Mi prima Elena

José Ruiz Guirado

ESTOY atolondrado desde que volví del pueblo. Llevaba muchos años sin ver a mis tíos ,y, por fin pude ir a verles. Viven en una casa de pueblo, con cueva, donde hacen el vino. Desde las hoces que ascienden por el curso del río, hay una vista impresionante. Todos los tejados con el mismo color de las tejas. La torre de la iglesia en medio con su sobrio cimborrio, y al fondo la vega con los huertos, las vides y el mimbre que le da a todo un color rojizo. Mi tío es cazador, buen cazador. El primer día, después de desayunar unas gachas que nos preparó la tía, nos fuimos de caza. Anduvimos toda la mañana subiendo y bajando lomas en busca de una liebre. Al final, dimos con ella. La remató y nos volvimos con la pieza a casa. Estaba el pueblo en fiestas y nos recibieron con un pasacalles y cohetes. Las campanas llamaban a misa mayor. Desde lejos se oían los repiques. La gente se dirigía, cuesta arriba, con sus mejores galas. Saludaban a mi tío con unas frases casi copiadas unos de otros. “Ya echaste el almuerzo, Gabriel.” “Lo nuestro nos costó.” Mi tía también se estaba preparando para la celebración.
-Deja al sobrino que se venga con nosotros.
-No seré yo quien impida a nadie hacer lo que quiera.
Mi tío no era persona de misas. Tenía su fe particular. Salvo en alguna celebración inexcusable (bautizo, boda, comunión o entierro) no se le veía por allí. Aunque estando en casa, nos obligaban ir. Allí me excusé por quedarme con él. Mientras ellas volvieron, preparó la liebre. La despellejó y la despedazó, colocándola después en una cazuela de barro, donde la aderezó. Nos dio tiempo de ir a la huerta,, que estaba próximo a la vivienda, donde cogimos tomates y pepinos para la ensalada. Se queda el olor de las matas de los tomates en la ropa. Mi tía frío unos chorizos de la matanza y unos huevos de pata que trajo del corral. Nosotros, acompañados de mi primo, nos fuimos por vino a la cueva. Una cueva más que centenaria, alumbrada con una tenue luz, en la que estaban colocadas las tinajas panzudas donde el vino hervía en unas y en otras ya estaba listo. Olía a tierra, a humedad, a vino, y la temperatura era agradable. Nos sentamos a la mesa. Tenían mis tíos dos hijos: chico y chica. Él un par de años mayor que yo, y ella –mes arriba, mes abajo- de mi edad. No nos conocíamos, salvo de unas fotografías que había en casa, del bautizo de mi prima. Eran los dos muy parecidos; rubios, con ojos azules y tez blanca: un vivo retrato de la tía. Tras la comida echamos una siesta sobre unos camastros que mi tía preparó en el desván. Fuera hacía mucho calor, pero allí se estaba bien. Todo era diferente a mi casa. El piso era de madera y crujía cuando se pisaba sobre él. Los techos, con vigas,también de madera. Las paredes pintadas de cal, en ellas colgadas varias estampas de santos, sujetas con chinchetas; alguna cuerda de donde pendían las cebollas a secar. De vez en cuando, una o dos salamandras campeaban a sus anchas.
-No hacen nada –dijo mi primo-.
Tardé un buen rato, pero al fin me quedé dormido. Me despertaron unos cohetes que explotaron en el cielo y la música de la mañana. Estaba ya solo. Mis primos y mis tíos me esperaban abajo con la merienda puesta: limonada y café con bizcochos.
-Dormilón.