En el campo, el morral y el cayado
Viernes, 29 de Enero de 2010José Ruiz Guirado
EL recordar los orígenes a una persona (ilegítimo, bastarda o espurio), constituía una ofensa e insulto soez y violento, de tal gravedad, que necesitaba de pronta satisfacción, rectificación. Nos topamos, a renglón seguido, con el Quijote, donde el vocablo “hideputa” ya no constituye ofensa alguna. En el Sur de España, un “hijo de puta”, es una persona hábil, listo y con luces. Algo similar se lee en el “El ratón manso”, de Lope de Rueda: “ ¡Oh, hideputa, perro! ¡Qué diligente mozo! (…) ¿Parécete bien que a estar sin comer en casa, que estuviéramos frescos? ¡Habla! ¿De qué enmudeces? Qué hacías escondido en la pajiza, do el asno…?” Para otro autor, como el genial Quevedo, suponía más que el hecho en sí, humillación pública. En la “Vida del Buscón Pablos”, se lee en este texto: “Todo lo sufría, hasta que un día un muchacho se atrevió a decirme a voces hijo de una puta y hechicera; lo cual, como me lo dijo tan claro –que aún si lo dijera turbio no me pesara- agarré una piedra y le descalabré.” En el siglo XVII -Agustín de Salazar y Torres- , en su “Cítara de Apolo, traslada el insulto a los dioses: “ /Hijo de Venus y de sus maldades,/ que la veleta fue de las deidades,/y, en fin…: hijo de puta./” Vistos estos ejemplos del pasado, donde se documenta algunas de las formas que el término adquiere, llegamos a la conclusión de hacer nuestra la expresión jurídica: “Animus Iniuriandi”, que viene a ser en cristiano: “Ánimo de ofender.” Claro que, esto es muy relativo. Porque habría que ver el tono, la entonación, el momento, el lugar, la hora y el ambiente. Que no viene a ser lo mismo tomarse unas copas con los amiguetes, en el bareto de la esquina y recordar la procedencia de alguien. Que puede suceder que pasare por allí pariente o amigo del aludido, y fuera con el cuento a aquél. Igual no era insulto, sino halago. Somos la pera limonera, que dice una muchacha que frecuenta ambientes donde se habla de otra guisa, más deshinibida. Total, por un “quitameallaesaspajas”. Se entiende que en un ambiente bucólico, entre arroyos cristalinos, airosos fresnos y robles; vacas que pacen a sus anchas, bajo un cielo azul, en el que sopla un cierzo frío y penetrante; puede alguien soltar el verso, que no la prosa; porque el lugar lo demanda. Otra asunto, es que esto se dijera bajo techo, en lugar de culto o delante de infantes. En plena naturaleza se permiten licencias, incluso sonoras, porque todo es libertad, amplitud y frescura. Lo tengo dicho: al campo no se debe de ir más que con el morral y el cayado. La técnica hay que dejarla en la ciudad, que es su medio ambiente.