Marín

La peste se cebó con toda su saña sobre la población. No había lugar a dudas: el lazareto había sido la mecha que encendió la pólvora. No fue suficiente la cuarentena. Como acertadamente apuntó el médico de la plaza, a quien nadie quiso oír por sus conocidas extravagancias: “No dejen ustedes que atraque barco alguno en el puerto”. Pero pesaban más los intereses de los comerciantes que las medidas profilácticas que deberían de haberse tomado. “Quienes nos van a perjudicar no van a ser quienes están recluidos en la lazareto, sino los familiares que vienen a visitarles.” Ningún diputado de la Asamblea le prestó atención, incluso quien desde su responsabilidad sanitaria debería haberlo hecho. En el malecón del puerto se sucedían los ataúdes construidos con simples tablas. Algunos sacaron en procesión a San Roque y a San Sebastián. Pero ya no había remedio. La población que subsistía enterraba a los que no lo hicieron. Y quienes no tenían a quien enterrar dejaban la población a lomos de mulas o en viejas carretas. Quien tenía posibles se embarcaba hacia las Américas. Dos vapores lo hacían con escala en Cádiz. El grumete Avelino se embarcó en uno de estos vapores. Aunque aquí no lo hizo como marinero de su clase; sino como polizón. Había sido el único de su familia que había sobrevivido a la peste. La idea de embarcarse fue amasada entre él y un amigo de correrías infantiles: el mancebo de la farmacia de la villa, con quien pescaba calamares cuando bajaba la marea, con un cebo que daba excelente resultado. Se trataba de la masa que preparaba el farmacéutico para curar la lombrices. Un producto que saltó las fronteras provinciales por su eficacia. Los dos sufrieron las mismas desgracias y los dos idearon buscar nuevos horizontes. Fueron descubiertos a la altura de Lisboa y obligados a realizar labores, ahora sí, del oficio del grumete Avelino. Tras una accidentada travesía, en la que se cruzaron con dos feroces galernas llegaron a su destino. El capitán del barco se apiadó de ellos, sabiendo el motivo que les obligó a embarcarse y, no quiso entregarles a las autoridades americanas.
No tuvieron dificultad para emplearse como estibadores en el puerto. Julio, el compañero de viaje de Avelino, pasados unos años, dejó el puerto para dedicarse a lo que le convertiría en el futuro en el brillante periodista que hoy nos cuenta con nostalgia y cariño los avatares de su compañero de viaje.
Avelino nació una noche en la Casa de Baños donde trabajaba su madre. Su padre era el jefe de máquinas de uno de los vapores que hacía escala en Marín, donde permanecía hasta la vuelta a América. Por aquella época celebraba la villa vistosas fiestas con bailes en la plaza. Allí conoció a la madre de Avelino, con quien tuvo una hija. Como el mecánico era de color negro y no estaban casados, decidió llevarse a la hija a su país para no comprometer a la mujer. En otro de los viajes nació Avelino; pero como él nació con la piel blanca se quedó con su madre. El mecánico no volvió jamás y la madre de Avelino rehizo su vida casándose con un marinero de la villa. No tuvieron hijos y los dos fueron víctimas de la peste. Desde que Avelino tuvo uso de razón acompañó a su padrastro en las tareas del mar. Era una época en la que oficio y respeto iban de la mano. Hasta el punto de que un marinero no se atrevía a fumar delante del patrón sin su consentimiento. Avelino hacia las funciones del “chaval”, que debería de ser algo así como el último del escalafón de la marinería antes de llegar a grumete. Limpiando las dornas, o calafateando fue aprendiendo el oficio y oyendo las canciones marineras que hablaban de su pueblo. “Eu de Marín ausenteime”, cantaba con toda pasión mientras cargaba las cajas de pescado en el puerto americano. Yo apenas lo entendía, porque no sentía esa pasión por la tierra ni por un idioma que no había oído en mi infancia, porque mis padres eran castellanos. Pero él me lo traducía: “Yo de Marín me ausenté”. Aunque me decía:
-Es mejor que lo oigas tal como lo canto.
Y llevaba razón: no hacía falta entenderlo, sino oírlo con el corazón. Amaba a su tierra lo mismo que se ama a una mujer, a una madre. De hecho, al no darle su padre el apellido, él lo tomó del lugar donde nació: Avelino Marín Castiñeiras; el segundo, por la madre. Se trajo a América un escudo de la población que llegó a robar del ayuntamiento y, que a punto estuvo de costarle un disgusto. Y un grabado antiguo del puerto marinero, donde puede apreciarse la Casa de Baños donde nació. En el cuello llevaba colgado una figa, que es amuleto que llevaba siempre su madre para protegerla en cualquier adversidad. A lo largo de mis viajes como corresponsal por todo el mundo, pocas veces he conocido a alguien con tanto arraigo a su país, teniendo en cuenta que cuando Avelino y un servidor nos embarcamos para América, ninguno de los dos habíamos cumplido los catorce años. Otra cosa bien diferente es un emigrante que ha de dejar su tierra, habiendo vivido en ella toda su vida. Avelino era inteligente, capaz y obstinado. No había nada que no quisiera hacer que no lo consiguiera. Después de unos años trabajando en el puerto de Anchorage, en el sur de Alaska, se propuso aprender a leer y escribir; teniendo en cuenta que había de hacerlo en un idioma desconocido para él. Pues lo hizo. Y una vez hecho, se puso a estudiar. Así hasta que consiguió licenciarse en Sociología. Pero no contento con este éxito, consiguió la cátedra en la Universidad de Boston, donde impartió clases de Ciencias Sociales Aplicadas. En la Universidad conoció a una profesora con quien se casaría años después. Una vez que Avelino se realizó como persona, sabía que en el camino había dejado algo a lo que a su edad ya era imposible anhelar: le hubiera gustado ser padre. Pero sabía que aquellos logros habrían de dejar otros en el camino. Conoció a una profesora peruana. Después de un tiempo de relación, decidieron vivir juntos. Ella también era consciente de no poder darle hijos a su edad. Pero por esas casualidades de la vida, se encontró con dos alumnas en su clase que habían perdido a sus padres en un accidente. Marina, que así se llamaba la futura esposa de Avelino, se interesó por las muchachas. Y, puesta en contacto con sus familiares les propuso la adopción. Tanto familiares como las propias alumnas estuvieron de acuerdo. Faltaba contar con Avelino, porque había un inconveniente. Una de las hermanas era de color. Avelino sentía repulsa, no por el color de la piel, sino por la faena que le hizo su padre, abandonándoles a su madre y a él. Sin embargo, una vez que conoció a las muchachas, su carácter extravertido, su bondad y su simpatía; no hubo por su parte rechazo alguno. Más bien al contrario: el ver realizados todos sus sueños. Iniciaron los preparativos para la adopción de las muchachas y la consiguiente boda. Qué mejor ceremonia con sus hijas como testigos. Se personó en la comisaría próxima porque necesitaba obtener certificado penal que no le inhabilitase para la adopción. Realizados los trámites fue llamado a los pocos días, porque habían surgido algunos inconvenientes. ¡Cuál sería la sorpresa de Avelino, cuando le comunicó el policía que le atendía que estaba en situación de indocumentado! Avelino no entendía qué le estaba contando aquel funcionario. Y el problema no acabó ahí; lo peor estaba aún por venir.
-Está usted indocumentado y, he de detenerle hasta que el juez que atiende el caso decida la expulsión o no del país. Resulta que cuando llegó usted al país era menor de edad. El contrato de trabajo que le hicieron no tiene valor legal alguno. Y el problema es que toda la documentación que ha ido usted obteniendo ha sido sobre un documento ilegítimo. No le sirve por tanto ni en sanidad, ni le sirven las titulaciones académicas obtenidas, ni le sirven la nacionalidad obtenida. No me pregunte usted cómo ha podido ocurrir a través de tantos años. Posiblemente nadie haya reparado en ello, porque se ha dado por válido el original contrato de trabajo. Tendrá usted que permanecer aquí hasta que se persone el juez que atiende este caso.
Avelino no se creía lo que estaba pasando. Aquello más bien parecía una pesadilla de la que no se despertaba. Después de haber pasado toda una vida en un país, tiene que abandonarlo a la vejez por un documento. Coincidió aquel contratiempo con la llegada de la Navidad. Eran las vísperas del día de Acción de Gracias. El policía, que era un buen hombre, se hacía cargo de la situación de aquella persona, a la que las paradojas de la vida le habían colocado en aquel brete. No había nadie aquella noche en la comisaría y tuvieron tiempo para conversar. Avelino le contó todas las peripecias de su interesante vida, como era natural, la pasión que aún sentía por el lugar que le viera nacer. Aquella misma noche, se presentó en la comisaría la madre del funcionario. Venía a cenar con su hijo aquella noche tan señalada. El hijo le contó que había un hombre encarcelado a quien podrían expulsar del país, por un trámite burocrático.
- ¿Es una persona peligrosa? –le preguntó la madre al policía.-
-Ni mucho menos, es un catedrático de la universidad.
-Podría cenar con nosotros en una noche como ésta.
-Voy a preguntarle si le apetece.
-¿Quiere usted cenar con nosotros, don Avelino?
-No se moleste usted. He oído que es su madre. Yo no quiero importunarles.
-No, no. Será un placer cenar con usted.
El policía le presentó a su madre al detenido. Y se sentaron a cenar juntos. No se habló mucho durante la cena. Ya en la sobremesa se había roto el hielo.
-Me ha contado mi hijo someramente lo que le retiene aquí.
-Ya ve usted que asunto más rocambolesco. Y todo por un simple papel. Llevo aquí toda mi vida. A estas alturas me puedo ver en la situación de irme a no sé dónde.
- Me ha contado mi hijo las vicisitudes que hubo usted de pasar para llegar hasta donde lo hizo. A mí personalmente me parece una vida digna de alabanza.
- Fíjese usted que iba casarme y estábamos a punto de adoptar a un par de muchachas que se han quedado huérfanas.
-¿De dónde es usted?
-Ahí le has tocado la fibra sensible a este señor –interrumpió el hijo.
-¿Por qué dices eso, hijo?
-Este señor, que abandonó su pueblo siendo niño, siente por él verdadera pasión.
-Debe de ser un lugar fascinante.
-Soy de Marín, un pueblo pesquero del litoral español.
-No lo he oído nunca.
-Mire, llevo en mi cartera una fotografía que debe de ser centenaria, porque ya la tenía mi madre en su juventud. Esta Casa de Baños que se ve aquí, es donde nací.
Al ver la señora la fotografía se puso pálida. El hijo, que conocía bien a su madre, le preguntó.
-¿Le pasa a usted algo, madre?
-No, hijo, ha debido de ser la cena. No estoy acostumbrada a cenar tanto. Ya es tarde. Prefiero irme a casa no sea que te esté entreteniendo demasiado en el trabajo.
-Ya sabe que no.
Avelino también se percató de la situación.
-Señora, parece que hubiera usted visto un fantasma en esa fotografía.
La mujer no pudo reprimir la emoción y se echó a llorar desconsolada.
-¿Qué le sucede, madre?
-¡Ay, hijo!
-¿Qué es lo que pasa?

- Que yo tengo en casa una fotografía exactamente igual a la que me ha enseñado este señor.
-¿Y cómo puede ser eso?
-No me lo puedo creer. La fotografía me la dio mi padre poco antes de su muerte. Viendo que le llegaba su hora me llamó a solas. Me pidió que le perdonara por lo que tenía que contarme. Mi padre era el jefe de máquinas de una compañía marítima que hacía la ruta desde Anchorage hasta Europa, haciendo escala en Marín, en este pueblo costero español, donde repostaba para volver recogiendo allí el pasaje. En uno de sus viajes, conoció a una mujer. A la vuelta había nacido yo. No quiso comprometer a aquella mujer que estaba soltera con una hija de color. Me trajo con él. Y, hasta hace unos años no sabía nada de esto.
Avelino se casó, adoptó a las dos muchachas y conoció a su hermana mayor y a su sobrino. Al poco tiempo de estos sucesos, Avelino presintió que le llegaba la hora de dejar este mundo. Pidió a los suyos que le enterrasen en Boston.
-Ya tengo aquí, conmigo todo el Marín que había perdido.