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A nuestra edad, era difícil entender cómo podía haber llegado hasta allí nuestra madre. Algunas noches oíamos a nuestro padre como discutía con el abuelo. Así, llegamos a confirmar lo que era de todo punto imposible, el que nuestra madre estuviera donde nos decían. Atisbamos entre las voces que había dejado a nuestro padre para fugarse con un cura pupas. No entendíamos nada. Sospechábamos que ella estaba lejos. Fueron pasando los años y el recuerde de ella se fue difuminando, a la vez que acrecentando la presencia de la figura de la abuela. Metódica, silenciosa, firme y cariñosa. El día que desapareció fue lo más triste que nos había pasado. Poco después lo hizo el abuelo. Y por si fuera poco, el perro también. Trajo padre otro perro, porque decía que no podía faltar para cuidar la casa. Con el perro también vino una señora. “Va a ser vuestra madre”. Sabíamos que eso era imposible. Cuando no estaba padre se paseaba desnuda por la casa, con una botella en la mano de la que bebía un sorbo tras otro. A veces se tropezaba y se caía. Nosotros la mirábamos desde la balaustrada que subía hasta nuestra habitaciones, sentados en los peldaños de la escalera. Nos miraba y nos decía con palabras entrecortadas: “Es que nunca habéis visto a una mujer desnuda”. “No.” Después se iba a su habitación hasta que llegaba padre y la encontraba allí. Entonces se ponían los dos a dar voces. Un buen día mientras estaba padre en el trabajo, cogió la maleta y se fue. Nosotros la dijimos adiós desde las escaleras. Cuando vino padre nos preguntó por ella y le dijimos que se había marchado. No parece que le preocupara. A los pocos días vino con una señora. “Edelmira os cuidará mientras yo falto de casa.” Como no dijo que sería nuestra madre, no preguntamos nada. Era una señora de mediana edad, alta, con ojos claros y tez pálida. Había enviudado años atrás. No tenía hijos y se ofreció a mi padre para cuidarnos. Era una persona pulcra y servicial. Jamás comentaba algo que no estuviese relacionado con sus ocupaciones en la casa. Incluso cuando irrumpía padre en casa, acompañado de algunas señoritas que se reían estentóreamente. “¿Esta es tu doncella? ¿Te la estás beneficiando, picarón? Él miraba para nosotros hacia la escalera y nos indicaba con un gesto que nos fuéramos a la habitación. “Te van a oír los chicos”. Enseguida aparecía Edelmira. “Vénganse conmigo”. Siempre nos llamaba de usted y nunca nos daba explicación alguna. Apenas teníamos algún diálogo con ella, salvo lo concerniente a las cosas puntuales. A padre si se atrevía a decirle cuando le servía la cena, porque jamás recuerdo que comiera en casa, incluso los días de fiesta. “Debería usted evitar estas situaciones lamentables delante de los niños, por su educación”. Padre no replicaba. Cenaba, tomaba una copa de Oporto, leía la prensa del día en su biblioteca ,y, después se iba a la cama. Edelmira dormía en la habitación contigua a la nuestra y no tardaba en aparecer si algún mal sueño nos inquietaba a alguno. Siempre lo hacía portando una palmatoria y tapada con un camisón que le llegaba hasta el cuello. Tras tranquilizar a quien sufría pesadillas volvía a su cuarto. Una noche se veía luz por debajo de la rendija de la puerta. No podía de otro sitio que de su cuarto. También se oían unos golpes tenues. Mis hermanos dormían y no pude resistir la tentación da salir a hurtadillas para ver qué sucedía. Estaba la puerta entreabierta, y, efectivamente la luz encendida. Creí oír la voz de padre; pero no pude saberlo, porque ella apagó la luz y cerró la puerta en ese momento. Un miedo atroz recorrió mi cuerpo, pensando que podría haberme visto. Temblando de miedo me fui para la cama. Durante un buen rato no se oyó nada. No era capaz de quedarme dormido y me puse a contemplar las estrellas. Al rato, unas terribles voces nos levantaron de la cama. Era padre quien estaba en su habitación y se había muerto de repente. No pudimos verle. Enseguida apareció el doctor, acompañado de nuestros tíos:
“No hay nada que hacer.”
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