El invisible insomne

ELIGIO Casalderrey de Sousa nació invisible ,y, en cuento pasaron unos años se convirtió ,además, en insomne. Vino a ser el séptimo hijo de una familia de clase media, que para la época actual vendría a ser bien. El padre lo intentó por séptima vez, porque le faltaba una hija, ya que todos los hijos habían sido varones. Eligio, esperado como agua en mayo, si hubiera sido Florinda, tiró por tierra las ilusiones de don Daniel Casalderrey que a su edad, y sobre todo a la de su esposa ya no se volverían a embarcar en la aventura de nueve meses más de sobresaltos para que les viniese otro varón. En esas condiciones, Eligio no fue visto al nacer, cuando su padre bajó la cabeza al preguntarle a la comadrona, qué había sido: “Otro varón, don Daniel. Pero no se preocupe que a éste no le van echar del baile”. Creció sano y llegó a los siete años como si los hubiera cumplido todos seguidos. A esa edad, una de las nodrizas que asistía a los niños, se dio cuenta que Eligio se pasaba las noches en blanco mirando para el techo de la habitación. “Tienen ustedes que llevar a este niño al doctor porque no duerme.” “Ya lo hará cuando le dé el sueño –sentenció la madre-. El niño come bien, juega y se le ve sano.” Desde entonces su invisibilidad se hizo patente. Como no dormía, al salir el sol, ya se había aseado, desayunado y presentado el primero a la escuela, donde por costumbre, abría la puerta y se sentaba en el pupitre de la primera fila. La maestra pasaba lista a diario, pero a Eligio no le nombraba, porque ya estaba allí. Tampoco le ponía deberes para casa, porque siempre los llevaba hechos. Cuando los niños salían al patio en el recreo, Eligio se sentaba en un banco, debajo de una nogala a contemplar el tren que transportaba ganado, que siempre pasaba a la misma hora y en la misma dirección. Cuando sonaba la campana ya estaba sentado nuevamente en su pupitre. Al acabar las clases, marchaba corriendo hasta su casa. También se sentaba a la mesa el primero, y era el primero en abandonarla, para subirse a su cuarto y tras descansar, bajarse a la cuadra a jugar con los terneros recién nacidos. Y así todos los días de su infancia hasta que se convirtió en un hombre y decidió dejar el hogar. Solamente notaron su ausencia el día en el que falleció la madre y le fueron a buscar. “No está”. Habían pasado veinte años. Como nadie le veía, ni jamás dormía, decidió irse a trabajar de farero. Pero descubrió que el mar no le gustaba, porque a lo sumo podía contemplar la quilla de un barco en la lejanía. Incluso oír su sirena cuando saludaba a otro barco, o los días en que la mar estaba cubierta de intensa niebla, para evitar accidentes. A él lo que le gustaba era contemplar a la gente, oírles hablar. O estar con los animales. Incluso, como cuando era niño, observar el tren cargado de reses, desde el banco del patio del colegio. Dejó el faro y se volvió a su casa. Nadie supo que estaba allí, hasta que al amanecer se levantó el primer, desayunó y se fue al colegio a sentarse en el pupitre de la primera fila, donde la profesora pasó lista, pero no le nombró a él porque ya estaba allí y había abierto la puerta y las contras de las ventanas para que entrase la luz en el aula.

Para quien no duerme ni es visible el tiempo no existe, no cambia, no pasa.
-¿Le sucede esto muy a menudo?
-¿A qué se refiere, doctor, al sueño, al tren, o al faro?
-A las tres cosas.
-No si ,soñar no sueño, porque no duermo. Cuando me echo en la cama, miro para el techo durante las horas que dura la noche, y puedo contemplar, primero las estrellas profundas, brillantes y lejanas. Después desaparecen y sale el sol y todo comienza a tomar vida propia. La montaña con su nieve, que no estaba allí aparece en el horizonte. Los árboles brotan en el camino. El mar se llena de agua y el cielo se pinta de azul y de nubes blancas.
-Entonces, más que uno sueño es una ensoñación.
-¿Ensoñación? No, no. Ya le digo, doctor, que sobre la cama veo lo que le digo con los ojos bien abiertos.
-¿Estad fuma, bebe, toma algunas drogas?
-Café. Tomo café que me preparo yo mismo. Es café africano, por el olor sutil.
-¿Sabe usted distinguir la procedencia del café por el olor?
-No le quepa la menor duda.
-¡Asombroso!
-Más que asombro, años de estudio, de contemplación, de saborear. A mi padre especialmente le gusta el café. Cada vez que vuelve de un viaje trae café. Siempre trae café. Como a mí no me ven. Muelo el café, lo huelo, y una cucharadita la pongo en un frasquito de cristal que guardo en mi estantería. Para no olvidarme del olor, pego una etiqueta en el frasco con el lugar de donde lo trajo. Cuando creo haberlo olvidado, repaso uno a uno los frascos, oliendo su aroma y repitiendo en voz alta al lugar de donde vino.
-Entonces, además de cafés conocerá usted el nombre de ciudades del mundo.
-Me he tomado la molestia de buscar la capital, si no lo es y el país al que pertenecen. Y esos datos también los escribo en el frasco, en la etiqueta.
-¿Ha visitado usted alguna de esas ciudades?
-No es necesario.
-¿Pero no las conoce?
-Conozco su olor, su color y su luz.
-También le trae su padre tarjetas postales de los lugares que visita.
-No, señor. Lo sé por el café.
-¡Qué interesante! ¿Cómo lo hace?
-Huelo una vez y otra el café, noche tras noche. Cada grano lo ha tocado una persona con sus manos y ha dejado allí su huella, el color de su piel. El agua lo ha mojado , y cada gota de lluvia trae los olores del lugar que ha recogido el agua. Han cargado en su ropa los granos del café. Y cada color tiene su intensidad. Sobre todo la palabra, que es más importante.
-No sé qué decirle. No había escuchado a nadie decir nada semejante. No es por cambiar de tema, que me parece apasionante. Pero continuando con el sueño, ¿usted sabe por qué no duerme?
-Creo que me viene de nacimiento.
-¿Quiere usted decir, que lo ha heredado, que hubo algún antepasado en su familia con ese mismo problema?
-No. En mi familia, conmigo somos siete hermanos varones. Mis padres esperaban una niña, pero llegué yo. Desde ese momento dejaron de verme. Como nadie me veía, decidí, cuando tuve conciencia de ello hacerme imponme para ver cuanto sucedía a mi alrededor constantemente.
-¿Nunca tiene sueño?
-Como no sé lo que es dormir, no le puedo decir.
-¿Viven sus padres?
-Cómo no van a vivir. Mi madre estará ayudando en la cocina con la cena, y mi padre está de viaje. Esta vez no sé de dónde traerá el café.
-¿Cuántos años tiene usted?
-No lo sé. Imagino que diez u once, porque aquí nadie se acuerda del día que nací.
-Entonces, ¿cuándo estuvo de farero qué edad cree que tenía?
-No estuve de farero. Sucede que cuando aparece el día y todo se coloca en su sitio, salgo y me voy al faro. Pero es un a realidad que sucederá cuando pase el tiempo. Presiento que volveré a casa porque estoy convencido que el más sólo es para bañarse, pescar o viajar. Pero no para estar mirándole constantemente.
-Sin embargo, ¿usted lo ha contado como si hubiera ocurrido?
-No le puedo decir lo que ha podido pasar, porque vivo en esta casa con mi familia.
-Doctor, ¿cree usted que podría ser visible?
-A mí me parece que sí.
-¿Qué cree usted qué habría de hacer?
-Dejarse ver.
-Pero eso es imposible, doctor.

Eligio Casalderrey de Sousa tomó una decisión una tarde de lluvia e intrascendente: hacerse visible. Decidió sentarse en su habitación en una silla delante de la ventana. Fue una de esas decisiones que se toman solemnemente y que, no se abandonan, salvo por fuerza mayor. Desde ese día, ocurrió algo que transformó su vida. Su aparición día y noche en la ventana le convirtió en una persona visible. Le devolvió a la civilización. Sin embargo no le curó el insomnio. Se comenzó a hablar de él, como se hace de un río caudaloso, de un monumento. A partir de ese momento, nadie que visitase la ciudad se iba sin ver antes a Eligio en la ventana. Daba igual que se visitase por negocios, por enfermedad, por casualidad o por fe. Las primeras visitas lo hacían alguna que otra persona. Hasta que se fueron sucediendo en mayor número de personas. Y así hasta que llegó el momento que frente a su ventana se concentraban centenares, miles de personas que hacían largas filas para verle, tocarle, dejarle algún presente, o simplemente para hacerle una fotografía. Cada cual le visitaba por un motivo diferente. Quienes tenían que hacer algún negocio pasaban delante de su ventana y le mostraban algún documento, o simplemente se lo decían a voces. Así sucedía que había días para cada caso particular. Y se instituyó el día de los negocios, el día de los turistas, el día de los milagros y el día de las donaciones. El de los negocios constituía un insólito vociferio. Todos cuantos pasaban delante de la ventana contaban a voces sus expectaciones. Así era del dominio público en qué iban a invertir su dinero cada cual. Todo surgió, porque el primero de ellos prosperó, porque se le cayeron los documentos que iba a registrar, y Eligio, el Invisible, lo oyó, e hizo un gesto como de levantarse y mirar. El de los turistas se formaban unas largas colas de personas que vestían con vestimentas variopintas. Todos ellos portaban su cámara fotográfica. Algunos se fotografiaban junto a la ventana, al lado de Eligio. Tanto auge llegó a tener ese día que varios fotógrafos monopolizaron las instantáneas. Sin embargo, uno de los días más especiales y singulares lo constituía el de los milagros. Una fila de tullidos, paralíticos, ciegos, e impedidos esperaban largas colas, durante horas y horas; soportando lluvia, frío, vientos y soles de justicia para tocar a Eligio a quien la devoción popular le había convertido en un santo milagroso. Estos mismos agraciados volvían a ofrecer sus exvotos a Eligio. Se postraban delante de su ventana, encendían velas y rezaban plegarias. La noticia de su existencia corrió como la pólvora. Y en un tiempo corto, las peregrinaciones a la ventana de Eligio constituyeron un problema para la población.
-¿Conoce usted las dimensiones que han alcanzado su decisión?
-No, doctor, no sé de lo que me habla.
-Me estoy refiriendo a permanecer día y noche sentado delante de su ventana.
-Decidí hacerme visible. Y la única forma era que pudieran verme todos para saber que existía.
-Pues ya le han visto, lo saben y tiene usted que volver a convertirse en invisible.

Eligio Casalderrey de Sousa cerró un día la ventana y ya no se produjeron más peregrinaciones. Pero como no dormía y se convirtió nuevamente en invisible, pensó que lo mejor sería salir a pasear cada día al atardecer hasta el risco que dominaba la villa, y desde allí contemplarla. Y así lo hizo. Todas las tardes, sin faltar ninguna, cuando comenzaba a anochecer, se dirigía a paso lento hasta la peña, donde se sentaba y ya oscurecido volvía con el mismo paso lento a su casa. Sin embargo, el propósito pretendido por Eligio no fue tal. Al principio una o dos personas le acompañaban. Así, hasta que una multitud de peregrinos, por tanto una vela le acompañaban. Permanecían esperando hasta su vuelta y le acompañaban en el paseo de vuelta. Constituía todo un espectáculo aquella visión de luces en medio de la oscuridad de la noche que se desplazaban lentamente.
Eligio Casalderrey de Sousa había nacido con ese sino, y cualquier intento de cambiarlo, no provocaba más que el efecto contrario. En un arranque de valentía- porque su padre no era persona muy accesible- , le espetó a bocajarro:
-¿Por qué he nacido diferente, padre?
Era la primera vez en toda su existencia que se había dirigido así a él. Sentía hacia su persona una especie de miedo, respeto y admiración a la vez. Jamás habían tenida una conversación por dos razones: su padre nunca estaba y el hijo era invisible para él.
-Te lo voy a explicar, porque ya es hora que lo sepas. Además de los negocios que me han tenido viajando por todo el mundo. Nunca he soportado a tu madre. A la vuelta de Brasil, la contagié una enfermedad que contraje con una nativa. Y, naciste tú. Por eso nadie te ve. Afortunadamente naciste ciego. Para que no puedas verte tú tampoco.
Esa fue la última vez que Eligio y su padre se hablaron, porque no volvió de un viaje a Filipinas, donde contrajo unas fiebres que le llevaron a la tumba. Sin embargo, aquel día había sido el primero de su vida en el que realmente se sintió visible. Su padre le había devuelto esa condición humana. No sintió tentación alguna de descubrir los motivos por los que la gente, si se ponía en su ventana iban a verle, para fotografiarse con él. Y menos por los que le atribuían milagros. Porque por primera vez en su vida se sentía invisible para él mismo. Desconocía algo mucho más importante: su ceguera. Como nunca había visto, llegó a creerse que era parte de su invisibilidad. Se había curado. Unas cuantas palabras sinceras de su padre le habían convertido en una persona normal. Ya daba igual que no viese. Tampoco le importaba que siguiera siendo invisible para los demás. Ni tuvo en interés alguno en descubrir qué admirarían o temerían quines nunca le veían. Por tanto, ya no tenía sentido alguno ni dejarse ver ni esconderse.
-Doctor, ¿qué cree usted que debería hacer?
-Mi consejo es que desaparezcas.
-¿Cómo? ¿Quiere decir que me esconda?
-No. Eso sería un error. En cuanto se supiese que estás encerrado, nuevamente verían las multitudes un motivo para acudir a este lugar. Me has pedido que no te revele nada y así lo voy a hacer. Has nacido con una desgracia que a ojos de quien te contempla es una gracia, un don que te convierte en un dios. Y esa condición podría ser peligrosa, porque entre esas masas de gente que te sigue hay fanáticos.
-Podía coger el tren de mercancías que lleva ganado y pasa todos los días a la misma hora.
-¿Y dónde irías?
-¿Dónde cree usted que va, doctor?
-Al matadero.
Eligio Casalderrey de Sousa, jamás pensó que aquellos animales fuesen a dar con sus huesos al final de sus días. Siempre creyó en algo diferente, bucólico, romántico. Porque Eligio no veía el tren de mercancías con el ganado dentro. Lo veía a la perfección porque lo olía. Era capaz de adivinar cualquier cosa con el olfato. Ya lo evidenció con el café que le traía su padre a la vuelta de sus viajes. Sin embargo era incapaz de oler tantas cosas. Debería de haber alguna explicación. Porque aquella imagen, sentado en el banco de la escuela a la sombra del árbol, podía verla una y otra vez. Algo le decía que aquello estaba relacionado con su vida.
-Doctor, ¿qué cree usted que puede significar?
-No lo sé. He consultado a compañeros especialistas en sueños y no se ponen de acuerdo.
-Imposible que lo puedan hacer porque no es un sueño, doctor. Pasa todos los días, a la misma hora y en la misma dirección.
La vida de Eligio había cambiado, aunque todo siguiera igual que el primer día. Salvo la nueva inquietud que se había introducido. Desde ese momento, se sentó en la silla delante de la ventana cerrada para meditar. Como tenía todo el tiempo del mundo discurrió todas las teorías más peregrinas que se puedan imaginar. Las fue analizando una a una, de la misma manera que las fue desechando. Las fue relacionando con cualquier posibilidad, aproximación, forma, conexión, materia, principio. Y de la misma manera no encontró nexo alguno. Y así hora a hora, día a día, semana a semana, mes a mes, año a año. Pero no encontró nada. Vuelta a empezar.
-Doctor. Si no encuentro ninguna posibilidad, quiere decir que no existe.
-Puede suceder que no requiera tanta conjetura.
-Que se más sencillo.
-O más complicado de lo que parece.
- Quizá debiera olvidarlo por una temporada.
-Me está diciendo que abandone.
- Estoy diciendo que descanse.
-Pero no puedo descansar cuando hay algo que me atormenta. Hasta ahora no existía más que para unos incondicionales que creían en su propia fe. Aunque ellos pensaran algo bien diferente. Me han seguido en mis paseos nocturnos. He sido invisible dentro de mi casa y en el colegio, donde abría la puerta. No existía hasta que mi padre me habló de la causa de mi condición humana. Ahora que tengo un motivo para explicarme a mí mismo. Para buscar lo que hasta ahora no había habido.

Eligio Casalderrey de Sousa permaneció sentado en su habitación con la ventana cerrada. No dejaron de visitarla antiguos fieles y otros nuevos que se fueron incorporando al rumorearse que estaba algo grandioso por suceder o por venir. Quien allí se acercaba intuía que Eligio estaba dentro. Día y noche acudían de todas partes. Los fotógrafos continuaron haciendo sus instantáneas, ahora con ausencia; pero con el misterio que encerraba la ventana sin abrir. No daba con la solución. Pero Eligio había sido siempre invisible. No tenía tiempo, no tenía pasado, ni presente, ni futuro ; aunque al doctor siempre le aseveró que su empleo de farero estaría por venir. Que sería una ensoñación, porque Eligio era imponme y no tenía sueños.
“He agotado todas las posibilidades, por tanto ha de ser mucho más sencillo”. Eligio Casalderrey de Sousa se tocó la cara aquella mañana aciaga que llovía a mares y todas sus quimeras se solucionaron con un acto tan sencillo y cotidiano como el de llevarse las manos a la cara. “Ya lo sé”. Su cara tenía la forma de la de una res. No había escuchado al doctor cuando se lo dijo: “Van al matadero”.