José Ruiz Guirado
UN servidor cree en la Navidad. Quiero decir que en mi casa, desde que tengo uso de razón hubo un Nacimiento, con sus Reyes Magos, su fuente, su huerto… Lo de Papá Noel fue posterior. Allí se esperaba al seis de enero para, asombrados, recibir cada uno su regalo, y éramos seis. Ahora que ha pasado el tiempo, creo más en aquel milagro que hacían –no sé cómo- los Reyes Francisco y María, que eran mis padres. Cada cual tiene su credo, sus ideas o su fe a su manera. Y una cosa es lo que le impongan a uno ,y, otra bien diferente, lo que cada cual elija. En esto somos libres. He escrito algún que otro cuento navideño en alguna que otra publicación. En ésta, no quería pasar la oportunidad, porque no lo había hecho hasta ahora para estas fechas. Al menos vamos a intentarlo. Ayer mismo estaba viendo cómo se afanaban en su trabajo unas señoras que son invisibles a los ojos de los demás. Me estoy refiriendo a las cenicientas de la limpieza. No me he confundido al nombrarlas, aunque hay otras cenicientas en otras tareas azacanas. Una de ellas se encontró un anillo que, por las apariencias parecía valioso. Lo consultó con su compañera y, las dos sin dudarlo, lo entregaron para cuando lo reclamase su propietario. Que así fue. No tardó en llamar para preguntar por él. Mientras iba para su casa, lo hacía pensando en voz alta. “He sido una perfecta idiota. Con el dinero que me hubiesen dado vendiendo el anillo, hubiera podido comprar los “reyes” a los niños. Y ahora cómo lo hago. De dónde lo saco. Qué les echo. Si no hay. Si no llega. He tenido la oportunidad en la mano, y la he tirado por la ventana. Y me parece a mí que quien ha perdido ese anillo, no va a tener mis problemas. Pero por otra parte, con qué cara me presento en mi casa con un montón de juguetes. De dónde, le digo a mi marido, lo he sacado. Lo he robado. He llegado a cometer una locura para ello. En el fondo prefiero seguir, como lo he hecho toda mi vida, con la cabeza alta.” Pasaron los días. Acabaron las fiestas y llegó el mes de enero. Faltaban cinco días para los Reyes. Ella seguía con sus rumias, mientras iba y venía al trabajo. “ En el banco no me lo van a prestar, porque aún debo un pico y no voy a poder liquidarlo. A mi madre no se lo puedo pedir, porque se me cae la cara de vergüenza, con la pensión que cobra no le llega ni para lo elemental. En el trabajo, aún no acabé de pagar el anticipo que me concedieron. ¿A quién voy a recurrir? Así pasaron cuatro días más. Faltaba uno solo para que los niños se despertaran a la mañana buscando sus regalos debajo de sus zapatos. “Si es que no se me ocurre nada”. Esa misma mañana, desesperada, sin encontrar una salida; no se le ocurrió otra cosa que irse a la carretera a esperar que parase un coche y la llevase a donde fuera. “Tampoco es un delito que los niños no tengan juguetes. Pero me voy a morir de pena cuando lo descubran. Me voy donde se y, al echarme en falta, se olvidarán de los regalos.” Hacía un día de perros y no tardó en parar su coche una señora, que le invitó a subir. Había dejado el bolso abierto en el asiento trasero. Se podía ver perfectamente una cartera que estaba lleno de billetes. “Esta es la mía. El destino me ha puesto esto en mi camino y no voy a desaprovecharlo otra vez. Pero qué estoy pensando. Esta señora ha tenido la amabilidad de cogerme y voy a hacerle esto. Además, dónde voy así.” Estaba en estos pensamientos, cuando la señora paró el coche y no se percató.
-Aquí me quedo. ¿Quiere que le acerque algún sitio?
Se bajó del coche y se puso a caminar por un camino que de allí salía sin rumbo alguno.
Al cabo de un tiempo se encontró delante de una casa con jardín, desde donde ladraban unos perros. Al oírlos salió el dueño y le preguntó a la señora si quería algo. No le prestó atención alguna y siguió caminando sin rumbo. El hombre, que creyó reconocerla, la llamó por su nombre, a la que ella se volvió, preguntándose quién sería aquel señor que la conocía. No me digan ustedes cómo, pero el día de Reyes la salita de su casa estaba repleta de regalos. Sólo sé que tiempo atrás, la cenicienta de la limpieza, pasó desapercibida, porque nadie las ve, aunque le digan a uno que se aparte para barrer. Habían acusado a un directivo de una empresa de robar unos documentos, con los que copiarían los proyectos en otra de la competencia. Aunque lo negó, como no podía probarlo, le llevaron a juicio. Ese mismo día, su abogado se pasó por el despacho por si podía recavar información alguna. Allí estaba la cenicienta de la limpieza, a quien sí vio por primera vez alguien, y preguntó si sabía o había oído algo. Como siempre sucedía, mientras ella limpiaba, nadie la veía. De tal manera que entraron en el despacho, cogieron los documentos y dejaron pruebas para inculpar al acusado. Pero con las prisas, perdieron uno de los documentos, que la cenicienta dejó en las bandejas y nadie se había percatado de ello.
-Busca esto –le dijo al abogado-.
Siempre he creído en los milagros tangibles. Los que hacen quienes multiplican panes y peces con un mísero jornal y esperan con paciencia infinita a que las cosas se den por su tiempo. Aquellos años de la Navidad de mi infancia los recuerdo con nostalgia. Íbamos los amigos pidiendo el aguinaldo cantando villancicos con letras de esta sierra, acompañados de zambombas, almireces, panderetas, alguna botella de anís –vacía- y tambores. Nadie los negaba. Se cenaba en familia, aunque fuéramos treinta, entre abuelos, padres, tíos y primos. Se cantaba, se disfrutaba. Y nadie ponía en tela de juicio lo propicio o no de las fiestas entrañables. El otro tema, el que nos ocupa hoy: siempre se cierra una puerta y se abre una ventana, aunque sea un milagro en forma de cuento. La Cenicienta es un personaje de cuento de hadas del cual existen versiones orales y escritas en Europa. En Alemania se la conoce como Aschenputtel; Cendrillon es el nombre francés; Cinderella, inglés y Cenerentola, italiano. En Grecia, η σταχτοπούτα (i stachtopouta); en Hungría, Hamupipőke; en Suecia, Askungen; en Rusia, Soluschka; en Polonia, Kopciuszek y en La República Checa, Popelka. Las versiones más populares son las del francés Charles Perrault (Cendrillon ou La petite pantoufle de verre), quien escribió una versión de la historia oral en 1697. En Alemania, la colección de cuentos de hadas de los Hermanos Grimm es la más conocida. Sin embargo, la versión del año 1812 de los Hermanos Grimm varía de la francesa. Aquí se ha tomado el nombre, ateniendo a su significado: “Persona o cosa que se desprecia y no se tiene en cuenta, sin que se lo merezca”; más que a cualquier versión, que no es el caso. Y como pretendía ser o parecerse a un cuento, pues, ellas son los personajes.