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-Miguel Ángel, ¿tomó usted las pastillas?
-¡Sí, doctora!
-¿Le está molestando, señora?
-No, no; es un anciano muy educado que me está contando su vida.
-¿Cuál de ellas le está contando?
-¿Es que tiene más de una? Qué interesante.
-No, depende del día. Es un caso terrible. A veces tiene lucidez y cuenta al primero que se sienta con él lo sucedido.
-¿Miguel Ángel, quiere usted contarle a esta señora la verdad?
-Pues no lo sé, aunque es una señora encantadora, como mi madre. Voy hacer un esfuerzo, porque hoy es mi cumpleaños.
-¿Cuántos cumple usted?
-Me parece que ochenta y uno.
-No se quite años, Miguel Ángel, tiene usted ochenta y cinco.
-¿Y usted qué sabrá? Porque lo dice una ficha. Pues sabe que le digo, que soy ya muy mayor para ir contando al primero que llega mi vida, qué coño. Usted disculpe. Adiós.
-Qué carácter.
- Me ha dejado, doctora, con la miel en los labios.
-No se preocupe, que le voy a proporcionar una copia manuscrita que dejó escrita, donde se entretuvo contándolo.
“Me llamo Miguel Ángel Abantos Piornal. No tengo recuerdo de padres algunos. Mi hermano y yo vivimos nuestra infancia en una inclusa, hasta que salimos para trabajar. Como he sido una persona muy mañosa, me hice carpintero e instalé mi propio taller, junto mi hermano. Me casé y tuve tres hijas. No pasarían quince años cuando me detuvieron y encarcelaron acusándome de haber violado, asesinado y descuartizado a mis tres hijas. Acto, que juré ante Dios, si es que existía, que no había cometido. Pasé cuarenta años en prisión. Allí dejé mi juventud, mis ilusiones, mi vida. La vida que jamás tuve. Un año antes de cumplir mi condena me vino a ver un abogado joven y muy prudente, que me enseñó una carta, una confesión. : Pedro Pablo Abantos Piornal, en el lecho de muerte, confieso ante Dios, ante los hombres y ante mi hermano Miguel Ángel, que fui yo quien cometió tan horrible crimen, por el que le condenaron. Dudo que pueda perdonarme. Lo siento. No quería irme al otro mundo sin confesar mi fechoría.”
-Atroz. Así es, señora.
-Desde ese día perdió la cabeza. Y está aquí ingresado. Tuvo una crisis muy aguda. No sabe quién es. Pocas veces recupera la lucidez. Cuando lo hace hay que medicarle inmediatamente, porque, pocas veces he visto maldecir a nadie con tanta saña, con tanta ira, con tanto odio. Le ha robado la vida su propio hermano. Cuando podemos tranquilizarle después de medicarle, se sienta en la mesa donde habló con usted,y, repite una y otra vez, a la luz difusa de la tarde. No sabemos a qué se refiere.

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