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NO puedo seguir así. Llevo ya un mes largo. No duermo, no como, no hablo con los amigos, no me entero en el colegio. Mis padres no son tontos y me imagino que se estarán dando cuenta. Aunque todavía no me han dicho nada, es raro. Se lo puede preguntar a Pepe. Pero el tampoco es que haya tenido muchas experiencias de estas. Se lo puedo preguntar a Lolita, la que le hace las pajas al Austriquiliano, el tonto. Claro que, pensándolo bien, me va a decir qué hacer, pero se lo va a contar a todos los amigos y se van a estar riendo de mí, hasta que se acabe la risa en el mundo. Se lo podía preguntar a mi madre. Como si se tratase de Pepe, que no se lo quiere decir a la suya. Tampoco es buena idea, porque lo van hablar entre ellas. Y por otra parte, hay algo en el corazón que me dice que esto es un asunto mío, del que no he de dar cuenta a nadie. Siento vergüenza si a otra persona hago partícipe de ello. No me va a quedar más remedio que solucionarlo yo, aunque no sé como. Podría escribirla una carta. No, porque le van a preguntar los padres. Llamarla por teléfono tampoco es una solución. Se pondría mi tía o mi tío y qué le digo, que quiero hablar con mi prima de qué. Podría irme al pueblo y esconderme en alguna parte hasta que pudiera verla sola. Hay un inconveniente, allí todos se conocen y al verme se extrañarían y me descubrían.

Han pasado veinte años. Me han avisado de la muerte del tío. Mañana lo entierran. No había vuelto por el pueblo desde aquella vez en las fiestas. Mi prima se parece ahora a su madre cuando la conocí. Está casada con un muchacho del pueblo, que es agricultor. Es una persona sana y campechana. Casi todo el pueblo ha ido al entierro, porque era una persona conocida y supongo que querida. Todo es distinto. También se ha casado mi primo. A mi tía le ha afectado la muerte de su esposo. Parece que hubiera avejentado a toda prisa. Me ha echado en cara que no volviera por allí.
-Hijo, te hemos estado esperando todos estos años.
Después del entierro el marido de mi prima hubo de irse a llevar a sus dos hijas a la casa de su madre. Mi prima se quedó con su madre. Fuimos a darnos los dos un paseo para que ella se despejara.
-Has tardado en venir veinte años.
-Sí.
-Por qué.
-No lo sé.
-Es que no me querías.
Ante esas palabras me derrumbé. Sentí un mareo, que no sujetarme ella me hubiera caído al suelo. Llegamos a la plaza, junto a la iglesia, donde se celebra el baile en la fiesta.
-¡Mi amor!
-Esa palabra llega tarde, Federico. La he esperado veinte años. Pensé que vendrías a la semana siguiente y a la otra, y a la otra. Me había enamorado de ti perdidamente, como una tonta. Se lo confesé a mis padres. Lo entendieron, pero tú no viniste. Por qué, Federico.