A la luz difusa de la tarde
SEGÚN tengo entendido nací un domingo, a las diez de la mañana, de un mes de febrero. Lo hice en un hospital. Este dato no parece algo excepcional. Aunque en mi caso, sí lo fue, porque mi padre estaba allí ingresado, al haber sufrido un accidente y romperse la pierna por varios sitios. Cada noche venía mi madre a darme el pecho. Durante el día me alimentaban las mismas monjas que atendían a mi padre, con una harina que calentaban en un hornillo. Así estuve hasta que le dieron el alta. No tuve, por tanto, cuna alguna durante los primeros meses de mi vida. Dormía sobre unos cojines que me colocaban las monjas en el suelo. Quizá por ello, durante toda mi vida he sido capaz de dormirme en cualquier sitio, sin dificultad alguna. Incluso de pies me he quedado dormido alguna vez. Aquel olor a la harina calentada para el biberón y el color de las paredes y camas blancas del hospital lo he recordado siempre. Me debieron de cuidar las monjas con todo su amor, porque a juzgar por la única fotografía que conservo, estaba muy gordito en pocos meses. Al cabo de unos años hicimos un viaje en tren. Ya éramos tres hermanos. Sentado en el asiento de la ventanilla del vagón, se veían a lo largo del recorrido variopintos paisajes. Primero un río caudaloso y oscuro, que al cabo de unas horas desapareció para adentrarnos un valle con montañas altísimas y despeñaderos. Esto duró menos. Después, tras un paisaje de viñedos y olivos, pasamos a unos páramos cubiertos de espigas, que el viento mecía a su paso, dibujando caprichosas figuras geométricas. El mar de cereales se acabó y entramos en un túnel interminable. Al salir, el mar de cereal se cambio por otro de piedras sempiternas. En medio de ellas paró el tren y concluyó nuestro viaje. En la estación nos esperaban un matrimonio, que resultaban ser nuestros tíos. Nos llevaron en un coche negro y enorme hasta una casa con jardín, donde un perro de color canela no dejaba de ladrar. Nos esperaban dos personas mayores, que permanecían de pies: eran nuestro abuelos. Hasta que comenzó el colegio, no dejamos de corretear, acompañados del abuelo y protegidos por el perro. Al abuelo lo que más le gustaba era cazar jilgueros, que luego metía en una jaula y las colgaba en el corredor de la casa. Cortaba una vara en forma i griega, con el rabo muy pronunciado. La colocaba sobre los zarzales. En una lata quemaba guantes de goma hasta que se hacían líquidos. Esta pasta resultante la untaba en la vara. Después ponía cerca del zarzal un reclamo de jilguero y nosotros nos escondíamos. No pasaba mucho tiempo hasta que un pajarillo dejara sus alas pegadas en aquella pegajosa masa. Enseguida corría el abuelo a rescatar al animal y a limpiarlo, cuidando que el perro no le diera una chanchada. Después pasaba a engrosar la colección de la galería, con sus alegres trinos. La abuela pasaba la mayor parte del día en la cocina preparando dulces, compotas e inolvidables comidas. Excepto a la tarde, cuando se sentaba en el porche de la entrada para leer. Nos llamaba a los dos, y, junto con el más pequeño que estaba en la cuna, nos leía todas las tardes un cuento, que escuchábamos estupefactos. Todavía, y ya tengo ochenta años, recuerdo aquella voz dulce, con sus respetivas modulaciones y timbres, relatando aquellas historias en las que un hombre malvado se llevaba a los niños en un saco, o un tonto descubría una fuente de agua que jamás se secó. El recuerdo se acentuaba, porque siempre lo hacía a la misma hora, cuando la luz del día se torna difusa. Cierro los ojos y escucho su voz y contemplo los ojos de mis hermanos abiertos como platos, sin pestañear. Siempre acababa con un: Mañana os cuento más. Entrábamos a cenar. Y antes de dormir pasaba a darnos las buenas noches y a obligarnos a rezar al Ángel de la Guarda. Desde la cama se podía contemplar por la ventana un cielo profundo y repleto de miles de estrellas. “Vuestra madre os está mirando desde una de ellas”.
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