Huelga indefinida

QUIZÁ sea hoy un buen día para escribir. Puede que no. Parece que la niebla fría que se filtra por las rendijas de puertas y ventanas ayudara. Empero, nada tiene que ver. Se escribe porque hay algo que contar. En mi caso, para resolver algunas cuitas con algunos fantasmas que ha tiempo me acucian. Pero no fantasmas que me persigan por obra o acción que haya cometido. En ese sentido estoy limpio y libre de culpa. Son otros fantasmas que me persiguen, porque pretenden ser protagonistas de lo que escribo. Sin embargo, me resisto. No me agradan. No quiero que estén ahí. Por otra parte, tanto insisten, que quizá haya de plantearme el motivo de su insistencia. Igual estoy equivocado y me confundo. Si tanta insistencia, será por alguna razón. Puede que mi cerrazón se deba a que busco asuntos diferentes, incluso buenos, modositos, callados. Estos no tienen pelos en la lengua, ni se avergüenzan de nada. ¿ A ver si me estoy convirtiendo en un blando, en un pusilánime? No hay motivo alguno para pensar en ello. Mis personajes son tomados de la calle, de la sociedad. Algunos son tiranos, déspotas, canallas. Otros son personas a las que la vida les ha colocado en un callejón sin salida y han de defenderse con lo poco que tienen o pueden ,y, ni con eso. Otros son ganadores natos. Hay mujeres y hombres perdidos. Incluso quien ha puesto su vida en juego, su futuro por una causa. Algún hombre y alguna mujer buena, con sentido común y con los pies en el suelo. Artistas, bohemios, políticos de casta a quienes no les han podido comprar ni con el miedo. Vulgares rateros, presidiaros, locos, ilustres próceres…
En definitiva, cuantos aquí pasan sus días. Pero entre estos, hay quien levanta la mano constantemente para llamar la atención. Quien quiere estar el primero en la cola, sin más mérito alguno que el querer ser protagonista. Porque tampoco han madrugado para coger sitio, sino que han tenido la habilidad (la cara dura ) de colarse cuando los demás se han despistado. Si les va a dar igual. Soy yo quien los va a elegir por mucho que insistan. También hay algunos que prefieren el anonimato. No porque sean personajes grises, anodinos; sino todo lo contrario. Están un poco hartos, porque los autores suelen elegirlos con frecuencia. “Oiga, déjeme usted en paz. Ponga a esa tonta de ahí que está loca por la música y le va a dar más partido que yo. Además, no ve que estoy echando un cigarrillo.” Acaba uno aborreciéndolos. Tampoco sería justo, porque ocupan su lugar. El problema que tenemos algunos autores, es que nos gustan las personas reales. Y no esos figurines que eligen. Los busca uno entre las gentes con las que se cruza en una calle y no las encuentra, porque no existen. Al final, no va a ser este un buen día para escribir, pese a la niebla. Porque hasta ahora no he conseguido ponerme de acuerdo a quien voy a rescatar para ponerle en primera línea. Y así las cosas, sería mejor dejarlo para otra feliz ocasión, aunque luzca un esplendido sol, o incluso llueva torrencialmente. El problema que tengo, es que no se van a estar quietos, ni callados hasta que no consigan su propósito. Esta vez lo siento, pero no hay opción. Claro que, igual se toman la justicia por su mano, y el día que los necesite me dan plantón. “Pero vamos a ver, oiga. ¿No es usted el autor, el creador? Pues cuando le venga en gana, los pone a vivir” En eso lleva razón. Estoy aquí mareando la perdiz. Me voy a tomar un café. A que me dé el aire, que me parece que el humo de la leña me está afectando. “¿Y dónde guardo a tanta gente? En cuanto cierre la puerta, se marchan. Pues que se marchen. A ver quién va a cargar con estos pesados. Mejor no me voy, por si acaso. “Oiga, se va usted por esa puerta o le hacemos una huelga indefinida.”