Tiempo de regreso

José Ruiz Guirado

 

CADA que la rueda de la vida gira y trae con ella el otoño, no puede por más que recordar a Álvaro Cunqueiro (autor a quien profeso admiración). Decía que es tiempo de regreso: volvían las tormentas, las mareas vivas. Y no sé por qué, esta noche de cielo cubierto se me ha venido también a la memoria el poeta (Friedrich Hölderlin, con su obra “ Der Archipelagus”, El texto, que nos evoca y transporta las islas griegas, de factura impecable, escrito a principios del siglo XIX. Europa se debatía entre la dicotomía de  enterrar al feudalismo y sumergirse en los vericuetos de la ilustración y su símbolo expansivo que no sería otro que  la figura de Napoleón Bonaparte, a quien Hölderlin, como Hegel y tantos otros, admiraba sobremanera.) Estas cosas que vienen y van, nos remontaría a la encrucijada del año 480 antes de Cristo, cuando Persia pudo hundir lo que conocemos como génesis de la cultura occidental. Esta noche de cielo cubierto, sólo el recuerdo de una gaviota, que no sobrevolará este mar de piedra. Me he acordado también (bien parece ésta, noche de regresos), hablando  de estas piedras, del pintor Abascal: supo darle vida, materia y misterio, a las que en estos lares el oficio del tiempo supo moldearlas su impronta. Y no es regreso; sino partida lo que nos ocupa. Decía el amigo Jesús Sainz de los Terreros, en su “Blog”, que la Romería cierra el verano. Y se abre el otoño con la aparición de los primeros cólquicos, las primeras lluvias. (Ayer nos enteramos que se fue de la vida política, quien fuera presidenta de esta Comunidad. Se han dicho unas cosas y otras no se han dicho. Lo que parece claro, que no lo dejó claro, es que han prescindido de ella, habiendo llegado su partido al poder. De muchacha, estudiante de Derecho, jugaba al golf, deporte en el que se maneja con tanta soltura como en la dialéctica política, en el nuevo campo de golf de la Herrería, de San Lorenzo el Real del Escorial). Como estamos en directo, hubimos de hacer este inciso. Y nos volvemos a la otoñada. Que como trajimos a colación a un pintor que nos abandonó; vamos a hacerlo con alguno más. Siendo muchacho, se hospedaba en el Hotel Miranda un pintor, ya mayor. Lo hacía dos veces al año:  otoño y primavera. Tenía una furgoneta blanca. Cargaba en ella los útiles para pintar y reproducía, según la estación, los árboles de la Calleja Larga y de la Casita de Abajo: almendros floridos, o cromáticos tonos de las hojas en otoño. Más de una tarde hemos bajado caminando con el poeta Ramón de Garciasol (Miguel Alonso Calvo) hasta la finca del Castañar, en la Herrería, y le enseñaba a mi hijo el milagro de los estuches que conservan las castañas. Llega el otoño en este lugar del mundo, en el que los bosques se llenan de oros, malvas, ocres, marfil, marrones, tierra, malva, plata…Y los cielos de azulblancos contrastes. (Que aunque no fuera así, brilla más el humo en la tierra de uno, que el fuego en la ajena). Hubo otro pintor en San Lorenzo, Pedro de Castro, que en su técnica pictórica tan particular, supo ver esa infinita cromática. Y otro más (amén de Manolo Dimas, Patricia Gadea, Juan Ugalde, Bernardino, Corialguez, Pardito, Alfredo del Moral…), Eugenio Cristóbal. No se me ha olvidado la imagen de un suceso que le ocurrió, siendo a la sazón alcalde de Madrid, el profesor Tierno Galván, que inauguró una exposición de pintura en los patios de la Casa de Cultura de San Lorenzo, en la que participó lo más granado de la pintura local, junto con autores como Manolo Calvo, Delgado, Viola… El propio Calvo, expuso una escultura de un hombre, sin faltarle atributo alguno, del mismo material con el que se hacen los maniquíes para los comercios de ropa. Acabada la muestra, hubo de ir Eugenio a por la escultura. Y no había otra forma de llevarlo, que en la baca de un taxi. Se dio la coincidencia de que al llegar a la altura de la parroquia, camino de su casa, hubo de parar porque había un entierro. Coincidieron el ataúd que sacaban de la iglesia para dar sepultura, y el taxi con el hombre encima, que además lo llevaban supino, para que no se deteriorase el miembro viril. Quiere uno imaginarse lo que pasaría por la mente de cuantos allí había: es una imagen para la historia de la villa. Las cosas nunca son como empiezan, sino como acaban. Gira la rueda y nos trae nuevas.