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Día tras día aquella situación se convertía en un calvario. El más pequeño de mis hermanos se despertaba cada noche aterrorizado. Tenía que llevárselo Edelmira a su habitación hasta que se calmaba. Las traducciones del latín y griego eran insuperables. Y las palizas continuadas a nuestra madre, provocaba vómitos, espasmos y micciones no controladas a mis hermanos. Aquello no se podía continuar. Una noche, no dormí. Cuando todo estaba en calma, bajé al lugar donde estaban las escopetas de mi padre. Antes de descolgarlas me senté un buen rato, midiendo las consecuencias de lo que iba a hacer. Ahora lo recuerdo como algo que no sucedió; pero en aquel momento creo que era aún menos consciente. Tomé la resolución: “Lo mato”. Cogí el arma, le metí el cartucho y sin más pensamiento que la venganza, me dirigí hasta su cuarto. Abrí la puerta, encendí la luz y me dispuse a disparar contra él. Chilló mi madre. “Ya está hecho”. Le había clavado un cuchillo de cocina en el pecho. Tuve la sangre fría de quitarle el cuchillo del pecho y dispararle a bocajarro. “Ya nadie te podrá llevar a la cárcel”.
-Aquí no va ir nadie a ningún sitio, -dijo mi madre en un acto de valentía-.
Avisamos a Edelmira, que sin escrúpulo alguno nos ayudó a limpiar todo. Las ropas manchadas de sangre se quemaron en la lumbre. Entre los tres metimos el cuerpo en el coche y lo escondimos en el Zaburdón, el basurero municipal del Escorial, que había a la salida del pueblo. Pasamos una larga temporada sobresaltados por si aparecía el cadáver. Incluso algunas tardes bajaba con mi madre por el basurero por si se sabía algo. Llevábamos siempre algunos hierros para entregárselos al encargado y socabarle alguna información. Mi madre era muy hábil para embobar al hombre aquel con algún gesto femenino y pícaro. Matías, que así nos dijo se llamaba, la informó que cada semana se llevaban alguna de las dunas de basura a otro vertedero más grande en la capital para convertirlo después en residuos o abonos.
-Ves, Pedro Pablo, que fácil es sonsacar a los hombres. No tienes más que bajarte un poco la tira de los hombros del vestido. Qué fáciles son. Bueno, menos tú. Vamos a aprovechar el tiempo bien y te voy a poner al día en lo que hay que saber de las mujeres. No se te va a resistir ninguna.
Aquella resolución de mi madre nos permitió vivir una infancia sin sobresaltos en compañía de ella, de Edelmira y de algún amigo que otro que de vez en cuando aparecía por casa. Cuando alguno de ellos pretendía quedarse más de lo que indican las normas de cortesía, le contaba mi madre, a la luz de las velas, el terrible crimen que se produjo en el tálamo donde pretendía entrar. Le hablaba de un amante de mi madre, ingresado en el manicomio, que se escapaba de las instalaciones y no reparaba en mientes con quien le hacía compañía. No tardaban en coger la ropa, que presto les ofrecía Edelmira y salir por la puerta como alma que ha visto al diablo. Nuestra madre se mostró durante todos esos años dulce, tierna, cariñosa. Como si quisiera recobrar todos los años que había perdido con aquel cura, al que ya habíamos olvidado. Nunca he tenido una consejera que me instruyera con semejante didáctica y práctica. El primer día que la vi entrar por la puerta, pensé que se trataba de una fulana. Ella misma me quitó de encima la pesadumbrez: “No te preocupes. Le parezco lo mismo a todos los hombres que he conocido. Pero gracias a ello he sobrevivido. No quiero decir que haya ejercido la prostitución, ni mucho menos; sin embargo, he conseguido lo que he querido de muchos babosos con mis armas de mujer.” Era una mujer rubia, alta, de piernas largas y ojos verdes. Llevaba siempre tacones para mover la cintura. “¿Qué tal?” Me hacía preguntas que me hacían sonrojar. Pero lo hacía con tal naturalidad, que llegué a acostumbrarme.
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