Pienso en voz alta
NO resulta sencillo, ni cómodo hablar o recordar tiempos pasados, en los que las cosas no fueron como uno quisiera que fueran. Aunque el tiempo cura y cierra todas las heridas, el problema son las consecuencias- los daños colaterales- (que se emplea ahora con cierta frecuencia). Es cierto que uno no tiene la potestad de nacer en ésta o aquélla familia. Empero, esa circunstancia tiene mucha importancia. Especialmente en lo que concierne al corazón. Porque, las familias en las que a pesar de las dificultades de las relaciones, a la hora de la verdad están ahí en los momentos en los que hay que estar; es lo que cuenta en definitiva. Y ese aspecto, en mi caso particular, se echa mucho de menos. Ya se estará notando, por el tono empleado, que la familia en la que nací, no era precisamente como a la que nos estamos refiriendo. Tampoco tendría estar hablando ahora de ello, cuando ya no quedamos más que dos miembros vivos. Y, sobre todo porque ha pasado la vida. Estoy jubilado. Me arrepiento de haberlo hecho, porque creo que he envejecido. El contacto con los alumnos, con los demás profesores. Las conferencias. Todo ha quedado atrás. A pesar de seguir trabajando, investigando. Sin embargo, parece como si se hiciera desde fuera, cual espectador. Me encuentro bien y podría haber mantenido esa llama viva. La única ilusión que me queda es Amelia. Si bien es cierto que en unos años desaparecerá. Ella no sabe que lo sé. Tiene un amante. Tampoco se le tendría que llamar así, porque no es mi esposa, ni mi compañera; sino una persona que vive conmigo porque ha de acabar su tesina. Es natural, yo soy un viejo y ella es una mujer joven por la que fluye la sangre con toda su fuerza. Cuando acabe se irá y yo seguiré aquí con mis rumias. Es curioso, pero a esta edad están más vivos y presentes los recuerdos de hace seis o siete décadas, que lo que acaeció ayer por la tarde, incluso lo que cené anoche. Tampoco sé a ciencia cierta, por qué me han venido hoy estos pensamientos. Como si el subconsciente lo trajera a colación por alguna razón especial. ¿Será que me están esperando? No creo que tuviera tanta mala suerte, para encontrarme con ellos toda una eternidad. Soy un creyente sui géneris. Mi credo, mis dioses son particulares. Mi fe también difiere de la del resto. Y estas cosas de continuar fuera de aquí, no lo veo claro. Más bien pienso que se vuelve a empezar en otro lugar, sin recuerdo alguno de lo que hubo antes. Lo que sí he tenido claro, desde que tengo uso de razón, por tanto, no ha habido ningún condicionante cultural, de conocimiento, de formación humanística que me haya influido; ha sido el último tránsito de esta vida a la otra: no puede ser doloroso. No hablo de la antesala, de la enfermedad. Lo hago del salto definitivo, cuando llega ese instante en el que uno deja de ser, de vivir; en el que todas las funciones vitales se detienen y pasa uno a ser un muerto. Ese trámite, creo a pies juntillas, ha de ser amable, dulce y sosegado. Espero que cuando llegue la hora no me falle. Otra cosa diferente, es que uno pueda recordar toda su vida, con las personas que ha vivido, los lugares que ha visto y los hechos cometidos. Ahí sí creo que debe de ser triste, doloroso. Porque ya no se va a volver a ver. Pero en un tiempo volverá a parecer otra vida, otros paisajes, otras personas. No quería hablar de estas cosas. Han surgido libremente y, de la misma manera hay que dejar que fluyan. Así es como se ha de hacer con los pensamientos: vienen y van, sin que se le ponga obstáculo alguno. Otras veces acuden pensamientos alegres, emotivos. Puede que se hayan asociado con los desafortunados recuerdos familiares. Como son asuntos que se nos escapan a nuestro raciocinio, mejor dejarlos estar, porque nos causarían quebraderos de cabeza innecesarios. Habrá alguna razón lógica por la que estos pensamientos y no otros se han liberado y han pasado a formar parte de mi realidad. Ya se verá, que las cosas no suceden porque sí.