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Explicaciones, pocas

Martes, 2 de Marzo de 2010

José Ruiz Guirado

LLEVA razón un amigo cuando dice que en política, quien explica pierde. Y un servidor añadiría, que no solamente en política. Las cosas, si hay que hacerlas, se hacen; si fuera necesario se explica, pero no demasiadas, que siempre habrá alguno que diga, yo la vi primero. Los editoriales y los artículos de opinión de los periódicos tienen esa función y, aun así, no sabe uno a qué atenerse. Porque cada cual lo cuenta como le va en la feria. O sea, que lo iba a ser puesto en claro, se convierte en un alegato, una postura, hasta un compromiso. Usted lee, verbigracia, uno de los que escribe Pérez- Reverte, el propio Ferrín (lástima que su compromiso con la Academia de Galicia nos los haya privado todos los lunes)y, los pone uno, no en frente; sino al lado de otros y la cosa explicada no tiene nada que ver la una con la otra. Entonces, el lector, que no es tonto, espulga y se queda con lo que le interesa. Porque ambas partes le han puesto en la pista. En eso Torrente era muy cuco: un sí es no es. A un servidor cuando le dicen: me ha costado. Nos hacemos cargo, pero tampoco consiste la cosa en que se dé todo hecho. Ahí tienen ustedes a Felipe II (qué coñazo está usted con el siglo XVI), ejemplo de castellano: austero, desconfiado, callado. Luego vendrían los ingleses y nos pondrían en el mundo como charangueros y pandereteros. Cuando no era así la cosa. Es lo que digo: dan unas explicaciones y ponen al español como lo que no es. Lo mismo que cuando escucho algún gallego, denominarse “galleguiño”. Oiga, con eso qué gana. No tiene usted que dar explicación alguna, que luego vienen lo malos entendidos y pasa como con lo de la pandereta; que le toman por lo que no es. Nunca escuché a mis suegros decir nada semejante. “Eu son de Lérez”. “Eu son de Carballo”. Y quien necesite saber, que aprenda. Pues no hay información en el google. Que se tenga dulce el son (el verbo), no quiere decir más que eso. Monforte de Lemos, suena tan recio como Sarriá. Para que vean. A lo que íbamos: vamos a explicarnos. Sucede que en esta época en la que nos toca vivir somos muy blanditos. Lo decíamos ayer (como quieren que nos enfanguemos), a la hora cantar, soltamos por esa boca. Normal, estamos agazapados detrás del Internet. Cuando quemaron a Servet, Calvino, su verdugo, le puso madera mojada. El hombre, en su terrible tormento, pedía que le quemasen de una vez, aunque fuera con cáscaras de huevos como a San Lorenzo (esto segundo lo dice un servidor). Ni en el cadalso hay por qué dar la nota (claro que para eso hay que ser muy hombre). Quien le oyere, enseguida diría: “Ven como es culpable”. Que hay que explicar lo justo. Hay mucho ignorante, mucho espabilado pendiente de lo que se dice, para, si interesa, adoptarlo. Ni hablar. Además, oiga, al enemigo ni agua. Le va uno con el cuento y, el día menos pensado, se la sacan de la manga para arrojártelo a tus narices. Quietito y calladito. Ya vendrá ocasión que sí que haya que explicar lo oportuno. Pero ha de ser en el lugar oportuno. Que no están los tiempos para derrochar, ni explicaciones.

Talante, disciplina, ironía y exclusivas

Viernes, 19 de Febrero de 2010

José Ruiz Guirado

UNA de las preocupaciones de don Juan de Zúñiga, ayo del rey Felipe II fue enseñarle autodisciplina y autodominio. El rey aprendió a ocultar sus sentimientos y a contener sus emociones. Su propio padre, el emperador Carlos V, aleccionaba al príncipe con consejos de esta guisa: No demostrar nunca sus emociones, aparecer en público siempre a horas fijas, ser devoto y temeroso de Dios en todo momento y ser justo en todas la cosas. Uno cree que en los tiempos que corren, estas disciplinas han sufrido alguna que otra relajación. Claro que, tampoco se trata de volver a costumbres trasnochadas. Pero quienes son la imagen, la representación de muchos, deberían saber algo de estas disciplinas. Sería aceptado con más deportividad, como lo que le sucedió a aquel reo al tropezarse cuando subía al patíbulo: Casi me mato. Debería de haberle perdonado la vida su verdugo. Pero eso del saber estar, del humor inglés; incluso del humor negro, no está al alcance de todos. Conozco un dentista, que cuando entrabas a la consulta, lo primero que te preguntaba si habías hecho testamento. La peineta, es la que hizo un hincha del fútbol, después de orinar sobre los hinchas del otro equipo. Éste no deja de ser un mal educado y un guarro. Pero seguramente no asumirá responsabilidad alguna, a juzgar por sus maneras. Una revista parece que hizo una entrevista a los príncipes. En ella aparecen “exclusivas” tan trascendentes como la de llamar “mi chico” al príncipe. Tiene uno la impresión, que quien dirige la publicación es muy hábil. Pero de eso, a conocer los entresijos, la vida, las costumbres, las inquietudes, los pensamientos de los futuros regentes, a ofrecer a los lectores la exclusiva de llamarle como lo hacen todos los novios, va un abismo. Lo que sí cree un ciudadano de a pie, es que debiera de haber cuanta proximidad como fuera posible (recordando los consejos de Carlos V). En esto, el Rey, sí ha sabido, sin decir nada, llegar al ciudadano, ser una persona próxima. Nadie criticó al famoso “Por qué no te callas”, que le espetó a Chaves. Se debiera de dar un curso en las escuelas de saber estar y de modales. No tan rígido como lo de Zúñiga, lo básico, lo de andar por casa. Igual llegan a mayores y ocupan cargos de responsabilidad y, dentro de su casa se muestran naturales. Pero en público… Claro que, igual todos esos asesores que viven de que la sonrisa sea blanca, brillante, radiante han pensado que un punto agresivo, ordinario puede ser positivo. Si valió lo de “Por qué no te callas”; por qué no va a tener su punto una peineta con gracia. La otra tarde, lo confieso, marujee. Tenían puesto un programa y salió en directo una señora conocida de la prensa rosa. Y una de las participantes le dijo que tenía una hija muy maja y superpija. La señora no sabía si era ofensa o piropo. Pues de esto se trata: humor e ironía. De haber oído el piropo, igual hasta había sido oportuno, claro, con la variante que requería la situación. Verbigracia: leía el monarca –el nuestro- un discurso y fue interrumpido por el cántico de unos discrepantes. “Desentonan un poco”, creo que comentó. Pues eso.