Archivo de Noviembre de 2009

Alguna nota pictórica en Los Escoriales

Domingo, 29 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

PARECE que la cosa pinta bien. Llegaron lluvias y nieves de la mano. No se va a quedar San Andrés sin mojarse los pies. Hechas estas salvedades oportunas, vayamos a lo nuestro. Que tampoco sabemos bien qué es, pero mientras avanzamos, escribiendo líneas, no vamos mal. Ayer nos quedamos en Los Escoriales, dándonos un paseo por la creación literaria. Poco, muy poco se puede hacer en cuarenta líneas. Atrás quedaron Manuel Fernández y González, Soledad Téllez, Felipe Mathé, Víctor María de Sola, Xavier Cabello Lapiedra, Luis de Diego… Pero como éste no era un trabajo exhaustivo, ni mucho menos; también se puede consultar el de José María Torrijos (“El Escorial en la literatura española”), que sí tiene esas pretensiones. Otro itinerario interesante sería el de la música, el de la escultura o el de la pintura. Así, a vuela pluma, se me viene a la memoria la figura universal de Manuel Viola, la de Eugenio Cristóbal, la de Guillermo Delgado, las incursiones de Manolo Calvo, Pardito, Carmelo Juanis, Manolo Dimas, la desaparecida Patricia Gadea, Juan Ugalde, el desaparecido Juan Sandoval, que con Mesa y Sergio del Castillo, entre otros, protagonizaron la presencia de los exiliados chilenos. Corialguez, Félix Bernardino y Cotillo, el desaparecido Tomás Artolazábal, José María, un gaditano que interpretó el flamenco en la pintura de manera impresionante. Abascal, Alfredo del Moral (imperdonable el estado de sus frescos en la Casino), Pedro de Castro (aquellas tierras tan sugerentes) y tantos que olvido. Es cierto que El Escorial no ha ocupado un lugar preeminente en la literatura; pero en el arte, sí. Recuerdo un cuadro impresionante de Solana. Quizá Paco Garcimartín (que ya dejó unos apuntes interesantes sobre El Greco en El Escorial), podría ofrecernos una interesante aportación. Nos hemos adentrado por esta trocha por si se pudiera hacer camino. Ya se sabe que un grano no hace granero, pero… Para esto ha dado esta feliz ocasión. De vez en cuando hay que quedarse en casa, en la que también hay bastante que ver, que hacer. La obra herreriana eclipsa lo que hay alrededor. Y ante esta solemnidad hay que tener mucho cuidado de decir tonterías, porque se produce eco. Acabadas estas líneas mira uno hacia las cumbres escurialenses y ya blanquean. Se ha retirado la nieve y el ampo ya lo domina todo. Tenemos aquí al invierno, al vecino habitual por estas calendas y por estos pagos. Habremos de acostumbrarnos a él, porque nos hará compañía hasta la primavera. No recuerdo su nombre -lástima- ( se me ha venido a la memoria por lo de la nieve). Era un pintor, un hombre bajito, chepudo, menudo, cenceño. Todas las primaveras y todos los otoños se instalaba en el Hotel Miranda Suizo. Tenía una furgoneta blanca. Cargaba en ella óleos, pinceles y lienzos para plasmar sobre ellos, almendros blancos primaverales y estampas otoñales, de la Calleja Larga.

Cuando El Escorial olía a Españas

Sábado, 28 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

ES sabido que, cuando se habla de El Escorial, se hace del pueblo de abajo, frente a San Lorenzo, que es el de arriba. El propio Manuel Azaña, en su novela “El jardín de los frailes”, que tiene como telón de fondo su estancia en el colegio agustino, ya lo señala. Sin embargo, el topónimo “Escorial”, sí es conocido allende las fronteras y los océanos, y, es la causa por la que tengo por costumbre utilizarlo. El título de este escrito lo he tomado, de la obra “Cuando El Escorial olía a chocolate”, del insigne profesor y amigo, Gregorio Sánchez Meco, cronista de El Escorial y erudito investigador de las vicisitudes de este alfoz. Aclarado este punto para que mis convecinos no me tilden de apátrida, vayamos a lo nuestro. Sería interesante hacer un viaje literario por San Lorenzo, quizá comenzando por la carretera de Robledo de Chavela, -Villa Consolación-, residencia de los Quintero. O bajar Floridablanca, para encontrarse con la placa que recuerda la estancia de Ortega y Gasset, o contemplar la estatua de Crispín, en recuerdo de Jacinto Benavente, en la plaza que lleva su nombre y como recuerdo a la representación en el Coliseo Carlos III de “Los intereses creados”. Si bajamos la calle de Grimaldi nos encontramos con la antesala del Monasterio- la Lonja- y en la esquina de la torre del Colegio –Alfonso XII-, recordamos a Azaña, del que ya dimos cuenta y a Ridruejo, al compañero de universidad, José María Alonso Gamo, con su poemario “Rincón”. En la piedra que allí permanece se sentaría Santa Teresa de Ávila para que la brisa serrana le devolviera el aliento. No era bien recibida por el Padre Sigüenza, quien nos dejó en galana prosa los recuerdos y avatares de la fundación de la Obra. Ilustres agustinos nos han dejado con su paciencia monacal –José Quevedo, Gabriel del Estal, los hermanos Uña (Agustín y Octavio), Padre Soler, José Sierra (aunque en la parcela de la música) y un largo etcétera- reputadas obras en prosa y verso. Obviamente, es de necesaria consulta la obra escurialense de Saturnino Álvarez Turienzo. Por estas mismas Lonjas el poeta Angel García López se vencía con el rey que erigió la Fábrica. Otro ilustre poeta, José María Suárez Campos, no dejaba noticia de sus muros. Al igual que Javier Campos o Luis Hernández. Paseaba Ramón de Garciasol por el Jardín de los frailes, con su “Recado del Escorial”, y lo hacía también Juan José Cuadros, -caminero- por las calles del pueblo, mientras las tórtolas se arrullaban en los magnolios. Don Federico Carlos Sainz de Robles dejó testimonio de su acervo humanista. Gabriel Sabau, no trajo en crónica escrita su vivencia escurialense. No olvidemos a Vivanco, que el contemplar este paisaje le ahítaba de tanta piedra dura. O al poeta Fernández-Shaw, a quien se recuerda en cumplido busto para quien paseo bajo los castaños de indias camino del Barrio de Abantos. A Ramón Nieto se le ve a gusto presidiendo el jurado del Premio de Poesía Cafetín Croché, que lleva ya un cuarto de siglo a sus espaldas. Juan Losada, sigue con su recuerdos de otra época a cuestas. Y Manuel Andújar que trajo a San Lorenzo las tertulias decimonónicas y su bagaje por Las Españas. Además de José Luis Abellán, que habla de un Escorial orteguiano. Fernando Borlán, que fue profresor del instituto Juan de Herrera, nos dejó un acertado poemario ,”Por la noche y en medio de la calle”. Incluso quien suscribe se atrevió con una “Cantata escurialense”.

Paco,tarde o temprano, llega con las rebajas

Viernes, 27 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

OTRA vez mi conciencia. Se rebela cuando surgen las injusticias. No lo puedo evitar. Se debería pagar con la misma moneda: por detrás, por la espalda, cuando más duele. Pero para mi desgracia o suerte, una de las reglas que se implantaron en mi casa, era la de: “Lo que no puedas decir en la plaza, no lo digas aquí.” Claro, cuando te enteras que alguien (un hijo de puta, con perdón. Porque, éste es quien hace daño sin compensación económica, para diferenciarle del cabrón, que sí lo hace por dinero) ha vertido acusaciones graves, muy graves contra una persona, sin más fundamento que el capricho de la difamación, la injuria gratuita. Alguien pensará a renglón seguido: “Denúncielo usted.” Ese es problema: es peor el remedio que la enfermedad. Contra quien van dirigidas las diatribas no lo sabe, porque todo se ha llevado y solucionado bajo cuerda. Levantar la liebre, incluso sería perjudicarle. En caso de ir a denunciar o a pedir responsabilidades, se iba a encontrar con un fantasma. “¿De qué me está usted hablando?” Pero el mal está hecho; la duda sembrada. Claro que estas cosas, a la larga, revierten sobre quien las profiere. Y, cada uno con su credo; pero hay una justicia, o una simple ley física que actúa contra lo patológico por natural defensa del cuerpo sano. O sea, en cristiano: “Quien a hierro mata, a hierro muere.” El problema, es que cuando llega Paco con la rebaja esas cosas se han olvidado (la venganza se sirve en plato frío) y a quien le toca pagar las deudas, se pregunta ofendido:”Qué he hecho yo para merecer esto.” Y ahí acude la conciencia y enciende el despertador de los recuerdos. “Fulanito de Tal, Fulanita de Tal…” “Pero eso fue hace mucho tiempo.” “Efectivamente, el mismo que te ha tocado a ti pagarlo.” Yo puedo ser un ingenio; pero en esto creo a pies juntillas. El problema, es que el daño producido es irreversible, las consecuencias, incluso trágicas. Aun así, por muy tarde que sea, hay que rascarse el bolsillo. No se entiende bien, a qué obedecen estas conductas. Uno sospecha que quien así se conduce, ha de tener alguna tara, problemas de personalidad, frustraciones insalvables, complejos insuperables. Porque, una cosa es la defensa propia, luchar por lo que es de uno; y, otra bien diferente, es la disposición de hacer daño a alguien sin motivo alguno, por envidia, porque le cae mal, porque ese día se ha levantado con el pie izquierdo; en definitiva, por maldad intrínseca. Porque no deja de ser una desgracia. Una persona así no puede ser feliz, no puede vivir en paz, no puede tener sosiego ni con los suyos. Ha de vivir con temor, con sobresaltos. Aunque se muestre fría, indiferente, altiva; ha de notar el ambiente que se respira a su alrededor, porque esas cosas no se pueden evitar: su sola presencia irradia rabia, odio. Todos tenemos nuestro corazón, y aunque luzcamos soberbios, altivos, petulantes hay momentos en los que se necesita al otro, a alguien. Y ahí es donde se vuelve a poner la conciencia sobre el hombro, al lado de la oreja y le dice con mucha sorna: “Qué te esperabas. Qué has sembrado. Ahí tienes la cosecha – un puñado de indiferencias-, recógela. Claro que, todo esto es la teoría, es mi teoría: el odio engendra odio y el rencor, engendra rencor. Vivimos en un medio tan pequeño, que es un pañuelo. Las cosas se saben. Es muy triste que te reconozcan, te señalen y se tenga que estar escondido. Detalles tan nimios como que le retiren el saludo, escuece, aunque se vaya de persona mármol, porque la sangre es caliente, aunque no se quiera. Y las emociones, inevitables. Prefiere uno ser el tonto que obedece a su conciencia. Se vive en paz, aunque no se tenga casi nada o no se necesite casi nada. Se respira mejor y se duerme a pierna suelta.

Con los deberes hechos

Miércoles, 25 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

AQUÍ seguimos sin pena ni gloria. El otro día comprobamos que el tiempo pasó sobre Miguel Delibes. Nos ha regalado deliciosas páginas. Se me viene una a la memoria: la sensación que se siente cuando un pez cae en el anzuelo, por ejemplo. Irrepetible. O aquellas historias de “Castilla la Vieja”; impresionantes. A Ferlosio le han concedido el Nacional de las Letras. Le chafaron un artículo que estaba escribiendo cuando se lo comunicaron. Nos ha dejado también páginas inolvidables y controversias. Como decía el otro día un lector de estas páginas: En las letras se ven volar los cuchillos de la envidia. Y es cierto. Hay quien necesita mendigar fama y está dispuesto a lo que sea para ello. No es, ninguno de los citados de esa condición. ¿El tema de los premios? Se deberían de dar cuando uno comienza (y ya ha demostrado quien es), que es cuando hace falta y no se tiene un duro. Está al caer San Andrés y, de nieve en los pies, ni rastro. Nos estamos quedando sin agua. El problema, es si vienen antes los hielos. Aquí quien no se conforma es porque no quiere. Ya lo ven: empezamos por la literatura y seguimos con el tiempo, que también es literatura parda, de alguna manera u otra. Hoy sería buen día de traer aquellas palabras que les prometí. Pero no va a poder ser, porque me las he dejado en casa. No es una broma, ni tampoco lo es que lleguen a tomar corporeidad –sería excelente-, sino que no estoy escribiendo este artículo donde siempre. Han perdido el autobús mis hijas y significa que me toca esperar una hora más. Entonces, para no estar mirando a las musarañas tanto tiempo, estoy escribiendo en su ordenador portátil que tengo en el coche. Me he puesto música clásica en la radio, y debajo de esta farola donde estoy aparcado, le estoy dando a la imaginación. Es un gustazo. Pensar que aquí, en la calle, cuando acabe, le doy al “Intro” y a navegar. Creo que fue Cortázar quien escribió las impresiones que le produjeron dar vueltas por una autopista ¿quizá alemanas? Como fuera. Hay una pareja que todas las noches salen a pasear a la misma hora. Y un indigente, extranjero, que todas las noches toma el autobús hacia Madrid. Siempre va cargado de bolsas. Algunas las esconde entre los arbustos que hay junto a la parada. Viene a pedirme limosna, porque ya me conoce. Cuando llevo le doy, y cuando no, me desea igual una buena noche. También reconozco a quienes bajan del autobús a la misma hora. Estudiantes y trabajadores. Una señora saca al perro y lleva un guante de plástico con el que recoge la canina –que así se llaman los excrementos del perro- y la tira a la papelera. Dos o tres muchachos suben jugando con un balón y vestidos con ropa deportiva. Se conoce que vienen de entrenar. Una pareja se comen a besos mientras esperan el autobús. Pero como está allí el indigente, se esconden hacia donde las farolas no alumbran. Por la carretera, algunos coches pasan a toda velocidad. Las aceras están llenas de hojas que caen de los plátanos: el plátano de sombra o de paseo español. Se ha pasado el tiempo volando. Esta noche que subiré tarde, ya tengo hecho el trabajo. Lo siento por la gata, que se va a quedar sorprendida cuando no me siente a ello. Seguro que dirá en su lenguaje gatoril: “ Qué mosca le ha picado a éste esta noche”. No obstante, para que no se me quede todo la noche ronroneando, se lo enseñaré. “Ah, pillo. Has hecho hoy los deberes en clase”. Pues eso.

Dime que lo que presumes…

Martes, 24 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

TENGO un lector –entre tantos otros-, que está siempre al pie del cañón. Aconseja, opina, ilustra. En definitiva, nos obsequia con su generosa amistad. Esto es un placer para quien cada noche acude a su cita, con el deseo de transmitir, comunicar. Ahora no me queda más remedio que escribir en el ordenador, por el puñetero tiempo que nos aherroja y, siempre que la gata no diga lo contrario. Además, este amigo como es un lector incorregible, no le puede uno meter gato por liebre. Eso colaría con quien ha leído calderilla y presume de lo contrario. Enseguida se nota, porque lo primero que te sueltan, es que tienen una librería con dos mil libros, que ya son libros. Entonces hay que hacerles una pregunta fácil. “Qué la parece Miró”. “No entiendo su pintura”. “No si merecería al escritor alicantino”. “Es que a los escritores modernos, no les sigo”. No le va a decir uno a una persona tan preparada que murió en 1930. Si tuviera más tiempo lo haría a mano, como lo hacía mi maestro. Pero es imposible. Y es una pena, porque hasta ahora, he llenado de apuntes, notas, tonterías o lo que sea todas las agendas que me han ido regalando. Decía que este amigo está al cabo de la calle. No hay más que leer los comentarios que me deja escritos. El problema que hay, es que no se lee. Y se nota quien lo hace, y especialmente, quien lo hace más. Esto se podría comparar con una carrera de fondo. Según cuántos kilómetros se entrenen todos los días, así se va dejando rivales en el camino. Pero, donde no hay lugar a dudas, es en la petulancia. (Dime de qué presumes…) He conocido a hombres de cultura, sencillos, humildes, desinteresados. Y sabían, y han leído por todos. Sin embargo, jamás se jactan: “Grave sin presunción”, que aleccionaba Cervantes. Alguien va a pensar que nos estamos metiendo en un callejón y que vamos a acabar en: “En el país de los ciegos…” No, tampoco queríamos llegar ahí. Me parece que nos estamos liando. Decíamos que este amigo ilustrado, se toma la molestia de leer lo que aquí se dice –que ya es un honor-. Y uno tiene la obligación de corresponderlo. De sacarle punta a lo que puede o sabe. Aquí estamos cada noche en ello. Ésta, que no es muy diferente a las demás, excepto en el frío, nos hemos puesto manos a la masa, ya que mi aventajado lector está padeciendo las diferentes gripes del abecedario para que no le falte tema –ni a él, ni a los demás-. Esto de escribir, tiene sus compensaciones. No todo ha de ser rumiar en soledad. Cuando uno descubre que al otro lado hay alguien que recibe el mensaje, merece la pena seguir otra noche más. (Si no lo hubiera, también.) Pero es más importante el nosotros que el tú. Que no se acierta; disculpas. Se intenta. Se pone todo el empeño. Y quien da todo lo que tiene, no está obligado a más.

El fin del mundo

Lunes, 23 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

ESTAMOS esperando como agua en mayo, precisamente eso, agua y frío. Porque no vivimos en un país tropical. El calor de estos días está provocando que insectos y plantas se confundan. Hasta el punto que, alergias, que se tenían dar en marzo, se están produciendo ahora. Algo está cambiando, algo estamos cambiando. No se va a acabar el mundo mañana (para cada cual, se acaba el día menos pensado; mejor dicho, su vida, aunque el mundo siga girando). Aunque sí es cierto, que de una manera u otra, estamos precipitando su agotamiento. De momento, no hay recambio. No hay un sistema que pueda reemplazar al actual. Porque, nos guste o no, se trata de un problema económico. Y mientras esto sea así: no hay solución. Evidentemente desde los gobiernos se podían proponer medidas. Pero en la realidad, se tiene las manos atadas y las bocas tapadas. Esto es la pescadilla que se come la cola. Se podía hacer más. Podíamos ser más conscientes de lo que vamos a dejar a quienes nos sucedan. Haría falta una revolución total para que esto cambiara. Lo que supondría un cataclismo. Esto sí sería una de esas películas apocalípticas. Cómo se desmonta todo en entramado social, económico sin que las consecuencias no sean un enfrentamiento tribal para subsistir con lo que quede. Seguiremos esquilmando el planeta hasta que se agote. Y cuando esto suceda –ya se está investigando-, habremos de sacar los productos de otros lugares. Entretanto, la Tierra se defenderá como sabe. Pensamos que este problema no nos incumbe a cada uno de nosotros. Creemos que es un asunto global, de las grandes potencias. Pero en nuestra pequeña aportación, vamos al campo dejamos allí la bolsa, el bote y la botella. Pero esto no contamina, porque lo hemos dejado unos particulares. Si se comparar con lo que arrojan los vehículos en cualquier ciudad del mundo, es una broma. Claro que sí. Igual esa contaminación se evitaba si se utilizaran más transportes públicos. Habrá quien diga, con razón; levántese usted todos los días a las cinco de la mañana para coger al autobús, que me deja en el Metro, y desde allí otro autobús. Con mi coche, me levanto a las siete y tardo una hora. Pues como lleva razón. Recuerdo las luchas que hubo por desmantelar la fábrica de celulosas en la Ría de Marín. Cada año se organizaba una marcha para llevarse de la Ría una empresa contaminante. Pero a la hora de la verdad, está dando de comer a muchas familias que viven allí, aunque sus consecuencias de salubridad sean funestas a la larga, y éstas no tienen otro medio para vivir. Ahí están los cementerios nucleares. Para unos es una ruina para la salud, para otros, la salvación, la prosperidad. Y estos ejemplos se podrían extrapolar a cualquier país, a cualquier actividad. Claro está que si no se empiezan a dar pasos, no se llega a ninguna parte. Algún día, muy lejano. De momento, para el fin del mundo, la fecha más cercana es el 2012. Lo fue antes el 2000. Tiene una la impresión que la Tierra tiene cuerda para rato. Pero, algún día no se la podrá ordeñar más.

Mejor, cuanto más grande la mentira

Viernes, 20 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

ESTO se acaba como empezó: con dificultades. Ya lo decíamos, lo de los piratas y lo de Fago son asuntos turbios, el segundo; y lleno de interrogantes, el primero. Sin embargo, en ambos, tiempo y paciencia, que todo se sabrá. Y más ahora que se está deseando ir con el cuento a donde sea. Chivatazos por todas partes. Las políticas del nazismo y del comunismo consistían en sacar los trapos sucios de quien se perseguía, para desprestigiarle. Y no importaba recurrir a la mentira, pero con una condición; cuanto más grande más creíble. Hace años, quizá un década ya, colaboraba en una revista que se publicaba mensualmente en italiano (tengo entendido que el traductor lo hacía excelentemente). Era el único artículo de opinión, con temas concretos (todos ellos relacionados con la mitología). Durante una larga temporada los trabajos eran leídos con interés: el escritor comunicaba, el lector recibía el mensaje. Hasta que un día apareció una persona. Era de esas personas que necesitaba una dosis, alta y diaria, de protagonismo para vivir. Precisaba, por tanto, estar presente, sin que nadie pudiera hacerle sombra alguna. Mis artículos le molestaban, porque distraían la atención hacia su persona. Lo que hacía y cómo lo hacía, había de repetirlo constantemente en cada publicación y en varios lugares diferentes y con el pretexto que fuera .Y para mi desgracia, ocupaba un lugar de responsabilidad en la empresa. Los artículos se continuaban publicando, porque gustaban a los lectores. Era de esas revistas que editaba una empresa privada y elaboraba un grupo de profesionales de la información. En un número concreto -no recuerdo cuál-, estando ya la revista en la calle y habiendo enviado la correspondiente colaboración en la fecha acordada; la víspera me llama por teléfono la responsable de edición, para decirme que no publicaría mi artículo. “Por qué”. “ Te lo dirá la responsable”. Acto seguido, una vez que colgó, volvió a sonar el teléfono. El mensaje fue escueto:“Su artículo tiene una vertiente política que no conviene de ninguna manera a la política de la empresa. Por tanto, la dirección ha decido suspender sus colaboraciones”. Y colgó. Ya tenía en el buzón de mi casa el número de la revista. Abrí, la ojeé ,y, no hacían falta muchas luces para entender el motivo. Había empleado mi espacio para exhibirse. Como no sabía de qué artículo se trataba, le llamé a la redactora para que me lo devolviera. Esta persona, que era una mandada, me vino con algunas excusas –para justificarse-, que me llamaron la atención; porque sin saberlo ella descubrió el pastel. “Me parece que debería de haber reducido el trabajo, porque es excesivo. Usted peca de erudición. Y el lector se pierde.” “¿Usted lo ha leído?” –le pregunté-. “Por encima”. “¿Y le parece a usted que la mitología del agua –que eran los temas allí tratados- puede ser un asunto con un contenido político, que no convenga a la empresa que publica la revista?” Enseguida se dio cuenta que había metido la pata. No habían tenido tiempo para acordarlo y, cada cual fue por libre. Le envié una carta al director general de la empresa editora, que era uno de mis fervientes lectores. Era un hombre de mundo, corrido. En cuanto vio lo que sucedía, me envió una carta, tan sincera como amable y llena de sentido del humor. “Caro amigo, voy a echar de menos sus intuiciones. Pero ha de recordar usted que tiran más dos tetas que dos carretas”. El hombre no quiso poner al presidente de la empresa en un brete, porque era un hombre casado y respetable. Todavía me estoy preguntando: Qué artículo le presentaría a aquel señor. Igual, sin saberlo, le hizo con un fragmento de “El capital”. Claro que, si eso ocurre estos tiempos de atrás, en el que con la crisis financiera hubo de volver a leer a Marx, igual me hubieran dado un cargo con alfombra, chófer y secretaria. Quién sabe.

Centenarios y “caganers”

Miércoles, 18 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

DÍAS con tanta actualidad, colapsan. Son muchos los frentes de noticias abiertos: juicios, secuestros, centenarios, incluso “caganers”. Los dos primeros los dejaremos para próximas entregas, porque los acontecimientos se irán precipitando por si solos. Es lo que tiene la verdad; que ella sola se hace paso. Lo del centenario, se refiere al poeta Miguel Hernández, quien sufrió persecución, cárcel y muerte. Ahora su legado se convierte en millonario. Pero sobre todo, en motivo de especulación. ¿Hubiera pensado alguna vez el poeta que luchaba con sus versos para esta libertad? No es el primer caso, que la lucha, los ideales, la creación se convierte en negocio, cuando no en silencio. ¿Qué ha pasado con la obra de Alberti? ¿Qué pasó con el legado de Cela? Nadie dice que los herederos no se beneficien de su trabajo. Que sean recompensados por lo que pasó. Pero lo que el pueblo espera –entre otros, para quien escribió-, es conocer su obra y su vida. Y si puede ser explicada por algún erudito, especialista –como parecer ser que era el caso-, mejor. La poesía, tal y como la concibieron los de su generación, no era como un producto de mercado que se pusiese a la venta junto a un saco de patatas. Evidentemente con su precio. Pero con la diferencia de, en éste y en tantos casos, de las circunstancias en las que se concibieron. Y aunque fueran otras. Cualquier trabajo debe de ser remunerado. Esto es otra cosa bien distinta, porque la obra de un genio no puede pertenecer a nadie, sino a todos. Imagínense que los “caganers” que van a aparecer este año en los Belenes españoles, fueran motivo de especulación dentro de unos años, por el simple hecho de mostrar el trasero de quien lo muestra. Que los nietos salgan con el pretexto de justificar el que sus ancestros nunca se exhibieron en público. Y esa contemplación de partes nobles debiera de ser objeto de tributación. Claro que, en seguida saldría el artesano con sus motivos. “Vamos a ver. Que aquí los traseros reproducidos de estos dos políticos madrileños, son anónimos. Y si a alguien hay que retribuir, sería a un servidor, que soy el artífice. Otra cosa son los derechos de imagen. Que ahí no me meto.” Es que vivimos en medio de la especulación. Claro, cualquier piernas que sale por ahí diciendo tonterías o ensañando sus atributos –masculinos o femeninos-, cobra. Cómo no lo va a hacer quien se ha dejado la piel en ello. Lo triste, es quien hubo de amantar con cebollas como alimento. Y ahora se pretende ordeñar la vaca para sacar leche para todos. Me quedo con el pastor de cabras que nos dejó versos insustituibles. Y me quedo con quien vio en aquello –su esposa- un recado de amor inmarcesible. Lo otro no se diferencia en nada de quien especula con la usura.

Noticias, fiestas y cumbres

Lunes, 16 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

HABÍA una vez un pueblo pequeño, pero con muchos años de existencia a sus espaldas. A los ancestros les habían regalado los terrenos para que, a pesar de las condiciones climáticas, la aspereza del terreno, de las dificultades para vivir; se fueran instalando, construyendo sus viviendas, las de sus animales y plantando los huertos junto al río que recorría la villa. Pasaron algunos siglos y los habitantes actuales lo fueron heredando. Como eran pocos se fueron casando los hijos de unos con las hijas de otros. Y así, todo quedó en familia. Fueron llegando habitantes de otros lugares a los que nunca aceptaron, pese a soportarlos por ser de la península ibérica. Sin embargo, llegaron otras familias de otros países, especialmente africanos. Una madrugada durante las fiestas locales, algunos jóvenes de la localidad le destrozaron el automóvil a uno de ellos, pese a las denuncias puestas no se pudo hacer nada porque no hubo un solo testigo. Nadie hubo. Nadie vio nada. Sin embargo, todos sabían quiénes habían sido. Pero todos se defendían. Todos callaban. Cuando sucedía alguna disputa entre ellos, las venganzas, siempre a las espaldas: tirar la piedra y esconder el brazo, porque cómo se van a enfrentar las familias. Eso hay que dejarlo para los forasteros y los extranjeros, que ni son familia, ni son del lugar. Tenían la costumbre, también para las fiestas patronales, de adquirir juguetes, con lo que sobraba de los festejos, para regalar a los más pequeños. Los niños, que son niños en todas las partes del mundo, fueron a por los juguetes. Pero alguien desde el palco de los músicos, donde se repartían los regalos, advirtió por el altavoz: A estos, no. Nadie se movió. Nadie dijo nada, pese a quedarse los niños con los brazos abiertos, las bocas abiertas y las lágrimas en las mejillas. Los forasteros, que iban a misa los domingos, esperaban que el cura, en el sermón del día del patrón, reprochara la conducta. Pero habló de otras cosas. Puede que no se enterase. Puede que nadie dijera una palabra. Todos fueron con sus mejores galas a la fiesta de la patrona. Confesaron, comulgaron y bailaron. Alguien hoy, en un juzgado, a quien se le juzgaba por un crimen, ha declarado que en un acto de altruismo se auto culpó por defender a su pueblo. Esto último es la noticia de la jornada. Lo anterior es una crónica de un pueblo cualquiera, en el que los lugareños celebran sus fiestas en familia. Algo parecido a lo sucedido en la Cumbre de Roma para paliar el hambre en el mundo. Mientras ellos no se ponen de acuerdo, se mueren miles de criaturas. Eso sí: las cumbres se celebran, como las fiestas entre amigos y familiares, que para eso son.

El hombre propone y Dios dispone

Domingo, 15 de Noviembre de 2009

José Ruiz Guirado

ESTOS días ando de cabeza. No paro. El invierno está aquí. Y por estos pagos, cuando viene lo hace con todo su rigor. Ya instalado, le cuesta irse. He de preparar la leña, arreglar las tejas rotas de los corrales, arar el huerto antes de que se moje, podar los árboles, cambiar las ruedas del coche para cuando aparezcan las nieves y circular sin riesgo. Y, claro, el día es tan corto, no da para casi nada. Deberíamos de vivir con la luz solar. Bueno, ya nos hemos justificado. Ahora toca seguir, como se pueda. (Por cierto, a pesar de las escasas lluvias, hemos podido coger setas). Me estoy acordando esta tarde dominical de un escritor y amigo, ya desaparecido. Se quejaba de los escritores que nos traían los cuartos de estar una y otra vez en sus escritos. Puede que un servidor sea uno de estos, con los temas que trae a estas páginas. No lo sé. Si así fuere, no es mi intención. Quiero decir que a veces uno se pone a escribir ,y, cuando el tema que se trata no es de candente actualidad, no le queda más remedio que asirse a lo que le rodea. Los objetos que le rodean: Cuadros, esculturas, libros, útiles, fotografías, recuerdos. Debe de ser algo normal, sobre todo cuando uno trae a colación temas cotidianos, sencillos, amables. Porque en mi caso, importa más la sinceridad, la honestidad, la verdad que los artículos ostentosos (que los admiro, por supuesto). Sin embargo, digo lo que puedo, lo que quiero y lo que sé. Al menos, soy libre. Escribo con libertad en mi rincón, donde mi gato escudriña la pantalla con sentido común. No todo el mundo tiene la fortuna de contar con un crítico de primera mano, tan cercano, tan sincero. Que no te diga, está bien es muy bonito. Esto no debe de ser bonito, ni estar bien o mal. Ha de interesar, atraer, entretener e informar a quien lea, llegado el caso. A veces se levanta uno de aquella manera y no para de despotricar, denunciar o maldecir, si fuera necesario. Pero lo importante, es que pueda llegar a alguien, e incluso ayudar o acompañar. Esto sería el ideal, la justificación de este trabajo, que no puede tomarse de otra manera. Incluso, se ha de ir más allá: Si llega el momento en el que a nadie interesara, pues, por fortuna, tenemos donde entretenernos. Porque nadie se crea aquello de, “cuando me jubile, haré todas esas cosas que antes no hice.” Uno hace, o continúa haciendo aquellas tareas que ha estado haciendo durante toda su vida. Alguien que no haya leído jamás un libro, no lo va a hacer después, cuando no tenga nada que hacer. Cuidar un huerto, atender animales, no se puede cuando las fuerzas fallan. En esa fase, lo que cuenta es la experiencia para hacerlo con el mínimo esfuerzo, o para aprender. No dudo que otras actividades sí se puedan realizar, especialmente viajar, pero las que nunca se han hecho, cansan o no atraen tanto como para emplear el tiempo libre. Un servidor recomienda vivir. Porque si a esas alturas no se ha hecho, va a quedar escaso margen para hacerlo. A ver si por fin, en las siguientes entregas traigo lo prometido días atrás. Ya no estoy seguro. Con esto pasa algo parecido con la vida. El hombre propone y Dios dispone. Que esta circunstancia también ha de tenerse en cuenta. ¿Será cierto que cada uno ocupa en eslabón en la cadena de la vida que se la ha asignado? Puede ser. Este artículo es una muestra de ello. Nos lamentábamos de escribir con la bata y las zapatillas y acabamos argumentando que alguien nos ha puesto aquí para cumplir una función en un sistema. Quién lo sabe.