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Bajarse a la arena

Domingo, 21 de Febrero de 2010

José Ruiz Guirado

CUANDO alguien escribe en un medio de comunicación para informar o explicar, debería –ya se da por hecho la profesionalidad, con todo lo que conlleva- atender a un supuesto juramento. Hablamos de transparencia, imparcialidad y veracidad. Llegados a este punto, uno cree que es está pidiendo la Luna. ¿Quién se baja a la arena y suelta por esa boca? Imposible. Además, eso lo saben muy bien los abogados, las variantes sobre un mismo tema pueden ser infinitas. Depende de la información, la preparación, los credos políticos y de quien pague. Aludía a los abogados, porque cualquiera se puede preguntar, cómo es posible que se pueda defender y dar la vuelta a la tortilla en casos tan flagrantes. Pues así es. El criminal más abyecto puede parecer la persona más honorable si la habilidad de quien pueda mostrarlo de esa guisa, lo consigue. Y mientras que no se demuestre lo contrario, está en su justo derecho. Eso se ve muy claro cuando hay un enfrentamiento, incluso visceral, entre distintos contertulios, ante un asunto que introduce el moderador. Cómo es posible. Lleve usted a un bosque a un ingeniero, a un carbonero y a un paleontólogo. Cuando les pregunte qué han visto. Comprobará que han estado en lugares diferentes. Además de estos diferentes puntos de vista, está la verdad, y sobre todo la libertad. ¿Se es libre para decir cuanto se quiera? Esa es la esencia de un sistema de libertades, en el que este poder ejerce su mandato, a diferencia de los sistemas totalitarios, donde la información que se produce es la que se dicta desde el propio sistema. No creer en ello, sería como no aceptar la propia democracia. Y ahí están constantemente denunciando. Es bien sabido lo sucedido con Nixon. Gracias a los medios de comunicación hay más luz en el mundo (para llamarlo de una manera poética), más transparencia. Pero aquí de lo que se intenta hablar, es de la postura tomada ante un mismo asunto. Por qué, por ejemplo, se habla a medias, ocultando algún dato interesado o añadiendo de su cosecha propia. Esto se comprueba, cuando alguien introduce elementos diferentes que desvirtúan o da la vuelta a la situación. ¿Se está aquí diciendo que quien escribe obedece a la voz de su amo, y carga las tintas según convenga? Más claro, que se miente. No, no se está diciendo esto. Vamos a poner un ejemplo práctico, ahora que estoy inmerso en el siglo XVI. La mayoría de los nobles de los Países Bajos (Lamoral, conde Egmont, Guillermo de Orange) estaban indispuestos hacia la política de Felipe II. Se mandó a Egmont a España a negociar con el rey. Éste le hizo creer que sus propuestas habían sido aceptadas, para lo que anunció la concesión de favores personales (el señorío de las ciudades de Bravante, Ninove y Enghien; además de honorarios, de unos 50.000 ducados). Concedidos éstos, se le recomendó mantener el ejercicio de la religión católica. Ya en Bruselas –sin llevar ninguna decisión por escrito- dio parte al Consejo de Estado, para que bajo su supremacía se relajase las leyes para con los herejes. Esta orden fue desacreditada inmediatamente por carta, por el rey español, con el consiguiente descalabro y desprestigio para el conde. A pesar de esta tomadura de pelo en toda regla, el rey español se mostraría inflexible en cambiar las leyes contra le herejía. Quién iba a salir a la palestra a manifestar ,con pelos y señales, la jugarreta española. ¿Se miente, cuando alguien saca sus dardos? Se hace política. Se gana tiempo, como la referida anteriormente. El problema, es que se vive en constantes elecciones. Y habrá que marear la perdiz entretanto, que así se le podría llamar a esta figura literaria, ya puestos, ¿no?