Pág. 3
Los tíos decidieron que Edelmira se quedara con nosotros el tiempo que permanecían en América. No sé qué pudo pasar, pero no volvieron más. O la desgracia se cebó con la familia, o vieron que aquella situación no les acarrearía más que ataduras y compromisos. Edelmira nos dijo una noche durante la cena: “ Su padre nos ha dejado una cantidad de dinero para apañarnos durante algunos años. Después ya se verá”. Continuaba tratándonos de usted y haciendo las mismas cosas que en vida de mi padre. Lo de sus noches es un misterio que nunca pude averiguar. No sé si tenía un amante que venía a verla cada noche, se pasaba largas horas rezando, leyendo, escribiendo; o, simplemente se flagelaba. Pasó un tiempo feliz, hasta que un día –sería la hora de la comida-, irrumpió en casa una señora rubia, vestida con ropas provocativas, acompañado de un señor, que dijo ser nuestra madre. Su única prueba era unas fotografías, en las que aparecíamos nosotros, que coincidían con las que había en casa, y la forma que tenía de mirarnos, entre asombrada y estupefacta. Edelmira continuó realizando su función, ahora con dos invitados más a la mesa. La paz y la felicidad duraron poco. El cura, un hombre de tez blanca, ojos azules, nariz aguileña y gesto serio, se encargó pronto en aplicarnos a las enseñanzas del latín y del griego. Tardes insufribles, insoportables. Nuestra instulticia en el aprendizaje era pagada con sonoras palizas, severos castigos y prolongados ayunos. Mi madre no se oponía a nada. Se la notaba más miedo que a nosotros mismos. La convivencia se tornó insoportable. Desde las escaleras, dentro de nuestras habitaciones veíamos y oíamos las palizas y los insultos que la propinaba por el motivo más baladí. Aquello era una tortura que se repetía día y noche. Mi madre no hacía otra cosa que llorar encerrada en su cuarto. Al cabo de un tiempo hubo de marcharse un mes para solucionar unos asuntos. Creo, sin lugar a dudas, que fue un tiempo comparable con el de la abuela, con la inquietud del paso de los días y de su llegada. Yo ya era un mozo y aquello me traía de cabeza. No dejaba de darle vueltas al asunto. Aquello había que solucionarlo de alguna manera. Continuar con aquella locura nos iba a tener consecuencias lamentables. No lo dudé. “Le matamos”. La sola idea le aterraba a mi madre; pero más que por su muerte, por las consecuencias que podía tener. Nos contó que iban de vez en cuando a la cárcel, a visitar a un amigo del cura y aquello le producía un miedo y una angustia insoportable. Le temblaba la voz, con solo contarlo. “Si me meten allí”, me suicido. Pasaban los días y la paz se convertía en silencio, en pesimismo, en pesadillas, en miedo. Si alguien se acercaba a la puerta, huíamos despavoridos a escondernos pensado que fuera él. Padre guardaba en el garaje unas escopetas de caza. Antes de ir a dormir me sentaba delante de ellas a mirarlas y a pensar. “Si viene y sospecha algo, puede que las esconda. Pero si lo hago, y llevan a madre la cárcel..” Así todas las noches hasta que algo nos decía en el interior de cada uno que estaba cerca su llegada. Y así fue. Un día llegó acompañado de unos amigos, que tenían un aspecto siniestro, mafioso. Llamó a voces mi madre. Ella se presentó tan asustada como siempre. “Así que está es tu…” “Cuidado con lo que dices”.“Tu señora. Pero qué te pensabas que te iba a decir”. Llamó enseguida a Edelmira, quien les preparó la comida. “A esta también te la beneficias”. “Esta señora es una santa”. “La santidad se cura con un buen revolcón. ¿Tú no eras cura antes?” Nosotros, como siempre mirábamos desde las escaleras. “¿Y esos quiénes son?” ¿Los hijos de Hilaria?”
-3