María de Sola, Xavier Cabello Lapiedra, Luis de Diego… Pero como éste no era un trabajo exhaustivo, ni mucho menos; también se puede consultar el de José María Torrijos (“El Escorial en la literatura española”), que sí tiene esas pretensiones. Otro itinerario interesante sería el de la música, el de la escultura o el de la pintura. Así, a vuela pluma, se me viene a la memoria la figura universal de Manuel Viola, la de Eugenio Cristóbal, la de Guillermo Delgado, las incursiones de Manolo Calvo, Pardito, Carmelo Juanis, Manolo Dimas, la desaparecida Patricia Gadea, Juan Ugalde, el desaparecido Juan Sandoval, que con Mesa y Sergio del Castillo, entre otros, protagonizaron la presencia de los exiliados chilenos. Corialguez, Félix Bernardino y Cotillo, el desaparecido Tomás Artolazábal, José María, un gaditano que interpretó el flamenco en la pintura de manera impresionante. Abascal, Alfredo del Moral (imperdonable el estado de sus frescos en la Casino), Pedro de Castro (aquellas tierras tan sugerentes) y tantos que olvido. Es cierto que El Escorial no ha ocupado un lugar preeminente en la literatura; pero en el arte, sí. Recuerdo un cuadro impresionante de Solana. Quizá Paco Garcimartín (que ya dejó unos apuntes interesantes sobre El Greco en El Escorial), podría ofrecernos una interesante aportación. Nos hemos adentrado por esta trocha por si se pudiera hacer camino. Ya se sabe que un grano no hace granero, pero… Para esto ha dado esta feliz ocasión. De vez en cuando hay que quedarse en casa, en la que también hay bastante que ver, que hacer. La obra herreriana eclipsa lo que hay alrededor. Y ante esta solemnidad hay que tener mucho cuidado de decir tonterías, porque se produce eco. Acabadas estas líneas mira uno hacia las cumbres escurialenses y ya blanquean. Se ha retirado la nieve y el ampo ya lo domina todo. Tenemos aquí al invierno, al vecino habitual por estas calendas y por estos pagos. Habremos de acostumbrarnos a él, porque nos hará compañía hasta la primavera. No recuerdo su nombre -lástima- ( se me ha venido a la memoria por lo de la nieve). Era un pintor, un hombre bajito, chepudo, menudo, cenceño. Todas las primaveras y todos los otoños se instalaba en el Hotel Miranda Suizo. Tenía una furgoneta blanca. Cargaba en ella óleos, pinceles y lienzos para plasmar sobre ellos, almendros blancos primaverales y estampas otoñales, de la Calleja Larga.