Cantata escurialense

Cantata escurialense

José Ruiz Guirado

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Ahora sale a la luz este nuevo trabajo, al que titulo Cantata escurialense, con la intención de que pudiera ser cantada. No sé si podrá hacerse. Mi intención no es otra que recoger en versos modernos y libres, que es como se escribe ahora la poesía, todos esos recuerdos y sensaciones que me han acompañado a lo largo de este viaje de mi vida en este lugar, en el que creo –si mi destino no está escrito- que los años que haya de vivir, lo haré en esta tierra. Y aquí he de morirme. Qué mejor cosa, que formar un día parte de esta sierra, en la que me he perdido en busca de níscalos. A la que he pateado, siguiendo el curso del sol. Donde he visto cómo el ampo del copo de nieve teñía las cumbres de un blanco limpio y resplandeciente.O he seguido el curso del arroyo. O me ha mojado la lluvia con sus gotas en forma de don. O la brisa me ha regalado aliaga y tomillo. O el humilde gorrión ha revoloteado a mi paso.

Nací
-según me cuentan-
a las diez de la mañana de un domingo,
en el que nevó hasta metro y medio.
En un hogar humilde,
donde tuve dos cojines por cuna.
Era un febrero gélido,
mas no faltó el calor de unos padres jóvenes y esperanzados,
que no vislumbraban adivinar el misterio incierto que trae un hijo bajo el brazo.
Quizá por eso jamás me acobardó el invierno.
Tuve, en mi pobreza, el mayor juguete que niño alguno imaginara.
Me crié, por tanto, como cualquier niño gurriato,
al cuidado de sus muros.
El Monasterio fue reló y testigo de pueriles algarabías,
besos robados al caer de la tarde
y desangeladas despedidas.
Vine al mundo en estos pagos,
donde tomillo y cantueso me traen recado de amor.
Que vale más un vencejo tonteando en estas Lonjas,
que cualquier rey en el panteón muerto.

Ya quisiera yo ponerle música a estas palabras.
Hacer cantata el verso.
Mas aquí no hace falta:
le da son la campana a tanta piedra dura, a tanto piorno.
Y si esto no bastara,
ya se encargará cualquier gorrión desangelado
de revolotear sobre los portones
que guardan un salmo a buen recaudo.
O ya le pondrá una niña color a los añejos bronces
que se esconden tras siglos y rezos.
O tal vez la brisa cantarina sepa darle amor a la veleta.
En este silencio de piedra,
cualquier noche se adivina el abismo austral que dicta canción a la Historia.

Ya quisiera yo ponerle música a estas palabras.
Hacer cantata el verso.
Mas aquí no hace falta:
Habrá un vencejo que dicte su lección al viento.
Habrá campana que anuncie un futuro esperanzado.
Y habrá una boca buscando el beso de otra boca.
Y seguirá el tiempo tejiendo su ovillo.
Y se hará camino la senda por la que uno a uno iremos yendo.
O tal vez la golondrina peregrina dé recado de ella
para que el pueblo la reciba como suya.

A Ramón de Garciasol

Con su gorra y su bastón,
a la luz incierta de la tarde,
caminaba estas Lonjas.
No le llegó justicia a tiempo.
Mas no puso bajeza a su alegría.
Supo también de estas aporías.
Vio en el Abantos puntual cita con los vientos serranos que traen tomillo,
recuerdos infantiles.
Como cada uno de nosotros,
paseó estas Lonjas de la mano de Mariuca,
su clave del arco,
que le esperó en la otra orilla.
Estos muros añejos le trajeron presencia y compañía.
Y un buen día cruzó con ella al otro lado.
Por aquí vuela su palabra como una golondrina.
Algún niño la pondrá en su cometa.

Llegó la primavera al Jardín de los Frailes:
almendros blancos,
rojo el árbol del amor
y rosas encendidas tras las rejas.
Está el boj arrebatado
y trazan los vencejos alegres vuelos.
Un beso busca otro beso frente a la tapia del huerto.
Y acude el cuco al festejo.
Ya nos regala la jara su blanca flor colegiala,
despierta la peonía
y enseña el cantueso su morada pluma azteca.
Verdea el tomillo,
blanquea la margarita
y la amapola luce delicadas sedas rojas.

Viene limpio aire de Abantos a regalarnos brillo campesino.
Pasean los novios bajo los viejos soportales amores nuevos.
Suena el reló del Ayuntamiento.
Es mediodía: doce campanadas esparce,
en este domingo de sol por tejados y buhardillas.
Hablan los viejos en la plaza de antiguas guerras.
Llevan boinas negras,
camisas blancas.
Hay en sus ojos miradas lánguidas de tiempos perdidos.
Doce campanadas da el reló del Monasterio.
Pasado y presente bajo la luz matinal de este domingo nuevo.

Si bebes, caminero,
agua de estas fuentes,
repara en ello.
Y si lo haces,
bebe al uso: en la cuenca de tus manos.
Mas no te pares a escuchar su queja:
estarás perdido si retienes el lamento
o el susurro del agua arcana.
Ya no podrás olvidar la triste cantata del agua sobre el granito.
Bebe a la luz del día y sigue tu camino hacia el San Benito,
donde el cielo es alto y ya no se oye ruido,
ni queja alguna de fuente.
Y no vuelvas la mirada, caminero.
Tú a lo tuyo,
que este agua embriaga,
no sabes de qué manera.
Si te atrapara,
nunca te soltará su arrullo.

La noche es alta, solemne, abismal e inclemente.
Llega tras un sol arrebolado,
que como un abatido guerrero se retira hacia Peguerinos.
Aquí la noche conoce el oficio de ser noche.
No es una noche cualquiera.
Que se sabe el silencio de todas las horas.
Y como todas las noches del planeta,
pondrá en escena sus estrellas cuando llegue la anunciada hora.
Que aquí las estrellas no son estrellas cualquiera:
son gélidas, distantes, brillantes, metálicas y arcanas.
Brillan los luceros con luz de plata y metálica.
La noche es profunda y añeja.
Se adivina al fondo el San Benito entre tanta estrella metálica.
La noche es una dama vieja, solitaria y negra,
que dicta su queja y su conseja.

Era mi colegio un lugar lejano y habitual.
Calle de Juan de Toledo arriba,
te esperaba el insufrible libro de texto.
Mañanas de lánguidos bostezos.
Un amplio corredor de blancos ventanales
por donde se colaba la luz a raudales.
El maestro al fondo con una bandera,
nos hace cubrirnos con la mano derecha,
en el hombro del compañero de delante
y cantar una canción que nos suena.
Después se oye su voz cascada reñir a un alumno torpe,
que no sabe la raíz cuadrada.
Cuántos días somnolientos oyendo la misma letanía.
Sobre el encerado, un crucifijo
y dos fotografías, una a cada lado.
Habla el maestro de ellos,
como de dos héroes lejanos.
Nosotros, a lo nuestro:
al amor de las moscas que vuelan.

Mientras paseo contigo,
Amanda estudia Ecología bajo la lámpara de luz melada.
Nos sale el gorrión al paso,
que bebe agua en un charco de la acera.
Es una maña clara.
Una paloma se posa en la estatua de Crispín,
Plaza de Jacinto Benavente,
repiquetea el agua en la fuente.
El magnolio está florido.
Y una pareja se besa en los bancos de granito.
Nos cogemos de la mano y nos miramos.
Nostalgias de un tiempo pasado.
Seguimos caminando y ,entretanto,
llegamos de la mano al Monasterio.
¡Tantos recuerdos!
Por aquí volvía yo, como esos niños que ahora juegan,
cansado en brazos de mi padre al consuelo del sueño.
Caminamos por la hilera de losas,
hasta tocar con las manos el tapial de la Galería de los Convalecientes,
donde damos vuelta y regresamos.
Amanda en su Ecología.
Nosotros damos la vuelta por el Parque hacia Carmen Cabezuelo.
Los castaños en flor.
Un turista despistado nos pregunta por el Monumento:
-Lo tiene usted a unos metros le contesto-.
Subimos Floridablanca entre la algarabía de unos niños que juegan.
Ya en la plaza del Ayuntamiento se abre la luz a nuestro paso.
Regresamos del paseo por Las Pozas hasta el Cine Variedades:
que hermoso zigzagueo,
recogido en el lienzo por pintores,
esa antesala del Carmelo.
Mientras paseo contigo
parece San Lorenzo nuevo.

En el alto cielo azul cuelgan cúmulos blancos.
El calor aprieta y se adivina tormenta.
Llovió anoche sonoras gotas gordas.
Como si con saña quisieran castigar la tierra.
Lluvia que echaremos de menos,
cuando el implacable sol de julio seque la lengua que fue río.
Una vivaracha lavandera presagia agua y hasta granizo.
Y si no fuera porque explotó la primavera,
sabe el gurriato que este ave trae agua y nieve.
Grotescos gigantes panziagudos,
con torvos animales pantagruélicos,
insospechados cúmulos,
que ponen fantasía en el cielo.

Torres enhiestas,
cual husos del Guadarrama desafían el vértigo.
El cimborrio en el centro,
majestuoso, solemne, quieto.
Sobre las linternas,
sobrias agujas que rematan en veleta.
Y tanto granito que ahíta.
Asusta tanta armonía.
Parece nave que quisiera soltar amarras,
henchir las velas.
Y con viento propicio,
surcar el mar de piedra.

Miro las Machotas
y veo los pechos voluptuosos de una giganta apuesta,
tumbada en el cerro mirando al cielo.
Hay un fraile de piedra,
que oculto tras su capucha,
la mira lascivo.
Tiene por lecho vetustos robles,
recias retamas y olorosas jaras.
El sol se asoma y ella se arrebola.
Cuando llega la noche,
se baja del cielo un mantón de estrellas y luceros,
con el que se cubre el cuerpo entero.
Y allí está la luna con su luz plateada,
quitándole el miedo.

Hay un viejo roble a la vera del camino de la ermita,
que cuenta sus años con las ramas.
Y de tantas que tiene,
ha perdido la cuenta.
Habrá que preguntárselo al grajo, a la bubilla, a la oropéndola o al mirlo.
Que ellos, seguro, sí se acuerdan.

Berujas, berros, cardo, cardillos.
Brevas, nueces, castañas y almendrucos.
Setas, boletus, avellanas, níscalos,
higos, moras, endrinas, tapaculos,
chupameles, grosellas, paniqueso, lupios,
uvas, peras, nísperos,
albaricoques, limones, membrillos,
manzanas, ciruelas e higos.

Con Abantos me espanto.
Es la cumbre donde uno mira si la nube acecha.
O si el viento arroja llanto.
Abantos toca el cielo, se tutean.
Rocas añejas que otean al llano.
De Abantos la canción del viento.
Tanta piedra.
Tantos siglo advertidos por el sol en su camino.
Con Abantos me espanto.

Sopla el viento.
Este viento que enreda tu pelo al vuelo
o te sube la falda con descaro.
Viento que ruge, cuando airado,
no respeta árboles,
ni repara en daños.
Aquel viento milenario,
que se eleva al azul infinito,
y, en su vuelo da cobijo al halcón, al águila, al mochuelo.
Viento que trae olores cereales.
Viento que esparce la campana al vuelo.

Cae un sol de justicia,
que es verano.
Y la piedra y el piorno ahítan.
Amarillece el San Benito,
se diría de acero,
colgado de los hilos
de un dios pagano,
que castiga sin piedad con su lengua de fuego.
Quién se atreve al desafío de plantarle cara y decirle a sus barbas, ¡basta!
Ha de ser el otoño,
quien le ponga en su sitio,
con sus bronces, sus castaños y sus oros.

A los Terreros acudí con mi novia,
en busca del beso furtivo.
Y nos sentamos,
como tantos tortolitos,
al socaire de miradas censurales,
a robarnos los besos más carnales.
Aún recuerdo los labios fríos,
la respiración agitada,
las manos que se buscaban mientras los gorriones, cómplices,
en las ramas de castaños revoloteaban.
¡Cuánto amor!
¡Cuánta candidez!
Y allí estaba ese carabinero de bronce,
con su fusil en ristre,
que parecía que nos vigilaba.

Si Cervantes viviera,
que era cabal y nada lego;
echaríamos con él unos vinos en La Cueva.
Se sentaría a la mesa a yantar tranquilo: sopa de ajo, morcilla o cocido.
Él, que supo de ventas y mesones.
Él ,que era sencillo;
compartiría pan y plato con todos esos curiosos,
que miran desde la pared de la escalera para saber quién llega.
Y se asomaría al balcón de piedra,
que da a la plaza de las Ánimas por si dama o doncella le requiriera.
Que todo se acaba, compañero.
Bebe con tasa de este vino,
que el cielo ya está ganado o perdido.

Despierta el mirlo la mañana con su desparpajo inmisericorde.
El campo se despereza a una señal sin registros en los anales de la conciencia.
Hay una llamada insomne grabada en no sé qué instinto,
que acude a la cita cada jornada y eleva el campo a don, a grito.
Comienza la sinfonía del día a la señal de los grecotintas guadarrameños.
Todo es nuevo, trino, vida y vuelo.
Yo me quisiera morir con estos acordes sonando:
las cantatas de estos pagos serranos.

A Malagón,
subo yo,
con mi mochila al hombro,
de rondón.
Si subes tú,
cuídate del costarrón,
que se las trae el muy cabrón.
Mas arriba,
abróchate la blusa,
que el frío corta hasta la sonrisa.
A Malagón,
subo yo.
Y vos si le echáis corazón.
En Malagón los dos,
hay Dios.

La jota,
la bota,
la boina,
el pañuelo.

La ermita,
la Virgen,
la abarca,
el romero.

El buey,
la carroza,
el caballo,
el sombrero.

La niña
que baila
al son
del tamborilero.
¡Vámonos de romería,
romera mía!

Se lleva el tiempo los días de la mano para no volver a verlos.
Vuelan como hojas secas del calendario.
Amanece y anochece,
una y otra vez.
Por la Herrería hoy verdecente y viva,
mañana ajada y gélida.
Estamos hechos de días que no tenemos.

A Manuel Andújar

Mientras Marián hace la cena canta una triste canción .
Laura repasa Filosofía,
con ojos cansados de haber leído a Kant y a Ortega.
Hoy es el último día de noviembre.
La noche ya es alta y fría.
Brillan las estrellas con un brillo de plata.
En la calle no hay un alma.
Sólo el fanal ilumina el empedrado de la plaza.
Alguien pasa , habla solo y en voz baja.
Lleva boina y se arrebuja en su bufanda.
Una ráfaga de viento trastea la puerta.
El solitario se aleja hacia Juan de Leyva,
donde saca la llave, abre la puerta y en su casa entra.
Marián sigue con su triste canción
y le pone sonido el aceite que de la sartén salta.
Laura no entiende a Platón, ni a Aristóteles ni a Séneca.
Afuera la noche se asoma a la ventana,
queriendo entrar al calor del hogar.
Pero no puede dejarla, se acostumbraría.
Y, quién sabe qué sucedería.

Sale a mi paso el sol de la tarde,
la luz que reconozco en la solana.
El camino de aliagas, tomillo y romero.
Los pinos verdes con sus ejércitos de espadas.
Al fondo, ya la nieve galana Navacerrada.
Cae la hoja de canela sobre los primeros cólquicos tímidos.
Viñas de bronce y carmín,
ya huérfanas de uvas.
Da la campana su recado de amor sobre la niebla insomne
por si una fragata no viese la luz del cimborrio.

Está la piedra acostumbrada a que el musgo la habite.
Huele el campo a heno.
Varía la luz a medida que el sol traza su curva.
En el aire quedo de la tarde serrana se hace el silencio pulcro.
Se oyen voces imprecisas en la lejanía,
repiques de cantero , un eco añejo.
Como si un son se hubiera quedado dormido en estas Lonjas
para que el aire repita sin rubor la queja del cincel y del martillo.

Brillan los luceros con luz de metal y espanto.
La noche es profunda y oscura.
Se adivina al fondo el San Benito entre tanta estrella metálica.
Espera el valle la luz vespertina:
El milagro del día que se hace con agua, barro y cielo.

No sé si a estos versos se le podrá poner canción.
Ni sé tampoco si alguien puede que la cante.
Tampoco importa demasiado.
Habrá un vencejo que dicte su lección al viento.
Habrá campana que anuncie un tiempo nuevo.
Y habrá una boca buscando el beso en otra boca.
Y seguirá el tiempo tejiendo su ovillo.
Y se hará camino la senda por la que uno a uno nos iremos yendo.
Dejo esta cantata al recado de la golondrina peregrina
por si quiere cantarla al sol de la tarde.