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San Lorenzo

Jueves, 18 de Febrero de 2010

José Ruiz Guirado

LAS ciudades y los pueblos, además de cómo son, y de cómo cada cual los ve; lo son también por lo que de ellos se dice, se imagina o se sueña. Algunos no necesitan empujón alguno. Estos son los elegidos por el destino, por la Historia, por la Geografía, la Ciencia o el arte. Otros, son de esos que cuando se nombran, se pregunta: ¿Y eso dónde está? No sé si lo hice antes, creo que en alguna publicación, estando lejos. Con las perspectiva de la distancia o de la nostalgia. Hoy quiero hablar del mío. Aunque en este caso, todos los santos ayudas. Nombrarlo ya es más que suficiente para ver la solemnidad de su estructura, el equilibrio de sus líneas. Al lado hay una comunidad de gentes; un pueblo relativamente nuevo. Quiero advertir que tenía más encanto –ésta es una apreciación personal- cuando aún no se había incendiado el monte de Abantos. Cuando había menos viviendas en sus laderas. Cuando existía el cine Variedades. No quiero decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. No. Pero sí que, cuando se pierden referencias, valores; no se adelanta, se retrocede. Hay un lugar emblemático, de referencia; no es otro que los soportales. Lugar de encuentro, paso y cita. Conocida como Casa de las Columnas, encargada por Carlos III al arquitecto Juan de Villanueva para que sirviera como manzana de tiendas. En la época en la que el autobús de línea tenía allí su parada y salida –además de en la calle de Floridablanca, ya a la altura de Leandro Rubio; era lugar común y centro neurálgico por su proximidad al hospital de San Carlos. Conocido en la actualidad por el de “La Alcaldesa”. El seis de noviembre de 1943, con el nombramiento de Doña Carmen Polo de Franco, de Alcaldesa Honoraria del Real Sitio; se produce el cambio de denominación. O al propio Mercado de Abastos, o El Repeso, nombre del callejón situado entre el Mercado y el Cuartel de Inválidos. Cuando no, al Cine Variedades. De lo que hemos hablado aquí ,y podríamos seguir haciéndolo, no deja de ser el resultado de escudriñar en los papeles, que también es necesario; pero se pretendía hablar de esas luces, esos colores, esos sonidos, esos sabores, como el de la morcilla o la sopa de ajos, tomados con un vino tinto. Estas tardes frías, cuando cruza uno la plaza de Jacinto Benavente y se cuela el aire frío por todas partes. O por el contrario, las noches de estío, con el olor de los magnolios o los olores seminales –tomillo, aliaga, romero, cantueso-, que trae la brisa desde el monte. Luces y penumbras. Voces conocidas. Domingos luminosos. Tardes de cine y de paseo, antes que Pedro Martín convirtiese el Cine Lope de Vega en Coliseo. Otoños familiares en busca de níscalos en el pinar. Días de fiestas patronales, con bailes en la plaza, pasacalles a las mañanas y gigantes y cabezudos recorriendo las añejas calles al son del tambor y la dulzaina. Las campanas del reloj del ayuntamiento marcando las horas de la vida. El bullicio en el Mercado de Abastos; la esquela de un difunto, o la alegría y el revuelo de los niños delante de la puerta de la parroquia que esperan al padrino del bautizado que eche la mano al bolso. El tío Colillas, con su saco al hombre y su pincho en la mano recogiendo del suelo su mercancía. Los muchachos intentando ver los pecho a Juanita en el Quiosco de golosinas. Antoliano dirigiendo el tráfico con su seriedad acostumbrada. El carrillo de los helados en los Canapés. Mediodías de chatear y gastar la broma oportuna a Mariano Borrachín. Escapadas a los Terreros a robarse los novios los últimos besos de la tarde. Los frailes arrastrando las sotanas por las Lonjas camino del seminario. Las procesiones de Semana Santa, con los Viernes Santos de agua y nieve. Los chavales vendido por las calles el Semanario Escurialense para comprar las entradas al cine de los jueves, con sesión doble. Los partidos fútbol en el campo de los Pinos. Las meriendas familiares en Zarco o en la fuente del Horizontal. Las despedidas del verano en la Herrería bailando jotas y rondones. Ese el San Lorenzo que siento.