La boda
NOS invitaron a la boda los del piso de arriba. Vecinos de toda la vida. Se casaba el pequeño, Benito. Fue un poco precipitado, porque se les había olvidado y la boda era esa misma mañana y lo hicieron unas horas antes. No tuve más tiempo que ponerme un vestido de flores con volantes, encima de un cancán. Ya en la calle me di cuenta que llevaba medias bajas, hasta las rodillas, de estar en casa. Hube de volverme a cambiarlas. Mi marido me esperaba en la puerta de la iglesia, se vino desde el trabajo. Llegamos tarde a la ceremonia y tuvimos que irnos directamente a la comida, que se celebraba en una casa con finca, que tenían los padres de la madre del novio en una aldea cercana. La novia llevaba un vestido azul claro. Era la primera vez que veía una novia con ese color de vestido. No seríamos más de cuarenta personas: familiares, amigos y allegados. Habían preparado, dentro de la vivienda, una mesa larga. Se sentaron los novios en la cabecera. Estaba aún sin montar. Pusieron unos manteles y encima un hule de flores que venía enrollado. Cuando cubrió el mantel, lo cortaron con unas tijeras. A continuación colocaron los platos y junto a cada plato un vaso de cristal; varias cestas con el pan ,y en lugar de cubiertos , pusieron unos palilleros y unos vasos llenos de alfileres. Una vez puesta la mesa colocaron bandejas de boquerones en vinagre con aceitunas. “El primer plato es de pescado”, -anunció la madre del novio-. Hube de sentarme junto a mi marido, porque él consiguió coger dos boquerones y dos aceitunas. A continuación trajeron pollo con patatas y salsa. Tocamos a menos que con el pescado. Eso sí, nos echaron un poco de salsa en cada plato para pringar. En el postre fueron generosos: tocamos a más de tres miguelitos cada uno. Llegado ese momento, me di cuenta y se lo dije a mi marido, harta de reírme. “Nos están gastando una broma”. Pero a continuación nos invitaron al baile. Se celebró en la finca, sobre un suelo de piedra, hierba y restos de gallináceas. Cantaba un hombre muy gordo acompañado con una pandereta. Tenía una voz potente. Estaba iluminado con un par de bombillas que apenas alumbraban poco más allá del porche. Acabado el baile, que duró lo que tardó el cantante en cansarse, entramos donde se comió, que nos tenían preparado unas jarras con chocolate y picatostes. Puede probar el chocolate y mojar un picatoste. Después hubo aguardiente para todo el mundo. En esto también fueron generosos. Me senté junto a la lumbre, que estaba encendida, porque hacía relente. Hube de apartar las telarañas. Me volvió a entrar otro ataque de risa. “Esto no puede estar pasando. Cómo puede ser esta gente así. Siempre han parecido otra cosa.” Al final vinieron a despedirse suegros y novios para agradecernos nuestra compañía, preguntarnos qué tal había estado la celebración ,y, como era natural, en estos eventos, recibir el regalo de cada invitado. Antes colgaron a mi marido un alfiler con una banderita en la solapa de la chaqueta. A mí me entregaron una bolsita atada con un lacito del color del vestido de la novia.
-Son habas secas, para que te dé mucha suerte -me dijo la madrina-.
Reparé que la novia llevaba pintados los labios un color azul intenso, a juego con las cejas. Y el ramo de flores con los mismos colores.
-¿Qué tal lo han pasado? –preguntó la novia-.
-Bien ha estado magnífico.
-Ha sido un poco precipitado, porque ayer por la tarde se murió quien iba a ser la novia, y esta mañana me han llamado a mí, por si quería reemplazarla.
Afortunadamente, en ese preciso instante sonó el despertador. Qué pesadilla. No he dejado de reírme en toda la mañana.