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Con la fresca, salimos a dar un paseo por el pueblo. La subida hacia la iglesia, estaba flanqueada de puestecillos con juguetes para los pequeños y otros donde refrescaban las chufas con un chorrito de agua, rodajas de coco, altramuces y garrapiñadas. Al fondo en la plaza ya estaba todo preparado para la fiesta. En los bancos, junto a los contrafuertes del templo permanecían sentadas las personas mayores con sus bastones hurgando en la arena. Los músicos en el tablado ensayaban y afinaban los instrumentos. Los más jóvenes, sentados sobre la tapia que cerraba la plaza o hablando en medio de ella. Desde allí se contemplaba el pueblo en toda su amplitud. Mi primo se había marchado con los amigos, con la promesa de volver después. En medio de la plaza había una cucaña, de la que colgaban varios cables con banderines, farolillos a la veneciana y bombillas de colores. No tardó en comenzar el baile. Mis tíos, con el resto de los vecinos bailaron el primer pasodoble. Animaron a mi prima a bailar conmigo. “Vosotros a los vuestro.” Desde que llegamos apenas si tuvimos tiempo de intercambiar alguna palabra, más allá de los saludos. De vez en cuando se acercaba un muchacho del pueblo para sacar a bailar a mi prima. Ella se negaba.
-¿Te apetece subir hasta el castillo? –me propuso mientras se lo decía a los padres-.
El castillo estaba situado al final del camino que conducía a la iglesia. Un viejo edificio en ruinas del tiempo de los árabes, desde donde la vista era realmente espléndida. Quedaba más abajo la plaza del baile. Se oía y veía perfectamente desde allí. Apenas intercambiamos palabra alguna hasta llegar al castillo. Había allí una pareja besándose arrebatadamente. Al vernos, dejaron de hacerlo y saludaron a mi prima.
-Elena, vienes con compañía.
-Mi primo, que ha venido a las fiestas.
La pareja se fue, porque nuestra presencia les intimidaba. Permanecimos otro espacio de tiempo sin hablar, hasta que lo hizo ella.
-Hablas poco.
-Estoy un poco cohibido.
-Pero si somos tu familia.
-Esto es nuevo para mí. No os conocía. Estoy acostumbrado a otras cosas.
-¿No te gustan éstas?
-Todo lo contrario. Me encuentro muy a gusto. Es una experiencia nueva y entrañable para mí. Es todo tan agradable, tan sencillo, tan cercano, tan hermoso, que me sobre pasa.
-Menos mal, pensaba que te aburría.
-Al contrario. Lamento no haberlo conocido antes. Me hubiera gustado vivir aquí, haberos conocido. Aquí se vive feliz.
Mi prima me miraba mientras hablaba con los ojos llenos, no sé si de luz, o de alegría, al conocer lo que pensaba.
-¿Vas a bailar conmigo esta noche?
Creo que me ruboricé. La dije que había bailado poco, que no sabía. Ella se ofreció a remediarlo. En ese momento bajó la pareja.
-Elena, ¿sigues ahí?
-Ya nos íbamos.